[Rompiendo el silencio / la verdad]

El bullying por orientación sexual, expresión e identidad de género es un tema que poco o nada se trata en los colegios del país, bien sea por padres cargados de prejuicios y desconocimiento o por instituciones temerosas a posibles represalias.

Opina - Sexualidad

2020-05-20

[Rompiendo el silencio / la verdad]

Columnista:

Ed Ladino 

 

¿Y si tú fueras una estrella? Así reza el encabezado de la plataforma Celeste de la ONG Colombia Diversa, un espacio dedicado a la memoria de las víctimas de la violencia y discriminación por cuestiones de género o identidad sexual; en esta página web, que existe gracias al apoyo de los Estados Unidos a través de la Agencia para el Desarrollo Internacional (USAID), se narran historias de quienes desafortunadamente no se encuentran entre nosotros, pero cuyas muertes, en muchos casos impunes, deben alentar a la población LGTBIQ+ no solo a denunciar, sino a exigir al Estado, la garantía absoluta del disfrute de los derechos fundamentales que todos como seres humanos debemos tener. A todos ellos y sus familias, mis más sinceros respetos.

El 17 de mayo de 1990 la OMS retiró de la lista oficial de enfermedades mentales a la homosexualidad, abriendo con ella, las puertas de la no discriminación a la enorme población diversa que cohabitamos en este planeta, sin embargo, aún hoy en día con todo y la globalización, el mundo, al parecer, no ha querido dar ese paso a la total aceptación de algo tan elemental como la diversidad que existe entre nosotros; no hablo solo de la diversidad sexual, también la étnica, cultural, religiosa; el recelo que mantienen muchas de las sociedades modernas para avanzar hacia estos espacios y convertir en ambientes seguros: escuelas, trabajos, calles e inclusive las mismas familias, es tan grande, que no podemos hablar de un consenso mundial sobre las penas que deben llevar quienes cometen crímenes de odio; mientras en algunos lugares la discriminación es intolerable, existen otros donde desde sus raíces políticas y religiosas, no solo incitan a la violación de los mismos, sino que además usan el esoterismo típico de las religiones, el miedo a la muerte y lo desconocido, para alentar en sus ciudadanos a matar a quienes son diferentes a ellos. Es por eso que vemos países donde en nombre de su religión sacrifican al homosexual o donde creen que el color de piel les da inmunidad para matar a quien salió tranquilamente a trotar, solo por sus privilegios, reales, por ser blancos.

Pero sin abordar más allá este tema, porque podríamos tener varios webinar, muy populares en estos días, solo para aproximarnos brevemente a algunos de estos tópicos, volvamos a lo que nos compete ahora; al responder unas preguntas muy sencillas sobre mis intereses personales, la plataforma Celeste me llevó a la historia de Sergio Urrego, un niño admirable, adelantado para su tiempo y víctima de la baja educación en diversidad que existe en los colegios de todo el país; y qué mejor homenaje en este Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia para él y todos aquellos que han sido víctimas que, siguiendo el tema de este año “Rompiendo el silencio” contar la verdad.

El concepto de verdad es uno de los más discutidos en la historia de la filosofía, el interés en esta palabrita ha pasado desde antiguos filósofos como Parménides o Sócrates, hasta algunos más modernos como Heidegger, sin embargo, es el asociado con el término alétheia el que nos compete en esta breve disertación, uno que contiene algo que en particular me llama mucho la atención, a diferencia del sentido que le da el término “veritas” que se aproxima más a la correspondencia, en este otro se habla de des-ocultar, de hacer evidente. 

Lo que más recuerdo de esa noche no fue el pánico que sentía, porque en verdad creo que hasta la memoria se me desdibujó un poco sobre todo lo que me sucedió, pero el sentimiento de tranquilidad, cuando llegó, creo que fue incalculable.

El bullying por orientación sexual, expresión e identidad de género es un tema que poco o nada se trata en los colegios del país, bien sea por padres cargados de prejuicios y desconocimiento o por instituciones temerosas de las represalias que ante ellas se puedan presentar por abrirle las puertas al diálogo entre los estudiantes sobre principios tan básicos como el de todos somos iguales, porque sí, la discriminación viola en primera instancia el principio de igualdad. Pero este tema no es algo de ahora y aunque cifras como las de la encuesta de Sentiido sobre matoneo LGBTIQ+ del 2016, arrojaron que: “ el 71 % fue víctima de acoso verbal debido a su expresión de género (la manera de vestirse, comportarse, peinarse etc.)”, esta realidad está lejos de ser novedosa y, por el contrario, se ha evidenciado más fuertemente gracias al esfuerzo, lucha y muerte de personajes como Sergio, sus familias y las ONG que día a día trabajan para erradicar este atentado contra la niñez en los colegios y en el país en general.

Con 13 años creo que no había construido una identidad sexual, no la entendía y no contaba con personas que desde su experiencia me permitieran desarrollar un análisis crítico sobre lo que es ser homosexual; nunca existió una aceptación implícita de dicha orientación, pero desde las actitudes, hasta los gustos personales y propios de la adolescencia, el conflicto existía en mí, como en muchos contemporáneos que seguramente pasaron por lo mismo. La forma de hablar, de caminar, la predilección por actividades artísticas y el rechazo hacia las deportivas, pueden sonar muy cliché, pero en mi caso sí fueron variables importantes para que quienes estando a mi alrededor tomaran la determinación de señalarme como el “marica”, aun sin siquiera yo tener claro si lo era o no. Estas dinámicas de grupo quizás eran mucho más aceptadas en el entorno en que me encontraba, una ciudad completamente conservadora como lo es Popayán y un colegio católico regido por religiosos cuyas propias represiones personales se reflejaban en el entorno en el que vivía la institución. No voy a decir que todo fue malo, para nada, si algo sucedió en semejante época que me ayudó a sobrevivir fueron mis amigos, esos lazos son fuertes y hubiera sido más difícil si no hubieran estado.

En medio de los ires y venires propios de la educación escolar, surgen procesos tan importantes para el desarrollo de los niños como miembros de una sociedad, como los son los procesos democráticos. El aprender y entender cómo son las dinámicas sociopolíticas en que se rige el mundo, deben ser pilares de la formación de todos y cada uno de nosotros, somos seres políticos y, desde que hacemos parte de la sociedad en el momento que nacemos, pertenecemos a una comunidad, no solo cuando cumplimos mayoría de edad.

En este particular suceso encontré, siendo un niño, las primeras fallas en el sistema que nos rige, la maldita corrupción y si se preguntan cómo en un colegio se puede evidenciar eso, pues no los llevo muy lejos y, usando un tema popular por estas fechas como la compra de votos, me devuelvo hacia mi experiencia; yo fui testigo de cómo un candidato a la personería del colegio, ofrecía chocolates a cambio de votos; lo denuncié y de ahí me gané un enemigo que cogería fuerza con el paso de los años, el bullying. Personas de su círculo cercano no solo me atacaban verbalmente, sino que en ‘gavilla’ sí, una gavilla de niños violentos, intentaron atacarme varias veces a la salida del colegio. Gracias al apoyo de una amiga entrañable y a su, a mi beneficio, muy conveniente relación con un chico de once, fue que me salvé esos días, ellos con su grupo me acompañaron a mi casa hasta que los otros se cansaron. Un eterno agradecimiento a esas personas, cuánto dolor me evitaron.

Pero en el imaginario de la sociedad colombiana ese tipo de afrentas a poco de olvidarse, por el contrario, se refuerzan con el tiempo y no lo hablo por mí, creo que hace tiempo me permití perdonar, sino por ellos, que tres años después, cuando yo estaba para terminar mi bachillerato, volvieron en busca de su revancha, era imposible que el “marica” se fuera a graduar sin recibir su merecido, no les bastaba la violencia verbal que constantemente ejercían hacia mí, sino que esto debía llegar a la confrontación física, existía un deseo de lastimar. La justificación más allá del dichoso personero, radicaba en su forma de verme como su par, pues para ellos mi forma de ser, representaba todo lo opuesto a lo que era valorado y respetado con relación a lo que debía ser, solo por ser hombre; este imaginario no provenía solo de la educación que recibíamos, a mi parecer estos principios se aprenden de la sociedad, de nuestros padres, del mismo Estado. El rechazo a la idea de diversidad les asustaba, de la misma forma que les sigue asustando hoy en día a muchos; es más fácil levantarse a protestar por las alzas de los servicios públicos y el cierre de una vía, a rechazar la discriminación públicamente, del lugar del que provenga. 

 

El ataque frustrado 

Eran como las siete de la noche, yo acompañaba a una niña a su casa después de compartir en clases de inglés; era una amiga, creo que en ese momento tenía novia, pero mi afinidad con las chicas en algunos temas siempre me rodeó de muchas mujeres. Recuerdo que la dejé, aunque con mucho susto; al salir del instituto de inglés ya había observado un automóvil de color plateado que estaba estacionado al frente, nos había seguido y, aunque tomamos varios cruces innecesarios que me sirvieron para confirmar que efectivamente me seguían, ellos nunca nos perdieron el paso.

Al dejarla en su casa pensé en irme hasta donde un gran amigo del colegio, él vivía solo a cuatro casas de donde ella, pero eran casi las 9 de la noche, estaba asustado, y en mi casa me estaban esperando. Arriesgándome, agitado y temeroso me di al paso, atravesé una cancha de baloncesto para adelantármeles, no había notado cómo otro automóvil se había sumado a la persecución, pero me bastó un par de cuadras y una calle cerrada para comprobar que, como presa en medio de la cacería, estos sujetos me habían rodeado y se disponían a lastimarme; corrí hasta la mitad de la calle porque estaba seguro de que también venían por detrás, me voltee, los vi y me frené en seco, hacia un lado habían casas y hacia el otro la pared de una escuela; de los automóviles se bajaron hasta 6 personas, al menos uno tenía un bate, no estoy seguro si eran más, la verdad mi instinto de conservación solo me alertaba del peligro, viniera de donde viniera. Si bien estos me superaban en número, mi instinto me llevó a creer en un principio básico que hoy en día entiendo y que existe en las sociedades que nos rige el contrato social y es que, bajo este, todos somos iguales y siempre va a existir un método de regulación para evitar que actitudes tiránicas y completamente discriminatorias sucedan, así sea en teoría y no lo veamos tan aplicado en la práctica. Yo hice lo que me pareció más lógico, vi una luz y supuse encontrar adultos ahí, afortunadamente para mí así fue, para mayor fortuna el adulto era un policía, el señor que abrió ante mis insistentes golpes, me recibió casi al borde del colapso, yo lloraba, temblaba, me había orinado en los pantalones, y en medio de mi balbuceo entendió lo que estos niños me querían hacer.

Con gran ímpetu el señor salió con su arma de dotación y alzando la voz les ordenó retirarse, por más gavilla que fueran, la presencia de un adulto frenó su actuar, tanto ellos como yo estamos agradecidos de eso, creo fervientemente que hoy en día no son lo estúpidos que eran cuando estábamos en el colegio, yo por lo menos no lo soy, dejé de lado esos miedos, mismos que los motivaron a ellos a actuar y ahora vivo, afortunadamente, una vida plena en ese sentido y, supongo que siendo adultos conscientes de conceptos como la igualdad, entenderán que eso que hicieron no solo está mal, sino que debe ser una conducta que se debe erradicar en los colegios para crear ambientes seguros para el futuro de los niños, que estoy seguro, muchos serán hijos de ellos. Esa noche llegué a mi casa, no les dije nada a mis padres y hasta hoy no había interiorizado lo que esta situación representó para mi vida. 

 

Una voz que lucha en contra de la discriminación 

Romper el silencio es el primer paso para generar la discusión necesaria entre todos y acabar con la discriminación, esa mal llamada fobia que genera tanto odio, estigma social y que encamina no solo a los niños, sino a toda la sociedad a un destino incierto y violento.

El camino es alentador, en el sentido que la problemática ha sido llevada a debates internacionalmente y que son cada vez más quienes se unen a esta voz que lucha en contra de la discriminación, desde la apertura en el campo audiovisual y el entretenimiento como es el caso internacional de Netflix, RuPaul, Ellen DeGeneres, y Ricky Martin, cuya carrera fue víctima de esa misma discriminación y no fue sino hasta entrado en la adultez que ha podido celebrar plenamente su identidad; e incluso el político como Claudia López, Mauricio Toro, Tatiana Piñeres, Matilda González; Igualmente, por medio de personajes tan valiosos para la construcción de sociedad como Brigitte Baptiste, Marcela Sánchez de Colombia Diversa, Alba Lucía Reyes de la Fundación Sergio Urrego, La Red Comunitaria Trans y muchísimos otros que se me escapan, pero que son igual de importantes para este camino en el que todos debemos participar para erradicar de raíz esas dinámicas sociales tan tóxicas. 

 

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Ed Ladino
Creador de contenido y productor. Colombiano refugiado.