Los muertos que siguen vivos

La pólvora ya está regada y el Gobierno no hace más que lanzar chispas al aire, consciente de que en cualquier momento vuelve a prenderse el país entero.

Opina - Judicial

2022-04-05

Los muertos que siguen vivos

Columnista:

Juan Grajales

 

Parece siempre que a finales de diciembre se olvidan todos los problemas, las heridas no sangran tanto y los dolores parece que duelen menos. Es época de fiestas, de amigos, de tragos, de confeti, serpentinas, villancicos y pólvora.
Y el primero de enero llega como un chorro de agua fría en medio del guayabo y la consciencia de que ya no es una cuenta regresiva de muchas fiestas para pocos días, sino que es el año entero el que tenemos por delante, con todos sus doce meses llenos de alegrías y desdichas, con un enero infinito, un diciembre brevísimo y, ahora sí, otros meses que desde ya se anuncian turbulentos.

Esta década empezó golpeando fuerte, con nada menos que una pandemia para la que no estábamos preparados y que el mismo gobierno insistió en ignorar durante los primeros meses (recordemos cómo en marzo del 2020, el ministro de Salud salió a decir en las noticias que la epidemia estaba en «su fase de cierre»). Luego, cuando la cosa se hizo obvia para todos, impusieron medidas de confinamiento que se prolongaron por meses y, posterior a ello, fueron levantadas abruptamente en septiembre, cuando la economía del país ya no aguantaba más y nada parecía poder evitar que el COVID se metiera a las casas.

En ese mismo mes se alzaron las voces de protesta en la capital y en otras ciudades del país, después de que la Policía torturara y asesinara a Javier Ordóñez en un CAI de Bogotá. En esa noche de horror nos dimos cuenta de algo que quizá ya muchos sabían: que la policía en Colombia está al servicio de otras fuerzas y otros intereses; no en defender a la ciudadanía ni en obedecer a los mandatarios locales.

Y, luego, llegó el 2021, año en que nos insinuó que la mala fortuna del 2020 no parecía ser cosa de un año, sino de una década. El horror se desató en las calles cuando, en la noche del 28 de abril, la Policía decidió reprimir la protesta ciudadana con todo el rigor de su fuerza. Decenas de muertos, ciudades militarizadas, cortes de Internet, ataques de falsa bandera para imponer ciberpatrullaje, censura, persecución, abuso de los derechos humanos (y bloqueo a las organizaciones de DD. HH. que querían entrar al país a supervisar las movilizaciones). Entre escándalos, desapariciones, torturas y asesinatos, el Gobierno se hizo con todos los entes de control y se aseguró unas elecciones turbulentas.

¿Y qué se espera este año? ¿Estará dispuesto el Gobierno a negociar su propia derrota? La gente está exhausta, está cansada de tanta corrupción, de tanto escándalo sin consecuencia, con tantas burlas de políticos corruptos y de fiscales de bolsillo.

La pólvora ya está regada y el Gobierno no hace más que lanzar chispas al aire, consciente de que en cualquier momento vuelve a prenderse el país entero.

Las jornadas del Paro Nacional de 2021 tuvieron un gran impacto en nuestras vidas. El espíritu de indignación no se dejó pisotear de los esfuerzos del Gobierno por sus intentos de represión, por la corrupción rampante. Al más puro estilo de una película, el acorralado Gobierno tuvo que fingir ciberataques, tuvo que utilizar todo el aparato judicial para señalar, perseguir y judicializar a las voces de crítica. Los grupos paramilitares urbanos y rurales salieron de caza y acabaron con decenas y decenas de líderes sociales, excombatientes, manifestantes y hasta periodistas. Y no fue suficiente para asustarnos.

Las patadas de ahogado son la clara evidencia de un régimen que tiene los meses contados, y que cree que poniendo sus fichas en la Registraduría, en la Fiscalía, en la Procuraduría y en todas las ías tendrá la oportunidad de darle la vuelta a un cambio que es imparable. Intenta detener un tren con las manos desnudas.

Ya no nos creemos las campañas de terror, ya no confiamos en los noticieros que en el pasado actuaron como portavoces de la Casa de Nariño y no creemos en las amenazas de una supuesta hecatombe comunista que pondrá el país patas arriba y que nos quitará lo que no tenemos, porque Colombia está en manos de las mismas familias desde hace generaciones.

Muchos habrán pensado en lo mismo. Siempre tenemos que pagar con muertos nuestras protestas, y quién sabe si alguno de los que lee este artículo —o el que lo escribe— engrosará la lista que aún está por escribirse. Si los muertos del pasado poco nos importan, ¿qué podrá ser de los muertos del futuro, de los muertos de este año? ¿Qué será de esos muertos que todavía siguen vivos?

Por todos los que ya no están, por todos a los que mataron, por todos los que tuvieron que escapar del país, por todos los que perdieron sus ojos por los perdigones, por los que perdieron su libertad por defender la dignidad, y, sobre todo, por los que la policía y los paramilitares matarán en este año tan turbulento.


Por todos ellos, por todos nosotros…

Colombia es nuestra patria. Colombia es nuestro hogar.
Luchemos por Colombia, y empecemos en las urnas.


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Juan Grajales
Escritor colombiano, nacido en Manizales en 1998. Autor de tres novelas y dos libros de cuentos. Estudiante de Biología en la Universidad de Caldas.