Nuestro Nobel de Paz, desde otra perspectiva

Opina - Política

2016-10-12

Nuestro Nobel de Paz, desde otra perspectiva

Por supuesto que el Premio Nobel otorgado al presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, es un premio político, por la sencilla razón de que la paz es un tema de la política.

La famosa frase de Clausewitz: “La guerra es la continuación de la política por otros medios”, indica que las paces las hacen los guerreros para continuar interviniendo en el conflicto, ya no sujetos a las armas, sino con base en el establecimiento de un pacto, un contrato, llámese Constitución y Ley para no matarse en la contienda, sino en el campo de las ideas.

Por esta razón es que Foucault invierte la expresión y señala que “La política es la continuación de la guerra por otros medios”, que ya no son la guerra vista como “un acto de fuerza que se lleva a cabo para obligar al adversario a acatar nuestra voluntad” (Clausewitz), ni el engaño para aplicar la violencia en su máxima expresión (Sun Tzu).

Si bien es cierto que en varios años el Premio Nobel se ha adjudicado a verdaderas almas de dios, como la madre Teresa de Calcuta o el arzobispo de la iglesia anglicana de Sudáfrica, Desmond Tutu, también es cierto que muchos de quienes lo recibieron fueron “guerreros” en la más amplia acepción del término; personajes envueltos en guerras y conflictos despiadados, en los cuales se aplicaron el terror, el genocidio y toda clase de tratos crueles, inhumanos y degradantes. Basta aproximarse a la biografía de Menájem Beguín o de Yasser Arafat en ese eterno conflicto del medio oriente. Aquí no estoy haciendo un juicio de valores ni de la justicia de las causas, sino simplemente presentando a los guerreros como lo que son: Guerreros.

Por esta razón, tengo la más íntima convicción de que las Farc no guardan mayor rencor por los golpes crueles y en ocasiones, con alevosía, que les propinó Santos como ministro de defensa y después como presidente: muerte a Raúl Reyes en territorio ecuatoriano, igualmente de alias Mono Jojoy y Alfonso Cano, todos ellos dados de baja en bombardeos nocturnos y a mansalva, además de la exhibición de sus cuerpos destrozados como un trofeo de guerra aterrorizante, que riñe completamente con el sentido de humanidad.

Igualmente se puede interpretar que los negociadores del gobierno en la Habana ─principalmente los generales Mora Rangel y Naranjo─, quienes han realizado una encomiable labor, se han visto precisados a desprenderse de posiciones de odio irreconciliable a raíz de las acciones alevosas e inhumanas adelantadas por las Farc, como el ataque de “tierra arrasada” contra los militares, soldados y oficiales de las bases de Patascoy y Las Delicias, además de acciones horrorosas, como el asesinato cobarde de los diputados del Valle o el bombardeo criminal contra la población civil resguardada en la iglesia de Bojayá ante el combate que sostenían las Farc y los paramilitares en la zona.

El simple acto de recordar y escribir sobre esto es, de por sí, extremadamente doloroso, pero permite reflexionar sobre la crueldad de la guerra, de todas las guerras.

No existen guerras hoy, propias de caballeros medievales que luchan a muerte con armas iguales y convencionales por el honor afrentado o por el amor de una dama de la corte. Y si bien es cierto que existe el Derecho de Gentes, el DIH, los Protocolos de Ginebra I y II, que pretenden formalizarla y regularla, en las guerras estas disposiciones tienen poca aplicabilidad.

No existen guerras bellas, bucólicas, idílicas, paradisíacas, pastoriles, al menos en la modernidad. Podrían existir guerras justas e injustas, pero cada vez el mundo va encontrando vías para que éstas sean menos y los conflictos que las originan, dispongan de espacios de resolución y transformación que impidan el desencadenamiento de crisis.

Entonces, el Nobel de paz otorgado al presidente Santos es completamente justo, oportuno, ajustado al momento histórico que vivimos como nación y, ante todo, merecido, porque es el guerrero (los guerreros no están únicamente en la línea de fuego; pueden estar en los escritorios, desde los puestos de mando y algunos son bastante cobardes) que lideró desde la trinchera estatal una guerra fratricida que en los últimos quince años ha dejado un saldo de horror de “falsos positivos”, militares, policías y guerrilleros muertos, millones de desplazados y víctimas de la población civil, y que tomó la decisión de decir “¡Basta ya!”.

El país requiere con urgencia saldar cuentas con el pasado violento; tomar muy en serio las afirmaciones de quienes lideraron el triunfo del NO en el Plebiscito, que ahora se presentan como adalides de la paz y, como se dice coloquialmente, “cogerles la caña” y estar dispuestos a concederles la principal aspiración: que su stand de líderes y familiares judicializados, presos y prófugos por diversos delitos, conexos o no con el conflicto armado, puedan disfrutar de la libertad, apelando a alguna figura, no necesariamente muy ortodoxa como la del “alivio judicial” o cualquier otra que se inventen los expertos de nuestro país santanderista. Dejen a esos tipos libres y que se comprometan al menos en no delinquir; no les exijan verdad ni reparación. No les queda difícil buscar la figura jurídica a nuestros ilustres congresistas y a la élite del poder judicial, pues algunos son de una experiencia bárbara en estas lides y dignos de admiración.

Que nuestro Nobel de Paz disfrute su premio en compañía de su bella familia; celebro su decisión de hacer entrega del premio económico a las víctimas y que recargue fuerzas para que continúe con mayor determinación en el camino de una paz estable y duradera, siquiera por cien años. Brindo por él: ¡Salud!

Publicado el: 12 Oct de 2016

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Carlos Pérez Muriel
Analista de la Política, también de la política y de la "política"... .