Nos quedó grande la educación

Ha perdido la educación cuando la política se ha vuelto un escenario para vilipendiar, maltratar, engañar, manipular y pisotear a los otros, y se ha beneficiado con tales artimañas.

Opina - Educación

2019-04-28

Nos quedó grande la educación

Sería imposible nombrar los numerosos artículos, ensayos, textos académicos, periodísticos o, de cualquier índole, que sobre educación se han escrito y con los cuales parece que no pasa nada. Todos hablan de ella, desde los legos hasta los eruditos y estudiosos del tema, pero, al parecer, el proceso educativo viene siendo uno de los que poco avanzan en nuestra sociedad.

Y no hablamos de cifras, mediciones o ránquines, en donde posiblemente se pueden notar algunos progresos, aunque casi siempre estemos muy lejos de los primeros. No, nos referimos al pensamiento de una inmensa parte de la población que quisiera prohibirlo todo, a los comportamientos absurdos de algunos políticos que, con su lenguaje y su violencia, han arrastrado al país a lo más profundo de la incomprensión y del odio.

Hablamos de los que ven con buenos ojos crear cárceles en lugar de resocializar verdaderamente a los que por errores de la vida, quizás, precisamente por falta de educación, han caído en ellas. De los que se rasgan las vestiduras cuando se habla de legalización de las drogas, o cuando se intenta encauzar la tecnología para bien en lugar de acabarla.

De aquellos que se inventan ideologías de género sin saber qué es eso, o de quienes ven nefastas las transformaciones y los cambios sociales. De los vándalos y delincuentes que confunden las protestas legítimas con actos delincuenciales.

Son muchos los que han pasado proyectos en el Congreso, por ejemplo, encaminados a prohibir el celular en las aulas, a supeditar a los maestros a que digan o enseñen lo que a esos prohibicionistas les interese.

Abundan los que les meten en la cabeza a los padres y a los niños, jóvenes y adolescentes que hay que castigar en vez de educar.

Quizás porque en el más profundo de los fanatismos están transitando los que gobiernan y los que pueden cambiar el rumbo de las cosas y, en ese camino pretenden hacer una Colombia mejor, para ellos, claro, en donde no quepa la diversidad, el pensamiento disímil, la divergencia y las visiones de mundos diferentes.

Muchos dirigentes de partidos políticos despotrican de los negros, de los homosexuales, de los indígenas, de los diferentes grupos étnicos, de los liberales —en el buen sentido de la palabra—, de la libertad de cátedra y de prensa, de los ambientalistas, de las mujeres que abortan, aun cuando estén cobijadas por la ley.

En este maremágnum de irracionalidad fanática estamos inmersos. Y no se vislumbra, a corto plazo, ninguna mejora, a no ser que reflexionemos, actuemos y cambiemos. ¿Cómo puede haberla si cada vez que un político agrede a sus contradictores con palabras violentas, sinuosas y calumniosas, la gente sale a aplaudirlo?

¿Qué futuro puede haber, cuando se les dicen mentiras y se propagan noticias falsas a los seguidores, para convencerlos de que lo único válido y serio es solo lo que dicen quienes de esas cosas se encargan?

Hemos fracasado en la educación cuando nos sentimos con superioridad moral sin tenerla. Cuando irrespetamos las normas, cuando atropellamos con nuestro pensamiento sin darle cabida al diálogo y a la conversación reposada y serena con los otros, con los que no actúan y piensan como nosotros. Perdió la educación cuando no es posible que los niños o los jóvenes utilicen sus equipos móviles o vean televisión sin que eso repercuta en perjuicios para ellos.

Perdió la sociedad cuando no entendió aquella vieja frase que invitaba a educar al niño para evitar tener que castigar al hombre. Perdieron la escuela y la familia cuando han enseñado que no todo vale, pero sus estudiantes e hijos diariamente se desviven por la trampa.

Hace años escribí un ensayo para una revista de una facultad de educación de una prestigiosa universidad, en el que decía que no había que tenerle miedo a los medios de comunicación, sino enseñar a verlos, a usarlos, a convivir con ellos. Hoy me reafirmo y traigo a colación esto que allí dije:

“Alguna vez me encontré un texto de una paginita, sin firma, sin fecha, sin nada, pero hoy lo retomo porque creo que es conveniente. Decía el escrito algo así:

‘… qué pérdida de tiempo, dirán algunos, si abro a mis alumnos mi alma, mis ilusiones, mis esperanzas, mis sufrimientos y no mis libros. Qué pérdida de tiempo si comparto con ellos lo realmente esencial: el arte de ser felices, la asignatura de amarnos y respetarnos los unos a los otros, de no tenerle miedo al dolor ni a la muerte, seguramente son más importantes los logaritmos, los quebrados o el teorema de Pitágoras’ ”.

Y anotaba aquel escrito: “que un título ni garantiza la felicidad del que lo posee ni la piedad de sus actos. Que no es absolutamente cierto que el aumento de nivel cultural garantice un mayor equilibrio social o un clima más pacífico en las comunidades. Que no es verdad que la barbarie sea hermana gemela de la incultura. Que la cultura sin bondad puede engendrar otro tipo monstruosidad más refinada, pero no por ello menos monstruosa. Tal vez más”.

Hoy en día sé que esa paginita era un texto valiosísimo atribuido a Viktor Frankl, “un neurólogo y psiquiatra austríaco, fundador de la logoterapia y quien sobrevivió desde 1942 hasta 1945 en varios campos de concentración nazis, incluidos Auschwitz y Dachau”, es decir, alguien que realmente vio de cerca el horror y, aun así, fue capaz de escribir aquella hermosa enseñanza que todos deberíamos leer. De clic aquí para leerla.

No es prohibiendo las cosas, sino enseñando sus beneficios y perjuicios, como se educa. No es gritando, vociferando, ni matando como se enseña, es haciéndole honor a la verdad, es respetando la vida, la libertad y el pensamiento.

No es incumpliendo las leyes o las normas como mostramos que la vida es de diferentes colores, es poniendo por encima de nuestros intereses particulares lo que puede beneficiar a todos.

Nos quedó grande la educación si no podemos convivir unos con otros y remar para el mismo lado. No todos al mismo puerto, pero sí a los mismos principios fundamentales: la paz, la armonía, el amor y la vida.

Nos quedó grande la educación si se siguen construyendo celdas en lugar de crearse sitios de trabajo, de producción de bienes y servicios, de industrias en donde el progreso brille sin que medie la ambición o se priorice la envidia, el rencor o el odio.

Ha perdido la educación cuando la política se ha vuelto un escenario para vilipendiar, maltratar, engañar, manipular y pisotear a los otros, y se ha beneficiado con tales artimañas.

Ha perdido la educación cuando los medios se han vuelto tribunas para defender a esos políticos y para asegurar sus propias prebendas y prerrogativas y han olvidado que deberían ser, más bien, instrumentos para el bienestar común.

Han perdido la educación y las facultades que enseñan periodismo, derecho, medicina o cualquier otra carrera, cuando sus egresados transforman la deontología por energúmenas posiciones que defienden a ultranza la individualidad sin límites y la envidia sin contrición.

Ha perdido la educación si pasan esas cosas, y, obviamente, hemos perdido todos los seres humanos si ella falla. Como lo dije en la revista de la que hablé anteriormente:

“Pero no echemos solo la culpa a la escuela, a los medios, a la política. No hay que olvidar a algunos padres de familia, quienes, producto de una educación vertical, pretenden ver a sus hijos como computadores humanos, que saben mucho, pero que no sienten nada”.


Adenda. No puede haber paz y reconciliación, si los líderes que orientan un partido —y son los guías de muchos— dan, todos los días y a toda hora, ejemplos de intolerancia, de violencia, de fanatismo y de pasión desbordada por sus intereses y sus beneficios. De esas actitudes deberíamos aprender, para ver si, de verdad, esta patria renace y, para ver si, en un futuro, elegimos mejor a nuestros gobernantes.   

 

 

( 6 ) Comentarios

  1. ReplyJhon Jairo Ramírez

    Excelente visión de cómo la educación afecta nuestra cruda realidad.

    Felicitaciones Mauricio cómo siempre acertado en tus comentarios.
    Un abrazo

    Jhon Jairo

  2. Es totalmente cierto. Y en estos errores caemos todos, cuando votamos de forma errada, cuando guardamos silencio y nos dejamos alienar
    Excelente escrito.Gracias.

  3. Replyfernando calvo sanchez

    Lo Mejor que podemos hacer, al llegar a este punto es Re-educarnos y re-valuar todos los contenidos del fundamento para vivir y ser felices empezando por la cívica,la cultura,la socializacion y la participación comenzando por la A y el numero cero o sea salir de la CAVERNA

  4. ReplyConstanza Forero Navas

    Tocas la raíz de la mayoría de los problemas que surgen de las carencias en el proceso de educación. Si desde niños no aprendimos normas básicas de convivencia del tan escaso sentido común, si no aprendemos a valorar la vida, el respeto y consideración por el otro, si en la escolaridad se ve como competir y no como compartir, si el concepto del éxito es individualista y no solidario, creo que se ha fracasado como educadores.

  5. Maleducar o educar a la inversa ha sido política de Estado, por eso a los colombianos nos ha quedado grande la educación, cómo derecho es una promesa exposita, inconclusa. Seguramente no sea la panacea a todos nuestras problemáticas, sin embargo, la educación pública, gratuita, de calidad, científica, humana es pilar fundamental dado que el conocimiento es factor de poder y convivencia. Buen análisis Mauricio.

  6. Muy interesante su planteamiento, con el cual me identifico, le aclaro no soy academico , soy un ser comun y corriente, pienso que algo que haria de este pais un sitio mejor y podria traducir la educacion en lo mas importante seria el empezar a reducir las distancias sociales, a eliminar la pobreza, no como accion humanitaria, sino como hecho para la supervivencia.

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Mauricio Galindo Santofimio
Comun. Social-Periodista. Asesor editorial y columnista revista #MásQVer. Docente universitario. Columnista de LaOrejaRoja.