Para no dejarlo en la calle, un puesto para De la Calle

Este acto sería prenda de un verdadero compromiso social con quienes lo eligieron, un compromiso que iría más allá de la maquinaria “electorera”, a la vez que sería garantía de transparencia y seriedad.

- Política

2018-05-28

Para no dejarlo en la calle, un puesto para De la Calle

A estas horas se están terminando de escrutar las últimas mesas de la jornada electoral presidencial que vivimos. Estas elecciones han estado cargadas de varias sorpresas, algunas de ellas muy buenas: el hundimiento de Germán Vargas Lleras y sus “maquinarias políticas” al cuarto lugar con el pírrico 7.27% de los votos: y otras bastante inquietantes: el intento de hackeo a la página de la Registraduría Nacional del Estado Civil y la aparición en el tarjetón de la excandidata Viviane Morales, la cual —sin estar participando en los comicios— sacó 41.453 votos de desubicados compatriotas.

Lastimosamente, dentro de estas últimas sorpresas, también está que Humberto de la Calle, el candidato más serio y más caballero de esta última contienda política, ha terminado en el cuarto lugar (increíble que, en este país caribeño, la “caballerosidad política” en vez de ser el común denominador, sea la excepción a la norma). Y más lastimosamente aún, De la Calle ha decidido que no participará en más elecciones populares, aunque la luz de esperanza que nos arrojó es que él ha dicho que seguirá muy pendiente de la vida política del país. Al menos del ahogado, salvamos el sombrero.

Sin embargo, me parece que el país en estos momentos de fragorosas tribulaciones, “efervescencia y calor”, no puede darse el lujo de perder a uno de los políticos más honestos y más íntegros que ha parido esta mal habida patria, cuna de personajes amigos de la “mermelada”, del caudillismo, del cambio de “articulitos”, del “miti-miti” y del “dinamismo político”, entre otras aberraciones.

Y digo esto, porque es que Humberto de la Calle no es ningún aparecido o presidente de Junta de Acción Comunal, no señor (Un saludo a los presidentes de Juntas de Acción Comunal, primeros baluartes de nuestra democracia). Según la prestigiosa Revista Semana, este abogado manizaleño, no solo es un hombre de Estado puro y duro, sino también un liberal consecuente. Tras ostentar el cargo de secretario de gobierno del Departamento de Caldas en 1984 fue juez municipal del municipio de Salamina, en 1986 y Magistrado de la Corte Suprema de Justicia de 1986 a 1990. Ha sido vicepresidente de la República desde 1994 hasta 1995 cuando estalló el escándalo del proceso 8.000, en el que se destapó la financiación con recursos de la mafia caleña a la campaña de Samper. En ese momento, De la Calle —haciendo gala de su talante de estadista serio y ajeno a ese mundo de corrupción— renunció a la Vicepresidencia.

A su trayectoria en cargos públicos, también hay que sumar su paso como ministro de Gobierno durante el mandato de César Gaviria —a quien “amablemente” le dedicamos una ñapa al final de esta columna— desde 1990 a 1993; cargo en el cual tuvo un importante rol de componedor político, pues durante su ministerio se le presentó al Gobierno Nacional la Constituyente de 1991, lo que lo obligó a escribir proyectos, además, de acercarse a todas las bancadas. Tal vez allí fue donde empezó a apuntalar su perfil de conciliador y negociador.

Años después, Andrés Pastrana (sí, el mismo Pastrana que SÍ le regaló el país a las Farc, pero que hoy se hace el loco con ese tema) nombró a De la Calle como Ministro del Interior entre 1998 y 2002. Tras esto, Humberto ocupó la embajada de Colombia ante la OEA. Su último cargo público antes de convertirse en candidato presidencial, fue cuando se convirtió en el jefe del equipo negociador en el proceso de paz con las Farc, negociación de la que puede jactarse —con toda justicia— de llevarla a buen puerto.

 Se supone, que ya sea que gane Duque (ya saben, el que dijo Uribe) o que gane Petro (ya saben, dizque “el que dijo Fidel”) se vienen tiempos extraños y polarizados para este remedo de nación, donde aún se mueren niños de desnutrición, a la vez que un congresista se gana 30 millones de pesos por dormirse en su silla.

Y por ello, con más razón que nunca, se necesita una persona que tenga todo el aval, reconocimiento y cariño de un sector importante de la población, el cual serviría para mediar o remediar tantos males que sacuden a este territorio. Por eso, amablemente, invito al candidato que salga ungido para ocupar el solio de Bolívar a que se comprometa a tener a Humberto de la Calle en alguno de los puestos disponibles para su gabinete.

Este acto sería prenda de un verdadero compromiso social con quienes lo eligieron, un compromiso que iría más allá de la maquinaria “electorera”, a la vez que sería garantía de transparencia y seriedad. Por eso, para no perder a este gran estadista que ha estado en algunos de los principales momentos políticos del país, para que no se pierda ese rayo de seriedad y esperanza que él representa; y para que no se quede en la calle, por favor denle un puesto a Humberto de la Calle.

 

Adenda: Absolutamente nadie más tiene la culpa de la derrota de Humberto de la Calle que el “señor” César Gaviria Trujillo, “dizque” presidente del Partido Liberal. En la sede del derrotado candidato De la Calle, centenares de personas gritaban “Fuera Gaviria” del Partido Liberal. Y lo hacían con razón, pues salvo que uno sea ajeno a los avatares de la política criolla, no hay justificación para el abandono en que dejó al que se supone era el candidato de su partido.

Tal vez, De la Calle no tenía mucho para ofrecer, o tal vez, decidió gestar una campaña limpia y alejada de aquellos vicios que le son tan familiares a “don” César (recordemos que César Gaviria “ungió” políticamente hablando a su hijo Simón, endosándole su caudal electoral). Sea como fuera, ya vimos el resultado que se obtuvo por parte de ese abandono del que es —hasta hoy y quién sabe hasta cuándo— jefe del partido del trapo rojo. No sería nada extraño que en los próximos días Gaviria pacte con alguno de los otros candidatos ¡o hasta con los dos! y ya sea por A o por B, termine subido en el bus de la victoria, como curiosamente lo hace siempre. 

 

 

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Álvarez Cristian
Periodista de la Universidad de Antioquia. ¿Quis custodiet ipsos custodes?