Los oídos miopes de la institución militar

Adriana Villegas Botero, periodista y escritora manizaleña, publicó una columna hace dos semanas en La Patria denunciando los cantos violentos de soldados del Batallón Ayacucho de Manizales.

Opina - Género

2020-11-09

Los oídos miopes de la institución militar

 

Columnista:

Julián Bernal Ospina 

 

Adriana Villegas Botero, periodista y escritora manizaleña, publicó una columna hace unas semanas en La Patria denunciando los cantos violentos de soldados del Batallón Ayacucho de Manizales. Era un lunes festivo en las horas en que se busca desconectarse para preparar la semana, y Adriana cuenta que con su hija pequeña oyeron, como de costumbre, a unos metros de distancia del edificio donde viven, las voces marchantes de los militares que le respondían a una voz mayor. No tuvo que abrir la ventana para grabarlos nítidamente:

«Un minuto antes de morir / escuché la voz de mi novia / que con voz de perra me decía / si te mueres se lo doy al policía. / Porque yo soy, ja, soy, ja, el vampiro negro. / Yo nunca tuve madre ni nunca la tendré. / Si alguna vez yo tuve con mis manos la ahorqué. / Yo nunca tuve novia ni nunca la tendré. / Si alguna vez yo tuve, los ojos le saqué”.

Estos son solo extractos de lo que la periodista grabó, pero bastan para cuestionarse por las razones, conscientes o inconscientes, del sentido que enuncian. Esta publicación hizo que el Bloque Feminista de Manizales, la Asamblea Departamental de Caldas y la Secretaría de las Mujeres y Equidad de Género de la alcaldía –así como otras organizaciones sociales, y ciudadanas y ciudadanos– exigieran las disculpas públicas al Batallón Ayacucho. Las disculpas públicas nunca se dieron; más bien, el Ejército Nacional emitió un comunicado en el que se lavó las manos, y dijo prácticamente que esos cantos no tenían nada que ver con ellos, que se abrirá una investigación, y que las actividades de formación pretenden es respetar e incentivar «el espíritu del cuerpo con base en la exaltación de la dignidad humana».  

Está bien. La intención constitucional no se corresponde con el sentido de los cantos, admitamos eso. Pero ¿quién está preguntando por esa intención institucional? Se trata, como ha afirmado la escritora, de funcionarios públicos –los soldados y sus formadores– que ejercen roles también públicos, por lo que deberían ser juzgados con base en ese interés general. Por otro lado –argumento que ella misma ha esgrimido– dicen que abrirán investigación cuando el hecho fue conocido por toda la cuadra. No habría que abrir investigación para saber que se trata de voces históricas. Cabe la pregunta: ¿pretenden individualizar un caso cuando es público también que los cantos se corresponden con sentidos institucionalizados, es decir, hacen parte de la manera en que se llevan a cabo los procesos de formación?

La Secretaría de la Mujer y Equidad de Género y otras organizaciones ya han denunciado que estas voces violentas son un reflejo de 359 feminicidios entre enero y agosto de este año, 29 asesinatos a personas trans (28 de ellas mujeres trans); y, entre el 1 de junio y el 15 de octubre, la atención de 70 casos de violencia basadas en género, 21 denuncias a Comisarías de Familia, 18 denuncias a la Fiscalía y 17 medidas de protección otorgadas. Y eso es solo lo que logra pasar esa barrera de violencia que impide la denuncia, porque probablemente ha sido mucho más acentuado por el confinamiento: inacabables jornadas en que muchas mujeres deben convivir con sus propios victimarios.

Además de las voces violentas, las respuestas justificatorias de muchos ciudadanos preocupan aún más: que es normal que lo hagan así soldados, por un lado, o que por qué no hay indignación similar por canciones de reguetón, por el otro. La primera justificación ya fue respondida arriba, mientras que aquí va la crítica de la segunda: estas voces militares hablan de la muerte, del asesinato y de la tortura de un ser humano por ser mujer, y de la condición de hombre militar agresivo, violento –el vampiro negro–, que de hecho ya ha matado: su verdadera naturaleza es, por tanto, existir para la muerte. Las canciones de reguetón sexualizan el cuerpo de la mujer –como también sexualizan el del hombre–, lo que no significa necesariamente que denigren de la mujer: denigrarla significaría idealizarla como un cuerpo inocente, carente de instintos: «Como el pétalo de una rosa».

La escritora Villegas Botero publicó hace unos años una novela que tituló El oído miope: la colección de microhistorias de una migrante ilegal colombiana en Nueva York. Para unirlas propuso esa metáfora: Cristina, la protagonista, sentía que, al no entender nada de lo que le decían en inglés, todo lo oía borroso. Pero ella, al contrario de lo que pasa con los ojos, no podía ponerse algo para oír mejor. Pareciera que eso pasa con estos ciudadanos que justifican estas voces violentas militares o que critican la denuncia de Villegas. Por el enraizamiento de la institución militar en la cultura política tradicional manizaleña y colombiana –y por el ya tradicional hermetismo de la institución militar–, prefieren mantener los oídos miopes.

 

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Julián Bernal Ospina
Soy por vocación escritor. Trabajo como escritor freelance. Escribo ficción y no ficción. En no ficción, sobre temas políticos y culturales. Para mí la escritura ha sido una forma de encontrarme, y una forma de involucrarme con la humanidad de los otros. Tengo un blog en el que escribo sobre literatura en la coyuntura: julianbernalospina.com. Me preocupa sobre todo la imaginación. Defiendo la idea de que la literatura es un lugar de riqueza y sensibilidad humana que toda persona tiene el derecho de vivir.