Tú, muere aquí

En abril llegó a Colombia y le pagó 300 dólares a un funcionario de Migración para que lo dejaran entrar. Él tenía su pasaporte a solo días de que se le venciera, eso me dio mucha más desconfianza porque no había registro de que hubiera entrado al país, entró, pero no había nada que lo probara.

Narra - Relaciones

2019-08-08

Tú, muere aquí

Autor: Santiago Ocampo Naranjo

 

El nombre Camila es adoptado por protección de la verdadera identidad de la entrevistada.

Camila tiene 28 años, es estudiante de una reconocida universidad de la ciudad de Cali, en el Valle del Cauca, y actualmente trabaja como mesera y administradora de un restaurante de comidas rápidas en el norte de la ciudad.

Es tímida, de pocas palabras y más bien directa y concisa en lo que dice. Hoy, luego de la experiencia de un posible secuestro en su contra que pudo evitar, cuenta su testimonio y la historia detrás de un amor vivido entre la virtualidad, el miedo, las mentiras, la ilusión y una decepción.

“Conozco a Edgar por medio de “Colombian Cupid”, lo conocí en noviembre, me pareció muy agradable, juicioso, me mostraba videos haciendo los quehaceres del hogar, ayudando en la preparación del día de acción de gracias. Siempre se mostró muy caballeroso y encantador”.

Camila alega que, “aunque no es una justificación”, encontró en este hombre un refugio, una persona que la entendía y la sacaba de los problemas familiares y personales que tenía por aquel tiempo.

Edgar, quien en un principio se presentó con 43 años, resultó ser ocho años más adulto. “Me decía que había sido entrenador personal y que actualmente tenía un negocio con caballos, él los entrenaba y luego los vendía por un precio mucho mayor al que pagó por ellos”.

Sus atenciones hicieron que en Camila se formara un sentimiento más fuerte, ya para diciembre y viendo su afecto e interés decide conocerlo y formalizar su relación.

“Llegó a Colombia en enero de este año (2019), hizo que reservara el sitio donde nos íbamos a quedar, envió el dinero, pero nunca hizo ninguna reserva bajo su nombre, solamente los pasajes; me mandó la foto de su licencia, pero nunca sentí desconfianza y menos revisé quién era realmente este hombre”.

A Camila siempre le llamó la atención la falta de expresión de Edgar en persona, se le hacía peculiar el hecho de que por teléfono fuera de una manera y frente a ella actuara diferente.

“(…) Me daba la impresión hasta de que era gay, mantenía pendiente de hombres, los miraba; se obsesionó con un rapero puertorriqueño fallecido, se la pasaba viendo videos del tipo y me llamaba cada vez que mostraba las nalgas en alguna grabación”.

El hecho fue tan bochornoso que, cuenta ella, prefirió irse del sitio donde estaban juntos pues, “le dije que seguramente por la edad tenía una confusión” específicamente en sus preferencias sexuales.

Camila hace una pausa, toma algo de café, se acomoda en el asiento y continúa la entrevista.

“Quería que yo dependiera económicamente de él, me puso a buscar apartamento. Siempre cumplía lo que me prometía, quería una vida conmigo y nunca sospeché nada malo; el man es bien, me dije a mí misma”.

Edgar le prometía el cielo y la tierra a Camila, desde una vida mejor en Colombia, hasta la compra de una vivienda o, incluso la posibilidad de viajar a Estados Unidos después de terminar la universidad.

“La segunda vez que vino fue bastante diferente, su actitud era mucho más distante, aunque por teléfono era muy expresivo. Para esa fecha detallé el pasaporte y me di cuenta de que realmente era mucho mayor, tenía la edad de mi papá”.

Las sospechas de que Edgar era gay seguían latentes, las recurrentes miradas hacia uno de los hombres que atendían el apartamento en el que se habían quedado en el sur de la ciudad formaron en Camila el pensamiento de que se había metido con “una loca”, dice entre risas y una mirada nostálgica.

Los repetitivos correos electrónicos entre Edgar y su ex hicieron que Camila se alarmara; si bien al principio no prestó mucha atención, luego de revisar se enteró de varias mentiras e incongruencias que despertaron cierta desconfianza en la mujer. “Me grabé el nombre de la ex, necesitaba buscarla y hablar con ella”.

Camila hace otra pausa, toma aire y comienza a hablar sobre su espiritualidad y sobre la experiencia que cambió su vida y le ayudó a darse cuenta de quién realmente era Edgar.

“En abril él llegó a Colombia y le pagó 300 dólares a un funcionario de Migración Colombia para que lo dejaran entrar, ya que tenía su pasaporte a solo días de que se le venciera, eso me dio mucha más desconfianza porque no había registro de que hubiera entrado al país, entró pero no había nada que lo probara”.

Por invitación de una amiga de Camila fueron a una ceremonia espiritista en Villarrica, en el Cauca.

“Estaba nerviosa, era mi primera vez en algo así, me puse a llorar y todo. Sin embargo supe que esa era la oportunidad para preguntarle a los santos con quién andaba yo, algo en él no me cuadraba. Durante la sesión bajó un santo, sin embargo este no me pudo atender porque, según las palabras de la entidad, me encontraba bloqueada”.

A Camila, luego de un rato se le presentó otro santo, un tal Ismael, perteneciente a la corte espiritista venezolana. Este santo, por medio del médium le respondió su pregunta, le reveló quién era Edgar, se lo dijo de una forma que la mujer jamás olvidará.

“Me reclamó por no sacar la malandra que llevaba dentro. Te van a secuestrar, me dijo, alguien cercano a ti lo va a hacer, lo van a hacer en una esquina, son tres personas; lo van a ver en cámaras, pero no habrá más evidencia. Luego de eso el santo lo llama a él, a Edgar, el santo lo busca y cuando lo vio le dijo: ‘yo te conozco, tú eres un malandro de los viejos’”.

Camila, con sorpresa en los ojos y algo angustiada continúa, “Ismael hace que Edgar me tome de la mano y le hace jurar que me tenía que cuidar, que cuando me fueran a secuestrar tenía que agarrar a esos manes a puño hasta matarlos”.

Edgar regresa a Estados Unidos y se pierde por unos días, mientras Camila en Colombia hablaba con Martha, la ex de su pareja, con la que se enviaba constantes correos electrónicos, esta le habló sobre el hombre y le afirmó:

“Aléjese de él, mi niña. Ese hombre es un mitómano, es casado, yo duré cinco años con él, pero preferí alejarme de esa relación, ni su familia le cree lo que dice. A mí me hizo un fraude con unas tarjetas de crédito y, según el hermano, él está tratando con niñas o con órganos o algo raro porque le descubrieron muchos documentos de identidad y fotos de mujeres jóvenes”.

Hay evidencia de que este hombre estuvo contactando a varias mujeres y todas con el mismo patrón, jóvenes y latinas a las que conquistaba con el mismo encanto que cautivó a Camila.

“Él me invitaba mucho a Curazao y a Costa Rica, me decía que allá un cliente le debía 100 mil dólares y que esa era la plata para nuestro futuro; le rechacé la invitación. Luego que entonces fuéramos a Costa Rica, que allá vivía un amigo que había sido narco y que nos podía acoger, también le dije que no, me daba pavor”.

Camila terminó la relación con Edgar luego de enterarse de lo que le comentó Martha, con miedo y arrepentimiento hizo más averiguaciones y descubrió que su teléfono celular, el mismo que le había regalado su ahora expareja, estaba jaqueado y lleno de programas de espionaje, “veían mi ubicación, mis contactos, mis fotos: todo, él tenía acceso a todo”.

Con estas pruebas y, sumado al testimonio no oficial de Martha, Camila fue a la Fiscalía para contar su caso, a poner el denuncio y tratar de que fueran las autoridades las que revelaran toda la verdad sobre Edgar.

No obstante, todo esto y, a pesar del perfil de tratante de blancas que el propio fiscal reconoció, la denuncia no prosperó por falta de pruebas realmente contundentes. Las investigaciones pararon.

Sin embargo, según una fuente en los Estados Unidos, Edgar aparece con problemas sexuales, con un posible problema de depredación sexual. Esta información, hasta la fecha de publicación de este escrito, no se ha podido verificar.

Camila, luego de todo esto, tuvo otra sesión de espiritismo, en esa oportunidad un santo de la corte chamarrera venezolana, don Nicanor Ochoa, le habló y le dijo “estabas durmiendo con el enemigo y no te habías dado cuenta. Él no andaba solo, él andaba con dos más, pero nosotros intervenimos para que a ti no te pasara nada”, cuenta la mujer en medio de lágrimas.

Hoy, Camila vive con el arrepentimiento de haber puesto su vida, la de su familia y la de sus amigos en peligro, reflexiona sobre esto y con voz tenue, pero contundente afirma:

“Hay que confiar en el instinto, hay que preguntar, confrontar y tener gran inteligencia emocional para manejar bien las situaciones que se nos presentan en la vida”.

De Edgar no se volvió a saber nada, Martha prefirió no meterse en temas legales y, aunque le contó a Camila lo que pasaba con su expareja, no atendió a la solicitud de dar un testimonio ante las autoridades colombianas.

Camila recuerda con angustia la frase “tú, muere aquí”, hace parte de una canción que le dedicó Edgar. Era la oración que muchas veces le repitió al oído y que ahora le estremece el cuerpo. Ella se marcha, se ve más tranquila, desahogada y con la esperanza de que esta historia, su historia, le sirva a alguna mujer para evitar caer en los brazos de Edgar o de algún hombre que le quiera hacer daño.

Se despide agradeciendo a los santos, a Santa Martha Dominadora —santa que le regaló Ismael— y a esa nueva experiencia que la vida le dio y le dejó grandes enseñanzas.

 

 

Foto cortesía de: Emaze

 

 

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Santiago Ocampo Naranjo
Estudiante de Comunicación Social, cursa actualmente VI semestre y ejerce como jefe de redacción del periódico universitario AlMinuto. Intrépido y apasionado por el periodismo clásico; las crónicas, los reportajes y los temas políticos, su especialidad. Ha publicado seis textos entre los que se destacan una investigación sobre la ventas ambulantes en el sistema de transporte masivo en Cali y varios artículos de opinión. Entre sus más destacados trabajos están las entrevistas realizadas a una mujer iraní narrando su vida en su país y luchando contra los prejuicios de occidente y otra de un excombatiente del M-19