¡Ups! Fue sin querer queriendo

Como decía el maestro Martin Luther King: “No me duelen los actos de la gente mala, me duele la indiferencia de la gente buena”.

Opina - Sociedad

2018-04-22

¡Ups! Fue sin querer queriendo

“Con la lengua se tropieza más seguido que con los pies, de ahí parte la necesidad de pensar antes de hablar, y cuidar lo que se dice, porque una vez las palabras sean expulsadas, tiene más reversa un avión”.

Frases como esta sobran en el hilo de una conversación coloquial, académica o simplemente como acompañante a un café en la plaza.

Pero dicho lo anterior, cabe preguntarnos: ¿De cuándo acá le hemos arrebatado el sentido a la palabra? Nos hemos domesticado a tal punto de omitir detalles en la forma en que nos referimos o expresamos de los otros, sin medir las consecuencias que ello podría acarrear.

El caso más reciente y sonado, en el contexto nacional, es el del reconocido periodista y caricaturista Julio César González, más conocido como “Matador”, cuyas caricaturas han cobrado un peculiar valor en el mundo del arte, la sátira política y la libertad de expresión. Es tan incalculable la creatividad del artista, que utiliza los más claros dibujos para representar las más crueles e irónicas realidades que acontecen en el espectro político colombiano.

Palomas, aviones, relieves, pancartas y representaciones de varios alfiles de la política son los protagonistas de unos sarcásticos y contundentes mensajes que terminan por traducir, con la ayuda de la tinta y el papel, lo que a viva voz no nos atrevemos a decir. Y es que a tal punto nos hemos privado de llegar, en un país de innombrables donde decir la verdad es tildado de cobardía, infamia, o en el peor de los casos, delito.

Pues no es sorpresa que en diferentes países del mundo los grafiteros y artistas urbanos que plasman su sentimiento en un mural, sean catalogados como delincuentes o pandilleros, porque el impulso que los obliga a proteger su integridad por naturaleza es interpretado como una huida cargada de adrenalina, como un fuga del foco de las autoridades.

Solo por traer a colación el triste caso del joven grafitero colombiano Diego Felipe Becerra en 2011, quien fue baleado por salir corriendo de una persecución policial, cuya única contravención fue expresar al color de un aerosol y a la fragancia de la acetona, el xileno y el tolueno (químicos utilizados para la fabricación de pinturas en aerosol), su más claro sentir.

Personalmente, siento que un Estado Social y Democrático de Derecho, donde la libertad de expresión es un derecho constitucional y una facultad de manifestar el consentimiento, o el inconformismo con determinada situación, se deben de facilitar por parte de los organismos del Estado, una cooperación que proteja el arte, como expresión, donde no exista censura, pero sí unos claros límites a la libertad de prensa, que no rayen con el desprestigio moral, que no menoscaben la dignidad o que pongan en situación de riesgo la integridad o bienestar de las expresiones artísticas, culturales o informativas y que permita garantizar el ejercicio tranquilo de dicho oficio.

Lastimosamente, en Colombia, se volvió costumbre la calumnia, la mentira, la amenaza constante por irrespeto a las diferencias, la satanización de las expresiones que alzan la voz, que ponen un alto en el camino, que instan a la reflexión política, que no utilizan los medios de comunicación convencionales para vociferar, sino que dejan al libre albedrío a la creatividad de interpretación al mejor estilo de un silogismo, para dar a entender la cruda realidad que nos está golpeando, en mi anterior columna, profundicé acerca de este fenómeno.

Luego, no hay lugar a sorpresas desconocidas ni hay lugar a asombrarnos por una conducta que nos hemos acostumbrado a aceptar somnolientamente, que dejamos pasar por alto, que está allí como un fantasma del común, que hace sus apariciones solo cuando está airado, cargado de pasiones desequilibradas, de un fanatismo que causa ceguera, presbicia y daltonismo.

A veces va acompañado de sordera, aturdimiento intencional y, en el peor de los casos, se convierte en un rito dogmático, al mejor estilo de un culto de la India, donde se rinde tributo a la impunidad, se declara la fe al orgullo, la egolatría y la prepotencia, reiterando frases sarcásticas para tapar con un dedo lo que la justicia ha sacado a relucir a la luz.

Como decía el maestro Martin Luther King: “No me duelen los actos de la gente mala, me duele la indiferencia de la gente buena”. A Colombia el único mal que la está desangrando no es la corrupción, el hambre o las inclemencias del clima, es la indiferencia por el otro, esa intolerancia latente a la hora de expresar la opinión, de satanizar al que piensa diferente, de segregarlo o de tratar de imponerle las convicciones propias.

Las peores guerras del mundo, no se han gestado por razones económicas o de poder, se han gestado por inflar el ego y el orgullo de algunos, que terminan por convertir el hambre, la ignorancia y el desconocimiento de otros, en su armadura para la batalla del odio, la división y la polarización.

¡El arte y la expresión cobran vida cuando impregnamos en el papel lo que a veces no nos atrevemos a decir a Viva Voz!

 

 

Imagen cortesía de YouTube.

 

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Juan Giraldo
#Derecho, #Política #Democracia “No comparto lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo.” Voltaire