Más allá del COVID-19

Los tratamientos periodístico-noticiosos, en general, han sido desacertados, en la medida en que se privilegió la generación de miedo.

Opina - Sociedad

2020-03-20

Más allá del COVID-19

Columnista:

Germán Ayala Osorio

 

Más allá del origen real del coronavirus, declarado por la OMS como pandemia, vale la pena revisar varios asuntos, a partir del miedo-terror generado por la industria mediática mundial.

Iniciemos con el aún no claro origen del COVID-19. Si resulta cierta la versión que indica que este fue inoculado por militares norteamericanos en la China, o creado en un laboratorio con fines de control poblacional, estaremos ante un nuevo escenario de confrontación político-militar, esto es, una guerra bacteriológica, biológica o virológica de nuevo cuño. Escenario posible, si tenemos en cuenta la desarrollada capacidad humana para eliminar a sus adversarios o a esos otros que lleguen a competir por agua, alimentación o por un lugar donde guarecerse.

Por el contrario, si el virus que produce la enfermedad llamada coronavirus tiene origen ecológico-ambiental en virtud de los deficientes manejos de disímiles residuos, la contaminación generalizada del aire, de ríos y acuíferos y la convivencia humana en condiciones de hacinamiento y, por lo tanto, en pobres ambientes asépticos; o si provino del contacto con algún animal en particular, entonces, la humanidad entera está llamada a revisar su lugar en el planeta y por esa vía, pensar en escenarios de decrecimiento sistémico: poblacional, económico y cultural.

El discurso unívoco de la modernidad metió a la humanidad entera en una inercia reproductiva que sirvió no solo para someter proyectos de vida distintos (comunidades aisladas, con prácticas sostenibles y con relaciones consustanciales con la naturaleza), sino para imponer una única racionalidad para estar en el planeta: la racionalidad económica, con la que todo alcanza un valor transaccional.

La Iglesia Católica, para hablar solo de Occidente, tiene que asumir en parte la responsabilidad por el sobrepoblamiento del planeta y las acciones de sometimiento y transformación emprendidas por una idea de desarrollo que terminó, no solo disciplinando a las mujeres para que sirvieran exclusivamente para garantizar la reproducción de la especie, sino a los propios ecosistemas naturales, vistos como hostiles, como consecuencia de la fragilidad de la especie humana.

Con la ayuda de instituciones disciplinantes y de control, el ser humano entró en una espiral de dominio incontrolado de la naturaleza y de autosometimiento a las condiciones reproducidas en el tiempo de esa inercia de crecimiento (poblacional y económico) que derivaría, por ejemplo, en la construcción de urbes superpobladas, consideradas, sin mayor discusión, como un indiscutible triunfo civilizatorio. Éxito que debe ser mirado a la luz de los millones de seres humanos que sobreviven en condiciones generalizadas de precariedad y a los retos ecológicos-ambientales que imponen ciudades inviables desde la perspectiva de una sostenibilidad sistémica.

Ojalá esta pandemia sirva para que el ser humano revise las formas y las maneras en las que se convirtió en una especie dominante y aviesa con los demás seres vivos e incluso, con sus propios congéneres. Esa toma de conciencia quizás ayude a dar un giro a la concepción universalizante de desarrollo económico. Claro que también es necesario pensar que es tarde y que reversar lo hecho y establecido costaría un cambio cultural del orden universal que, por ahora, no se vislumbra desde los cerrados centros del poder financiero, político y militar del mundo. Quizás esta pandemia haga parte de la crisis civilizatoria[1] de la que habla Enrique Leff.

Sobre la forma como la industria mediática global asumió el COVID-19, hay que decir que los tratamientos periodístico-noticiosos, en general, han sido desacertados, en la medida en que se privilegió la generación de miedo, en lugar de buscar explicaciones científicas al origen del virus; el manejo responsable de la información y la revisión de prácticas culturales asociadas, por ejemplo, al consumo sin control, de artículos de aseo, como ya se ha visto en ciudades de Estados Unidos y Colombia, hace parte de esos universales errores cometidos por la industria mediática mundial. Por ejemplo, cuando registran la muerte de personas infectadas por el COVID-19, no explican si estas tenían preexistencias (enfermedades previas) y otros factores como la edad y las circunstancias en las que se produjo el contagio. En ese punto, especialmente, el periodismo pecó por irresponsable, al no ahondar en esas explicaciones que, sin duda, aportarían a la generación de menor angustia en las audiencias.

El miedo generado por los medios de comunicación es de tal magnitud, que pareciera que la muerte, o morir, haya abandonado su lugar natural en la condición humana, para convertirse en una “ruleta rusa” en la que la suerte se pone por encima de cualquier otra circunstancia, incluso, aquella que indica que somos finitos y la única especie que, al parecer, hace consciencia de ello. Y no se trata de luchar contra la pandemia y de asumir los cuidados necesarios. Simplemente, se trata de hacer conciencia de esa condición finita, que es quizás el factor fundamental en el que se soportan los comportamientos y las acciones aviesas, perversas, malintencionadas y despiadadas que a lo largo de la historia la condición humana se ha encargado de registrar.

Mientras encuentran la vacuna al COVID-19, y los agentes económicos mundiales miden y evalúan las consecuencias económicas y políticas de medidas como las cuarentenas de grandes urbes, la reducción de viajes internacionales y, en general, los efectos en la dinámica global de la economía de mercado, sería interesante que los centros de pensamiento y las universidades promovieran discusiones de fondo no solo sobre los efectos sistémicos que deja esta pandemia, sino sobre la presencia dominante del ser humano en el planeta y sus efectos. 

Lo que se debe poner en crisis, una vez más, es el proyecto civilizatorio universal, en particular aquel que erigió a la ciudad como su mayor triunfo y ejemplo a seguir. A lo mejor, después de examinar con rigor los problemas de sostenibilidad que en perspectiva sistémica exhiben hoy las ciudades y urbes en el mundo, la humanidad encuentre otras formas de estar en el planeta. Eso sí, siempre y cuando hagamos conciencia de la necesidad de vencer esa inercia que, asociada a la racionalidad económica, nos convirtió en una especie aviesa, capaz de modificar y dominar los ecosistemas naturales hasta llegar hoy a lo que se considera como el Antropoceno; y de autodestruirse o de destruir a aquellas comunidades y pueblos señalados previamente como “dañinos, peligrosos, civilizadamente inviables” o por cualquier otra razón (cultural, política o económica).

Parece ser que, por cuenta de la industria mediática mundial, en el contexto de esta pandemia, pasamos de la sociedad del riesgo de Ulrich Beck (2002: 2), a la sociedad del miedo a vivir juntos. Termino esta columna con una cita tomada del autor referido:

“[…] la globalización, la individualización, la revolución de los géneros, el subempleo y los riesgos globales (como la crisis ecológica y el colapso de los mercados financieros globales). El auténtico reto teórico y político de la segunda modernidad es el hecho de que la sociedad debe responder simultáneamente a todos estos desafíos”.

[1] Véase: https://germanayalaosoriolaotratribuna.blogspot.com/2017/08/es-tarde-para-la-sustentabilidad.html

 

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Germán Ayala Osorio
Docente Universitario. Comunicador Social y Politólogo. Estudiante del doctorado en Regiones Sostenibles de la Universidad Autónoma de Occidente.