¿Vale ganar un poco de dinero y evitar la frustración del desempleo?

Cuando te venden la oportunidad laboral como el salvamento a tu desempleo prolongado, no debe haber queja, no se puede exigir más allá de lo ofrecido, al fin y al cabo, se es el afortunado, el escogido, el elegido entre el mar de desempleados que inunda el país.

Emociones - Seguridad

2022-04-22

¿Vale ganar un poco de dinero y evitar la frustración del desempleo?

Columnista:

Haider Ramos Guerra

 

En una conversación con una amiga cercana, me comentaba que dejaba su trabajo y empezaba otro con un sueldo un poco mejor. Ya necesitaba cambiar y habían pasado varios años desde que empezó a laborar en el trabajo que se había decidido abandonar. Sabía que le había tomado tiempo tomar esa decisión y estaba feliz por ella, por su nuevo cambio. Otra persona de mis afectos, abogada, recién egresada en busca de oportunidades laborales, me contó que había encontrado una empresa en la que empezaría a ganar experiencia. He de decir que no la noté muy emocionada, me dijo algo que interpreté como, para no estar haciendo nada más, vale ganar un poco de dinero y evitar la frustración del desempleo.

Los dos sueldos de las dos personas del párrafo anterior rondaban entre un millón y millón doscientos mil pesos colombianos con prestaciones sociales incluidas. Un pago similar al sueldo mínimo actual. El problema estaba en que estas ellas eran profesionales graduadas.

Esta situación es común en muchos ámbitos laborales, profesionales, recién titulados de todas las carreras que reciben un sueldo que no compensa el nivel académico obtenido, es un común denominador.

Las empresas y contratistas están conscientes de esta situación, saben lo que esto representa y son ellos los que deciden el sueldo por cada uno de los trabajadores. Dicen por ahí que el que muestra mucho el hambre no come, pero aquí el que demuestre más el hambre es el que come con un sueldo injusto. Nos han enseñado a competir por sueldos miserables, sueldos pequeñísimos que no compensan el esfuerzo invertido en los tres, cuatro o cinco años de estudio en las universidades. Claramente, de los pocos que logran acceder a la educación superior. La falta de empleo, la poca oferta y la alta demanda actúa en vía contraria. Entre más personas necesiten el trabajo, más se reduce la suma salarial que el contratado recibirá.

Los contratistas muchas veces recurren a las manipulaciones psicológicas en donde les hacen creer a las personas que el sueldo obtenido es la mejor oferta que podrá encontrar, y a nosotros en el afán y la necesidad apremiante de trabajar no nos queda más opción que aceptar las sumas irrisorias de dinero ofrecidas. Muchas empresas hacen creer que el acto de trabajar en ese lugar es algo así como una caridad, como un favor que le están haciendo. Con una actitud paternalista que disminuye al empleado. La empresa que se apiada de nosotros, que nos da para alimentar a nuestras familias y darnos de vez en cuando un gustito. Que nos da los domingos libres porque hay que trabajar los sábados también.

Cuando te venden la oportunidad laboral como el salvamento a tu desempleo prolongado, no debe haber queja, no se puede exigir más allá de lo ofrecido, al fin y al cabo, se es el afortunado, el escogido, el elegido entre el mar de desempleados que inunda el país. La premisa generalizada es, para qué me pongo a exigir mejores condiciones laborales si voy a terminar despedido, sin plata y quizás deprimido. Para qué me quejo, si tengo escasas posibilidades de encontrar un trabajo y la competencia es alta, mejor tengo esto a no tener nada. Nadie muerde la mano que le da de comer. Así no educan, así nos enseñan. A quedarnos callados, a no exigir porque incómoda, a ser «agradecidos», a aguantar las injusticias y los pagos paupérrimos porque no hay trabajo.

En mi campo laboral, las oportunidades laborales son microscopias, por no decir inexistentes, las que existen se traducen en órdenes de prestaciones de servicio por días, semanas y si se es afortunado, meses. Los contratos a términos indefinidos son una cosa impensable y quien logra obtenerlos es porque lo persiguió por años, porque conoce a alguien con «influencias», ah, esa mala maña colombiana de las palancas; y pocas veces, aunque pasa, porque se lo ganó por su hoja de vida impecable y preparada. Uno entre miles.

¿Qué soluciones hay? ¿Será que la única respuesta es ignorar el llamado de los jóvenes que salen a las calles a exigir condiciones dignas de trabajo y de vida? ¿La única opción será la de hacer domicilios con las aplicaciones digitales incluso si se tiene un título universitario? ¿Debemos mendigar por salarios justos? ¿Si aprendo inglés mi destino es trabajar para empresas extranjeras como los call centers? La promesa de nuestros padres era que debíamos estudiar para salir adelante. ¿En dónde? ¿En qué país? ¿Colombia? Ojalá que sí, que se pueda y no envejecer con la misma realidad.

 

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Haider Ramos Guerra
Biólogo de la Universidad de Cartagena, alijuna, caribeño y queer.