Posverdad en los 90. El juicio a O.J. Simpson

El programa da cuenta del problema de ciudadanías que enfrenta la decadente primera potencia mundial, en un contexto en donde las minorías siguen siendo vulneradas y excluidas.

Opina - Cultura

2018-03-15

Posverdad en los 90. El juicio a O.J. Simpson

Hace unos días tuve la oportunidad de mirar la multi premiada primera temporada de American Crime Story, que narra la historia, valga la redundancia, del juicio al ex mariscal de campo de fútbol americano O.J Simpson, basada en el libro The Run of his Life: The People vs O.J Simpson, escrito por el abogado norteamericano, Jeffrey Toobin.

Bajo el entendido que cuando se adapta cualquier historia desde los hechos reales se incurre en la adaptación y no se corresponde exactamente con ellos, sin importar si es contada de forma visual, auditiva o escrita y teniendo en cuenta los posibles vacíos que podría tener respecto del texto de Toobin, la narración que se nos presenta, aunque ubicada en los años 90, tiene muchas cosas importantes que indicarnos sobre la sociedad estadounidense de hoy en día y algo que es de más relevancia, sobre los procesos sociales de actualidad a nivel mundial, siendo ese para mí, su mejor y más valioso aporte.

A través de la figura de Johnnie Cochran, abogado defensor de O.J.,-interpretado por el actor Courtney B. Vance-, la historia nos confronta frente al fenómeno de la posverdad, elemento que se ha vuelto especialmente recurrente a partir del poderío que detentan los medios de comunicación y sus nexos con importantes conglomerados empresariales o agentes estatales y su manifestación a través de la creación de noticias falsas à la carte, según conveniencia de los influyentes involucrados.

Aunque la palabra fue acuñada hasta hace bastante poco, en la era Trump, se ha convertido en elemento crucial respecto de las formas de gobierno y fue primordial en la manera en que se hizo campaña para llegar a la Casa Blanca. Él y su equipo, fueron fieles discípulos del ministro de propaganda del nazismo, Joseph Goebbels, que indicó en su día que una mentira dicha muchas veces se volvía una verdad.

En el seno de la trama de la miniserie, Cochran es dibujado como un abogado encumbrado y corrupto aunque guiado por principios en los que realmente cree y que guían toda su labor profesional, ambivalencia que da especial complejidad al personaje.

Este valor es la defensa de los afroamericanos frente al opresivo y racista establecimiento tradicional norteamericano, representado en la historia por el entramado policial blanco en la ciudad de Los Ángeles con sus conductas estigmatizantes y abusivas frente a las personas de color, que se materializará luego en la figura de Mark Fuhrman, agente de policía presente en la escena del crimen, del que hablaremos más adelante.

Siguiendo con Cochran, su papel como diseñador de la estrategia que se llevará a cabo para enfrentar los cargos por asesinato que tienen a O.J. en juicio resultará crucial y tiene dos pilares.

El primero es lo que los estadounidenses han denominado la race card, la carta de la raza, esgrimiendo muy en la línea de lo expuesto más arriba, que al acusado se le persigue en razón de su piel, en una impresionante reacción de un sistema que no avala que un hombre que proviene de las capas más bajas y excluidas de la sociedad haya conseguido el sueño americano.

Así, y apegándose a la receta de Goebbels, se repetirá hasta el cansancio que el problema de O.J. es racial y que está siendo motivado por un apriorismo que apunta a que las personas de color –generalmente pobres y con menores oportunidades- son todas criminales y por eso mismo siempre estarán bajo sospecha.

Se repetirá hasta el cansancio que O.J. es objeto de una persecución a causa de su fenotipo, recurriendo la Policía a artimañas como la falsificación de evidencia con tal de ganar el caso.

El segundo es la conversión del juicio en un espectáculo de masas, desprovisto de todo su sentido profundo y banalizado a través de grandilocuentes discursos, que de acuerdo con la miniserie el abogado defensor practicaba en su casa para lograr el mayor histrionismo.

Para eso se recurrirá a la plantación de distracciones que desviarán la atención del público y el jurado respecto de los cargos que a su cliente se le imputaban y como argumentaba Cochran a su equipo –el dream team de los abogados- había que explotar la necesidad de relatar una historia mejor, más entretenida, sentimental y convincente que la del adversario –la fiscalía- para así salvar a su apoderado aun cuando la evidencia material les era adversa. Quedando en segundo plano la verdadera culpabilidad o inocencia del imputado. Y todo ante millones de televidentes.

Entonces, se recurrió a escándalos sensacionalistas –las fotos de desnudos de la fiscal filtradas en tabloides y los comentarios sobre su cambio de peinado- con tal de entretener a los incautos y se plantaron noticias falsas para conseguir los objetivos propuestos, llegando incluso a cambiar la decoración de la casa del supuesto criminal, convirtiéndolo en un adalid de la cultura negra, para que el jurado –que por argucias también había sido configurado para que hubiese una mayoría de color- se pusiera de su lado, viéndolo como el hermano al que la comunidad no puede dar la espalda en el momento difícil.

La estrategia fue básicamente, la construcción de realidades descaradamente acomodadas en su máxima expresión. La posverdad en toda su compleja y efectiva elaboración.

Sigamos con los elementos arrojados por Cochran, pues también resulta impresionantemente actual y relevante el uso que da al discurso de las minorías, más allá de la carencia de ética bajo la que adelanta su agenda defensora de los afroamericanos. Para ello entremos un poco en contexto.

Durante la campaña presidencial de 1972, que enfrentó al presidente Richard Nixon, del Partido Republicano, con George McGovern, senador por Dakota del Sur, del Partido Demócrata, y por mucho el candidato más izquierdista que tuviera ese partido hasta la aparición de Bernie Sanders en la campaña de 2016, el senador, enarboló un discurso particularista, que enfatizaba en la inclusión de poblaciones hasta entonces ampliamente infrarrepresentadas como eran los afros, los hispanos y otros, alejándose de las políticas obreristas que se habían inaugurado con ocasión del New Deal de Roosevelt en los 30.

Aunque los antecedentes de movimientos sociales como el de Martin Luther King y el de Malcolm X en los 60 fueron indudablemente trascendentales, fue McGovern quien puso realmente el discurso de las minorías en la agenda política electoral, como forma de llegar a los votantes y aunque su resultado inmediato fue desastroso, con un desprestigiado Nixon venciendo avasalladoramente, a largo plazo, se convirtió en el discurso del status quo y a medida que los demócratas se fueron derechizando –cuando se volvieron neoliberales- lo convirtieron en institución, siendo Hillary Clinton la más completa representación de todo aquello, pero estando más fuertemente ligada a los intereses financieros de los poderosos, con los que se la identificó.

En la miniserie, es Cochran quien desde su asumida posición de contradictor de los racismos que aún se manifestaban –y se manifiestan- a partir de pequeñas violencias en la vida cotidiana explota ese relato –a la vez contradictor e institucionalizado- con total éxito en la defensa de su protegido, evadiendo los cargos por asesinato que se cernían imperturbable y flagrantemente detrás suyo. El resultado, la absolución. Y todo en plena era clintonista, la de Bill.

Así, el programa da cuenta del problema de ciudadanías que enfrenta la decadente primera potencia mundial, en un contexto en donde las minorías siguen siendo vulneradas y excluidas pero los blancos de clase baja-media, poca educación y escaso acceso a servicios básicos y derechos se sienten inconformes ante un Estado que aparentemente privilegia valores otros y se aleja de la raíz anglosajona de fuerte corte cristiano que fundara y poblara vastísimas zonas del país desde un principio. Y todo viene a cuento porque Trump sacó provecho hábilmente de todo esto, convirtiéndose en su vocero.

Así las cosas, ahora sí podemos traer a colación la actuación de Mark Fuhrman –personalizado por Steven Pasquale- representante en la miniserie del supremacismo blanco y de los abusos que desde las posiciones de poder se cometían –y se cometen- de forma sistemática por parte de los agentes de seguridad frente a los afroamericanos. Elemento que sumado a sus manejos turbios para culpar a negros en ocasiones anteriores, le dieron la razón a Cochran  poniéndole en entredicho, lo que invalidó las evidencias que tenía en contra del acusado, que en este caso eran verdaderas.

Supremacismo que en 2016, año electoral en que se emitió la serie, se había puesto sobre la mesa a sazón de la polémica desatada por el debate sobre la pertinencia de ondear la bandera confederada en los tribunales de algunos estados sureños y la prolífica presencia de la figura del general Robert E Lee –máximo líder confederado- en sus plazas y colegios. Siempre defendida por extremistas de ideas fascistoides y avaladas por Trump.

Cabe decir, general Lee, símbolo ajeno a su memoria y obra, que no es intrínsecamente racista.

Si en los 90 la postura de Fuhrman se vio desfavorecida por sus actuaciones anteriores frente a las personas negras, propiciando el auge del discurso acomodado de Cochran y su aplicación de estrategias desleales entre el jurado, veinte años después, ambas cosas se han alineado, y ahora es el presidente el que le usa, interpretando los sentires de miles de blancos resentidos y excluidos, en un país en donde la pobreza y la falta de oportunidades ya no son cuestión de raza, sino de clase.

O si no recordemos la debacle de Hillary y su imagen cercana a los intereses corporativos.

Por su parte, O.J., tras haber sido súper estrella deportiva en los 70 y actor de cine en los 80, logró que no se le condenara ante las impresionantes evidencias de haber perpetrado el asesinato del que se le acusaba –ADN incluido-. Para él sí se cumplió el sueño americano.

Y todo en el país de la libertad y las oportunidades en donde el capital y la desinformación son reyes.

Y es que lo de Trump se parece mucho a los populismos… Pero eso es harina de otra columna.

 

 

*Para complementar la información sobre el discurso del Partido Demócrata, véase https://elordenmundial.com/2017/02/23/la-crisis-del-partido-democrata/

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Andrés Santiago Bonilla
Politólogo de la UN. Énfasis en política internacional, Medio Oriente y Asia Pacífico. Amante de la escritura, lector voraz. Analista político.