Semana Santa en pandemia

Este es un hecho histórico en el que, al parecer, Dios (ese que todo lo permite puesto que sino no sería Dios) ha incluido las prácticas religiosas dentro de aquello que se afectaría.

Opina - Sociedad

2020-04-06

Semana Santa en pandemia

Columnista: 

Germán Arciniegas Sánchez

 

Pascua, dogma medular de la ortodoxia cristiana, puesto que si Cristo no hubiera resucitado, dice Pablo de Tarso, vana sería nuestra fe. Fiesta central de la liturgia, significa paso, de la muerte a la vida, Cristo que se levanta venciendo la muerte, el pecado y al demonio.

Pero este año no existirá asamblea en el templo que pueda presenciar la bendición del agua y el fuego, el pregón pascual que en su primera línea reza: Exulten por fin los coros de los ángeles, exulten las jerarquías del cielo y por la victoria de rey tan poderoso, anuncien la salvación… la entrada majestuosa de la imagen de Cristo resucitado imponente, vencedor.

Momento cumbre del triduo pascual, después de haber celebrado el jueves la instauración del sacerdocio, la eucaristía y el mandamiento del amor; en la noche, la hora santa. El viernes, el viacrucis, al que multitudinariamente asisten personas que, por lo general, en todo el año no van al templo y, que entre más quemadas por el sol y con más ampollas en los pies, más redimidas se sienten. Único día que en el mundo no hay eucaristía. Luego, la celebración de la pasión, que inicia con la humanidad del sacerdote u obispo postrado ante el altar completamente desnudo (el altar), y se realiza la “adoración de la cruz” donde la gente se acerca o, le besa, según su preferencia y deja la ofrenda que tendrá como destino el mantenimiento de los santos lugares donde vivió Jesús.

Luego, el sermón de las siete palabras que, por cierto, hace parte de la religiosidad popular, que a su vez es el resultado de la negación por parte del indígena de la introyección total de la religión impuesta por los colonizadores, como rezarles a los santos más que a Dios, como tocar la imagen y signarse, entre otras. Pero antilitúrgica y todo no puede faltar en las ceremonias importantes para el feligrés de la banca.

Hay que enfatizar que cada ceremonia tiene un propósito, revivir los hechos en torno a la pasión y muerte de Jesús, actualizarlos, pero este año en medio de tantos símbolos, signos, ceremonias, dogmas, preceptos, hay un virus que paralizó gran parte de la humanidad e hizo que el planeta respirara, y la humanidad se hiciera preguntas acerca del rumbo que llevamos y los afanes que nos acompañan, que han respondido, por lo general, a intereses económicos, valiéndose en gran medida de la religión como sacralizador de un sistema en el que impera la injusticia.

Pues bien, seguramente esta Semana Santa sin asamblea es también un respiro de fanatismos, sectarismos, fundamentalismos, de aquellos que se sienten superiores porque van a la Iglesia, pues está cerrada. Un momento para pensar en las personas que no tuvieron Semana Santa, porque la violencia desplazó de sus territorios comunidades enteras, arrebatándoles no solo a sus seres queridos, sino su fe.

Semana Santa en pandemia es, sin lugar a dudas, un hecho histórico, en el que al parecer Dios (ese que todo lo permite puesto que sino no sería Dios) ha incluido las prácticas religiosas dentro de aquello que se afectaría. Así como ha sido tiempo de reflexionar sobre los modelos económicos sea tiempo de reflexionar sobre los modelos religiosos. Tal vez, sea tiempo de actualizar la profunda relación entre Jesús y la búsqueda de la paz, tal vez, el feligrés de la banca deba empezar a cuestionar si su actuar corresponde al evangelio o al político de derechas que justifica la muerte y la opresión. Tal vez la Iglesia deba reflexionar si está respondiendo a los “signos de los tiempos”; tal vez, los seminarios deban desempolvar los libros de Teología de la Liberación y profundizar en su riqueza; es verdad que no se puede ver a Jesús solo como un revolucionario, pero también es verdad que no se puede ver solo como el santo, santo, santo, el rey que solo salva almas, ambas miradas son reduccionistas.

Tal vez sea tiempo de dejar de temer al comunismo y entender que ha hecho más daño el anticomunismo, ese que sembró hasta los tuétanos Juan Pablo segundo y su muy largo e involucionista periodo al frente de la Iglesia, que hace que algún obispo salga a decir que China tiene que disculparse por el virus, pero jamás han salido a decir que Estados Unidos debe disculparse por los millones de muertos en sus invasiones netamente expansionistas.

Tal vez sea momento de que la Iglesia latinoamericana empiece a responder a las verdaderas necesidades de sus pueblos, a ejemplo de monseñor Romero o los jesuitas Ellacuría o Martin-Baró, quienes hasta el martirio llegaron por denunciar las injusticias que sufría el pueblo de Dios en EL Salvador en la década de los ochentas, en nombre del mismo Cristo de los que gozan de los beneficios del orden establecido y sirven a las élites para que la injusticia, la opresión, la desigualdad sean las que imperen, cuestión absolutamente opuesta al evangelio. Una Iglesia que peregrina hacia la salvación como pueblo, como sugirió el Concilio Vaticano II, que desde sus ambones denuncia las injusticias, la muerte de los líderes sociales, los abusos de poder, el hambre, es decir, que no solo habla de gracia y pecado. Que entiende el mensaje de monseñor Romero, ese que no le gustó a Wojtyla. “Gloria Dei, vivens pauper (la gloria de Dios, es que el pobre viva)”.

Vaticino una Iglesia latinoamericana que si no es capaz de hacer la lectura correcta, quedará defendiendo valores y morales con templos en soledad, pues no logrará conectar con las verdaderas necesidades y angustias existenciales de sus miembros.

A Dios no le pasó nada con la revolución copernicana, con Darwin y su teoría evolucionista, con el humanismo del Renacentismo, con la Ilustración del siglo XVIII, con Freud, Nietzsche, Marx y su ateísmo, ¿qué habría de pasarle si miramos al ser humano y las injusticias, sus necesidades y su pobreza? ¿No fue a eso a lo que vino? ¿No es ese su mandato?

¡Felices pascuas!

 

Fotografía base: cortesía de Emmanuel Baos.

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Germán Arciniegas-Sánchez
Psicólogo, músico, docente, antiuribista, activista. “Escribir hasta morir”.