Los sapos de la paz

Opina - Conflicto

2016-06-23

Los sapos de la paz

Antes que nada, declaro solemnemente que no soy uribista, ni santista; tal vez tenga un poco de afinidad con el Verde, pero hasta ahí va mi filiación política.

Permítanme contar una historia para poner en contexto este artículo: cuando tenía seis años, un señor se recostó en la acera de mi casa y de inmediato brotaron sus entrañas. Cuando tenía un poco más, explotó una granada, la cual hizo detonar una pipeta de gasolina y esta quemó a varias personas, entre ellas una mujer y una niña, a las que vi mientras pasaban frente a mi casa totalmente quemadas y pidiendo ayuda. Cuando tenía siete, un grupo guerrillero se tomó el pueblo y destruyó la estación de policía, lanzando granadas y ráfagas de fusil, desde la media noche hasta la madrugada.  Cuando tenía ocho, los paramilitares incursionaron en el casco urbano de mi pueblo, repartiendo ráfagas de metralla y granadas en los locales comerciales, matando a 43 personas y dejando heridas a otras 43.

Cuando tenía 14 años participé en el levantamiento humanitario del cadáver, en descomposición, de un hombre que había sido torturado y asesinado, al cual no podía recoger directamente el organismo judicial por cuestiones de orden público. Cuando tenía 15, los paramilitares incursionaron de nuevo repartiendo ráfagas de metralla por las calles, asesinando a 16 personas, entre ellos dos niños de 16 y 14 años, que eran mis primos.

Durante un periodo de casi un año, se sucedieron muertes violentas a razón de una o dos diarias (multipliquen eso por 365), debido a una “limpieza social” que estaban realizando los paramilitares en mi pueblo, que estaba en una zona de influencia de un grupo guerrillero. Cuando tenía 16 años, participé en el rescate de Machuca, que tal vez algunos recuerden, donde el mismo grupo guerrillero dinamitó un tramo del oleoducto que pasa frente al corregimiento, dando como saldo la muerte de 87 personas (según cifras oficiales, pero creo que fueron más) totalmente calcinadas y más de 150 heridos con diferentes quemaduras en gran parte de su cuerpo.

Luego de la desmovilización de paramilitares que promovió el gobierno del anterior presidente (ese que se opone tan enconadamente al proceso actual, pero llevó a cabo uno muy parecido con los paramilitares), la violencia del pueblo fue, y es, debida a las bacrim que asolan cuanto rincón del país tiene un atisbo de riqueza de cualquier índole.  Y no tengo la cuenta de los innumerables hostigamientos por parte del grupo guerrillero, que nos hicieron correr a casa a refugiarnos de las balas.

¿Cuántos muertos he llorado?  Muchos.  ¿Cuánta violencia he visto? Demasiada.

Esta historia no pretende generar lástima ni que digan que tengo alma de héroe.  Tampoco puedo decir que tenga más traumas que el resto de los colombianos.  De hecho, me considero una persona fuerte.  Lo que pretendo es que se den cuenta de que la mayoría de indignados que rechazan el proceso de paz que se pacta actualmente entre el Gobierno y la guerrilla de las FARC, son “indignados de televisión”, es decir, los que están indignados porque han visto noticias, han leído prensa o les han contado algunas historias.

La mayoría de quienes rechazan el proceso de paz nunca han mirado la violencia de frente, solo han visto de soslayo lo que esta causa. Y es válido, por supuesto. Qué tal que no nos indignáramos ante la situación que vive el país. Pero estas personas no dimensionan el sufrimiento que genera cualquier tipo de violencia, por eso se niegan a creer que este proceso sea tan necesario.

Por eso les digo: yo, que he sufrido el conflicto armado en Colombia desde todos los actores de este, estoy dispuesta a tragarme todos los sapos (palabra que usó el señor presidente) que hagan falta, para que las generaciones actuales y venideras no tengan que contar la historia que les relaté anteriormente.

Imagen cortesía de: dw.com

Imagen cortesía de: dw.com

Si le preguntan a las víctimas del conflicto, a quienes han perdido a sus seres queridos en esta guerra crónica, muchos les dirán lo mismo; les dirán que perdonan y olvidan, para que no siga quedando un rastro de víctimas a lo largo del país, para que no haya otras madres, padres, hijos y esposas que lloren sus muertos, para que se siembre un granito de esperanza de paz.

Es muy válido el argumento de muchos que dicen que la paz se debe hacer con todos los actores. ¡Pues claro! Pero eso no implica que tenga que ser al mismo tiempo; recordemos que “quien mucho abarca, poco aprieta”, y se hace necesario ir dando un paso a la vez, un grupo a la vez, un día a la vez.

Mi invitación es a que analicemos bien todos los argumentos y no descalifiquemos ninguno sin hacer una revisión a conciencia de todos los lados.  Detengámonos un momento a pensar en los demás, no solo en nosotros mismos, y en lo que queremos dejarle a las generaciones venideras.

En los principales conflictos del mundo se han perdonado grandes crímenes, requisito indispensable para avanzar.  Quedarse estancado en el odio y los reproches no conduce a ningún lado, no aporta ninguna solución.

Vayamos investigando recetas para sapos, yo ya tengo algunas que puedo compartir…

Publicada el: 23 Jun de 2016

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Catalina Villa
Amante de los perros (y todos los animales), la música, la cerveza y los libros. Creo que es mejor estar bien acompañado que solo y yo estoy muy bien acompañada... Ingeniera mecánica en formación.