Mi forma de protesta es la escritura

El 16 de junio del 2021, me estaba dando un duchazo y alguien llamó a la puerta. Mi mamá empezó a llamarme luego de un rato, supuse que sería algún amigo o una encomienda, porque pocos son los que se presentan sin avisar. Apenas empezaba a vestirme cuando mi madre volvió a insistir para que bajara, y ahora dijo, con la voz temblorosa, «Juan, que la Policía vino a buscarlo».

Denuncia - Narrativo

2021-07-08

Mi forma de protesta es la escritura

Columnista:

Juan Grajales

 

No siempre escribo en primera persona y, cuando lo hago, de manera regular cumplo el papel de mero observador. No he estado en tantas manifestaciones como me gustaría —para vergüenza mía— y casi siempre llego tarde y me voy temprano, antes de que la cosa se ponga caliente.

Mi forma de protesta es la escritura, escribo lo que pienso y lo que veo, porque es lo que mejor sé hacer y me siento seguro detrás de una pantalla. Asistí, eso sí, a muchas protestas y sentí una fascinación por las tomas artísticas, por los murales y los enormes grafitis que hacían los colectivos de la ciudad. Qué dicha me hubiera dado coger una brocha y ayudarles, pero siempre tenía el miedo latente —la torpeza física ha sido un gran compañero toda mi vida— de estropearlo todo, de salirme de la línea, de dañar el trabajo de otros. Me limitaba a mirar, y qué buena vista la que tenía.

Luego ocurrió el aberrante caso de Alison Meléndez: una menor de Popayán que comete suicidio horas después de denunciar abuso sexual por parte de la fuerza pública. La indignación inundó al país entero, se hicieron murales y grafitis en todas las ciudades —se destacan los que hicieron los colectivos feministas en el sector del Cable en Manizales—. Y por cuestiones del destino, la indignación también llegó a este pequeño rincón del mundo: la calle 66A del barrio La Sultana, en Manizales.

Varios amigos —vecinos desde la infancia— propusieron hacer nuestra parte, una intervención artística que, si bien carecía de la estética de los colectivos ya consagrados, al menos ponía nuestro granito de arena y pintura sobre el mensaje que se quería dar. Sin extravagancias, sin adornos, apenas unas letras que contaban lo que para nadie era un secreto: «LA POLICÍA VIOLA Y ASESINA».

No fue mía la idea —ya me gustaría— ni puse fecha y hora; de hecho, salí a ayudar cuando las letras estaban a medias y con brochazos temblorosos traté de escribir el mensaje. Varios vecinos salieron por las ventanas para mirar, nadie dijo nada —salvo una vecina que se me acercó días después para contarme el miedo que le tenía a la Policía, y que temía también de que algún día hicieran algo en nuestra contra—, nadie más diría nada. Nunca.

Terminamos muy felices y satisfechos de nuestros humildes garabatos, no hubo sangría derramada, no hubo daños de ninguna clase ni insultos ni ataques personales. Ni siquiera dentro de nuestra intervención artística. La Policía llegó tiempo después, nos tomaron fotografías —o quizá nos grabaron, difícil saberlo desde el otro lado de la cámara—, miraron lo que habíamos escrito y dijeron que no podíamos. Igual ya estaba hecho.

Era pintura de agua y todos jurábamos que se iría después del tercer aguacero, pero, para nuestra sorpresa, el mensaje siguió allí semana tras semana; apenas un poco difuminado en algunos bordes, pero con todas sus letras completas. Asistí a otras manifestaciones artísticas —otra vez de espectador— y a varias marchas. Ya estaba agotándome un poco, pero seguía apoyando el paro y desde mi balcón colgaba la bandera de Colombia al revés. Frente a mi casa había, desde el comienzo del paro, una gran bandera que rezaba «VIVA EL PARO NACIONAL», a dos casas hacia la izquierda también estaba la bandera y de una ventana colgaba un mensaje sobre el silencio cómplice de los policías buenos.

El 16 de junio del 2021, más de un mes después de haber pintado la calle, me estaba dando un duchazo poco antes del mediodía y alguien llamó a la puerta. Mi mamá empezó a llamarme luego de un rato, supuse que sería algún amigo o una encomienda, porque pocos son los que se presentan sin avisar. Apenas empezaba a vestirme cuando mi madre volvió a insistir para que bajara, y ahora dijo, con la voz temblorosa, «Juan, que la Policía vino a buscarlo».

Naturalmente, creí que era una broma —aunque nunca bromeamos así—, bajé descalzo a ver quién era y me encuentro con dos patrulleros. Por mi cabeza no aparecía motivo alguno, nunca había tirado una piedra, nunca había tenido problemas con nadie, ni siquiera había soltado insultos por redes. Lo que sí se me pasaba por la cabeza fueron las horas y horas de vídeos en vivo de policías agrediendo —a veces a muerte— a los manifestantes, y yo ya había estado presente en la manifestación del 3 de mayo, cuando demostraron que el vergonzoso actuar de dicha institución no era solo un mal de ciudades grandes.

Llegaron preguntando por mí, tenían mi nombre y dirección. Pregunté qué querían—no me derramé en cordialidad, pero me contuve y no les dije lo que me moría por decirles—, a qué venían y que por qué no tenían las placas a la vista.

Me dijeron que había un proceso en mi contra, que venían a individualizarme. Les pregunté que cuál proceso, me respondieron que «daño en bien ajeno».

«¿Cuál bien ajeno?», pregunté. Uno de ellos señaló la calle. No soy el más entendido en leyes, pero eso me pareció una completa tontería. Les pregunté si también estaban «individualizando» a los que pintaron de blanco el mural de San Marcel, no dijeron nada. Noté que me estaban grabando dentro de mi propiedad —en la terraza frontal, nada cerca del andén en el que se supone que debían estar—, por lo que mi madre también empezó a tomar fotografías con su celular. Les exigimos que se identificaran y, después de excusarse con que el chaleco antibalas cubría la placa —sí, chaleco antibalas—, terminaron identificándose: los patrulleros Miguel Guerrero y Brandon Duarte.

Dijeron que tenía que brindarles unos once datos, no me resistí a darles mi nombre completo y número de cédula. Fui consciente de que ahora ellos tenían mi información más sensible, sabía dónde vivía, conocían mis datos personales y ahora también tenían hasta fotos y videos de mi familia. Me apresuré a exigirles que me mostraran la orden judicial, la citación, algún documento que soportara el procedimiento. Uno de ellos dijo que me la iba a mostrar en la «Fiscalía».

En ese momento publiqué un breve mensaje en Facebook contando lo que pasaba, antes de volver a guardar el celular y otra vez exigirles que me mostraran algún papel u orden. Y no venían solo por mí, habían llegado también por mis amigos, que afortunadamente, no se encontraban en sus casas. Llegaron dos vecinas a ayudarnos, seguimos exigiendo el documento. Uno de los patrulleros amenazaba con llevarme a la «Fiscalía» si no borraba el mensaje de la calle. Luego dijeron que venían por una queja de los vecinos, que había un documento escrito por ellos.

Pedimos ver el documento, pedimos ver cualquier prueba. «¿Y yo cómo se que ustedes no se están inventando todo eso?», les pregunté. Uno de ellos, el que había llegado con tono prepotente, asomó un papel doblado de un bolsillo y volvió a guardarlo. Se supone que eso era el documento. Insistí otra vez, yo ya sabía que no podían hacer ningún procedimiento así como así, y siguió diciendo que en la Fiscalía me lo mostraba, luego dijo que «en el CAI» me lo mostraba. Repitió más veces el mismo movimiento, asomaba el papel sin desdoblar e inmediatamente lo guardaba. Quiero creer que no fue en forma de burla, pero esperanzas no me quedan muchas.

Uno de los patrulleros —sabrá Dios si Guerrero o Duarte—, en un tono más conciliador, me dijo que ellos solo cumplían órdenes. Al otro dejamos de hablarle porque no hacía más que amenazar con «la Fiscalía, la Fiscalía». Al conciliador le dije que ellos estaban en la obligación de mostrarnos el documento que validara cualquier procedimiento, incluso el de individualización —y más si amenazaban con ir a mostrármelo en «la Fiscalía»—. El patrullero, quizá consciente del error que cometía, lo único que pudo hacer fue señalar a su compañero que tenía el supuesto documento en su poder. Y en su poder se quedó.

Luego nos propusieron que borráramos el mensaje y todo se solucionaba, ¡qué misericordia! Así de fácil, sin orden, sin visitas a la dichosa «fiscalía» y, claro, sin mostrarnos el supuesto documento bien doblado y embutido en un bolsillo. Al final tuvieron que irse, en mi contra no tenían nada y los supuestos once datos —de los que solo me pidieron dos— ya estaban satisfechos.

«No agranden más el problema», dijo alguno. Si no borrábamos el mensaje, ellos iban a volver —me imagino que ahora sí con una orden de verdad— para escalar esto a «la Fiscalía».

No se fueron de la calle, siguieron con la próxima casa que tenía carteles apoyando el paro. Habían ido ya a la casa de enfrente, iban ahora a la de la izquierda. Mi familia quedó temblando, mi madre estaba alterada, yo también estaba alterado. ¿Qué había sido todo eso?, ¿por qué no mostraron ningún soporte del procedimiento?, ¿por qué aseguraron olvidar todo si borrábamos lo que habíamos escrito en contra de la Policía?, ¿dónde estaba la supuesta queja de los vecinos?

Después me di cuenta de que muchos habían visto mi publicación, me escribían amigos y familiares, me llamaban de la primera línea jurídica para que les contara lo ocurrido. En ese momento no lo sabía, pero, después de reflexionar y asesorarme con los abogados y los miembros de DD. HH., supe que aquello había sido una intimidación. ¿Tan importante éramos nosotros?, ¿hacían lo mismo con los autores del montón de mensajes escritos en las calles de la ciudad?

Yo seguía muy asustado. La Policía— la misma responsable de decenas de muertes, centenares de desaparecidos y miles de heridos en el marco del paro— había venido a mi casa a amenazarme, a intimidarme y, no contentos con eso, se iban también con fotos de mi casa y de mi familia. Llamé a mis otros amigos a contarles lo que pasaba, fueron sustos por todas partes.

Qué sorpresa me llevé cuando me contaron que recién había salido un fallo de un juzgado de Manizales (el 086 del 2021) que le ordenaba a la Policía Nacional proteger la manifestación artística en espacios públicos, y abstenerse de censurarlas. ¿A qué jugaba la Policía Nacional entonces?, ¿para qué venía a aterrorizar a mi familia y a las familias de mis amigos?, ¿por qué un patrullero amenazaba con llevarme a «la Fiscalía, la Fiscalía» si no tenía razones para hacerlo? ¿Será por eso que no me habían mostrado ningún documento?

Honestamente, yo planeaba censurar mis propias palabras, tragarme el orgullo y limpiar la calle para borrar lo que un mes de aguaceros diarios no había podido borrar. Pero ahora el miedo se volvía indignación.

Mis amigos, familiares y vecinos tuvieron la idea de hacer más pancartas, especialmente, una en la que se mencione el fallo de la tutela que al parecer la Policía Nacional hasta el sol de hoy desconoce. Agradezco a todos los que me apoyaron, a todos los que estuvieron pendientes de mí, a todos los que me recordaron que no estaba solo. Gracias y mil gracias.

Me enteré hace poco de que ahora había un comunicado a la opinión pública en el que la Policía daba su versión de los hechos, decía que los vecinos habían llamado a quejarse —después de un mes— y que los patrulleros habían llegado en muy buenos términos —supongo que con eso se refieren a que no llegaron dando bala—. Si hacen un comunicado a la opinión pública es porque al menos mi caso logró algo de relevancia.

Lo que más me aterra es que no soy solo yo, esto está pasándole a más gente que participó en las manifestaciones, incluso en las más pequeñas como esta. Ojalá con esa celeridad investigaran las muertes de 75 personas en el paro nacional —75 para Indepaz, porque, según la página web de la Policía, solo son 30—, o a los civiles que disparan armas de fuego contra los manifestantes en frente de la propia policía, o el acoso sistemático a la prensa, o, mejor aún, ¿por qué no investigan a los agresores de las casi 30 víctimas de violencia sexual —por parte de la fuerza pública— en el contexto de las movilizaciones?

O, no sé, ¿qué tal si se leen sus propias normas para no andar haciendo lo que se les dé la gana? Así se ahorran una que otra vergüenza pública, de esas que tan frenéticamente han estado coleccionando en el último mes y medio. Toda mi solidaridad con aquellos que en este momento están siendo intimidados por el árbol de las manzanas podridas. De ése hablaré más adelante.

Sí, sí, ya sé que no son todos. Ya sé que hay policías buenos, pero es difícil defender a cualquiera cuando esos mismos policías buenos —me gusta creer que son mayoría— siempre se quedan callados cuando los malos actúan. El silencio es cómplice y también mancha las manos.

Escribo esto en la noche, todavía asustado, pero más determinado a no dejarme callar. Si tanto les molesta que pinte, si tanto les molesta que hable, si tanto les molesta que escriba, entonces temo que tendrán dolores de cabeza por un buen rato. Ya fui tibio por muchos años y no pienso serlo más. Gracias, Policía Nacional de Colombia, por animarnos a seguir protestando con más ganas.

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Juan Grajales
Escritor colombiano, nacido en Manizales en 1998. Autor de tres novelas y dos libros de cuentos. Estudiante de Biología en la Universidad de Caldas.