Mancuso, unanimismo y Estado

La baja cultura política supera el escenario electoral y se extiende a ámbitos superiores, en particular, a lo que tiene que ver con el Estado, su sentido y las relaciones que sus asociados o dominados deberían de consolidar, de cara a que este no solo gane en legitimidad, sino que cumpla con lo establecido en la Carta Política.

Opina - Conflicto

2021-08-13

Mancuso, unanimismo y Estado

Columnista:

Germán Ayala Osorio

 

Aunque lo dicho por Mancuso ante la Comisión de la Verdad en parte el país ya lo sabe, debería de suscitar toda clase de reacciones en la opinión pública nacional. Pero no resulta así porque hoy en Colombia medios como Semana, El Tiempo, Noticias RCN, La FM, La W y Blu Radio, vienen trabajando para hacernos regresar al unanimismo ideológico que esas mismas empresas mediáticas, junto a otras, coadyuvaron a generar en el 2002, presionados unos y fascinados otros, por la figura intimidante de Uribe Vélez. En oposición al invento mediático y político de que el país está polarizado, hay que decir que a lo que realmente asistimos hoy en Colombia, es a la exacerbación de la violencia, física y simbólica, de la Derecha y a la reinstalación del pensamiento único, cuyo correlato es el unanimismo ideológico que soportamos en el aciago periodo 2002-2010.

El jefe de las entonces AUC contó ante sus víctimas, los comisionados de la verdad y su contraparte en las entonces Farc-Ep, Rodrigo Londoño, bajo qué circunstancias terminó metido en las dinámicas del conflicto armado interno, cómo nació el fenómeno paramilitar y la operación criminal de sus estructuras armadas ilegales, con el apoyo irrestricto de agentes del Estado, en particular de miembros activos del Ejército, el DAS y en general, los organismos de seguridad.

Más allá de insistir en el hecho político y militar que indica que fueron los paramilitares los que llevaron a Uribe a la presidencia de la mano del 35 % del entonces Congreso, vale la pena reflexionar en torno a un asunto que resulta clave: la concepción de Estado. Creo que los problemas de Colombia pasan por un asunto banalizado por la prensa y por los mismos colombianos: qué es eso del Estado, para qué sirve y cómo debe operar en condiciones ideales.

Hay consenso alrededor de que subsiste entre millones de colombianos una baja cultura política que se expresa en la falta de criterios para saber elegir a quienes a través del voto, buscan ser elegidos para llevar las riendas del Estado o de la administración pública, nivel mínimo en eso de saber qué es el Estado. Esa baja cultura política supera, entonces, el escenario electoral y se extiende a ámbitos superiores, en particular, a lo que tiene que ver con el Estado, su sentido y las relaciones que sus asociados o dominados deberían de consolidar, de cara a que este no solo gane en legitimidad, sino que cumpla con lo establecido en la Carta Política.

Cuando Mancuso de alguna manera justifica la conformación de las AUC porque el Estado no podía protegerlo a él y a otros, en su calidad de hacendados y finqueros, de las arremetidas de las guerrillas, se instala momentáneamente en la perspectiva weberiana del monopolio legítimo de la violencia o de la fuerza y el consecuente control de las armas, para luego desechar dicha perspectiva moderna del Estado, a fin de legitimar el que de facto él coadyuvó a estructurar y consolidar, de la mano de multinacionales, ganaderos y agroindustriales y de agentes estatales que al parecer jamás han entendido que el Estado no puede o debería operar con un carácter privado o corporativo, tal y como lo vienen imaginando, recreando y haciendo operar la élite colombiana. Con un agravante: lo hacen operar, de tiempo atrás, con un espíritu criminal y fascista.

Salvatore Mancuso, en su discurso-confesión, responsabiliza al Estado del genocidio político de la Unión Patriótica (UP) porque sabe que ese señalamiento deviene con un carácter abstracto, así se logren establecer responsabilidades individuales en agentes públicos y en instituciones como el DAS, previamente capturadas por las estructuras paramilitares.

Por todo lo anterior, podría resultar interesante y quizás aleccionante, discutir con los agentes estatales involucrados en los procesos que llevaron, por ejemplo, a facilitar la importación de armas para las AUC, qué entienden y cómo asumen eso que llamamos Estado, pero que en la práctica se reduce al poder decisorio de unos funcionarios que, amenazados o no, terminaron haciendo parte de una organización criminal.

Lo mismo se podría hacer con los oficiales del Ejército que delegaron en los paracos el trabajo sucio de acabar con las guerrillas, bien por el miedo al síndrome de la Procuraduría o por la presión internacional debido a las evidentes violaciones a los derechos humanos, en particular durante los años 90. Seguramente la noción de Estado con los que los formaron en las escuelas, asociada esta a la doctrina del enemigo interno, es quizás el más claro ejemplo de un orden establecido poco democrático y sujeto al complejo escenario internacional de la guerra fría. Habría que indagar si dentro de la academia militar se defiende el tipo de Estado privatizado y corporativo que aúpan los presidentes neoliberales y comandantes supremos de las fuerzas militares, o, si por el contrario, se asume como norte el ayudar a consolidar un Estado social de derecho tal y como hoy se presume que somos, en virtud a lo proclamado en el artículo primero de la Constitución de 1991.

No hay nada que se oponga más a la urgente necesidad de pensar en qué es eso del Estado, que la guerra, y por supuesto, la baja cultura política de los ciudadanos. Y lo sucedido en Colombia, durante este largo y degradado conflicto armado interno, lo que va quedando claro es que los miembros de la élite: los militares, los paras, las guerrillas y millones de colombianos poco se han sentado a discutir a qué tipo de orden le apuntan y piensan cuando hablan del Estado colombiano. Quizás nos hubiéramos ahorrado cientos de miles de muertos, si quienes de tiempo atrás hacen operar esa estructura de dominación, hubiesen sido formados de manera distinta en filosofía política y no en las ideas feudales bajo las cuales tanto los miembros de la élite y los paramilitares vienen asumiendo las instituciones y la institucionalidad estatal.

 

Adenda: le queda un año a Iván Duque. Ya casi se va. Ojalá opte por abandonar la vida pública, como lo hiciere Belisario Betancur Cuartas, en virtud de lo acaecido con la retoma del Palacio de Justicia y quizás, por lo de Armero. Si decide hacerlo, no será un acto de grandeza. Lo asumiremos como una forma de pedirle perdón al país que terminó de hundir en el fango de la ignominia. O como diría la famosa comediante, en el más oscuro y fétido de los sótanos del infierno.

 

 

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Germán Ayala Osorio
Docente Universitario. Comunicador Social y Politólogo. Estudiante del doctorado en Regiones Sostenibles de la Universidad Autónoma de Occidente.