Los convidados de mármol

Todavía hoy vemos los rastros callados de los reyezuelos que en su día dominaron el horizonte, pero al revisarnos, descubriremos que la mayoría de nosotros no se acerca al modelo de persona por ellos defendido: diferimos. Su modelo se encuentra tan caduco como la instalación de estatuas.

Opina - Sociedad

2019-05-15

Los convidados de mármol

Desembocaba en la séptima, a la altura del Capitolio, y en veinte pasos estaba allí, en 1914, frente a las dos placas de mármol que, con cierta redundancia incómoda, lamentaban el crimen del general Rafael Uribe Uribe…
La forma de las ruinas, Juan Gabriel Vásquez

 

La placa se encuentra a ras de piso, está enmarcada por baldosas de mármol y encima hay un filón gris que la protege de las miradas de los transeúntes. Su texto llama la atención por lo barroco, aunque rara vez se lee y, más que monumento al héroe caído, es un homenaje a la ignominia y a la venganza, un parte de impunidad legado por los padres de la patria, en un pasado ya remoto.

De él quedan pocos rastros en la memoria colectiva, nunca apareció en los billetes y, tras un funeral multitudinario, el paso del tiempo fue haciendo su trabajo y, al cabo de pocas décadas, su nombre se volvía desconocido para el colombiano promedio. Aun así, hoy sirve para designar a una de las localidades bogotanas: Rafael Uribe Uribe.

El general también cuenta con un gigantesco monumento en el Parque Nacional en donde la inscripción Apóstol, paladín, mártir, es acompañada por una doncella que, simbolizando a la patria, recibe a un jovencito herido de muerte.

De nuevo, hay grandilocuencia en el testimonio memorioso en torno suyo. El Gobierno del momento decretó un día luctuoso al inaugurar la obra.

Salvador Camacho Roldán era también liberal, e igual que Uribe Uribe, cuenta con un monumento en su honor, ubicado en el Parque de la Independencia, en el centro de Bogotá.

Pionero de la sociología en Colombia y dirigente político de cierta influencia, participó en la elaboración de la Constitución de 1863 y fue candidato presidencial. Su efigie es imponente y se acerca al centenario de exhibida, pero su figura ha sido borrada por el paso de los años.

Hoy solo es un hombre con cara de filósofo griego, un fantasma en un parque trunco, un convidado de mármol en el gran banquete de la urbe y, por eso, cuando su busto fue encontrado en la basura, después de haber sido desprendido del pedestal que es su base, las autoridades actuaron cansinamente, tardándose semanas en regresarlo al lugar en el que estaba. A nadie le importaba, se había convertido en un detalle menor, cosmético e innecesario.

A inicios de la década de los años 40, el Gobierno emprendió, de forma más o menos desordenada, la erección de este tipo de ornamentos. La estatua de Uribe Uribe hace parte de este periodo y fue acompañada por otras, como las de los expresidentes Carlos Restrepo, Pedro Nel Ospina y Enrique Olaya. Los tres habían muerto en los quince años anteriores y las autoridades consideraron que el encargo de monumentos en su nombre era oportuno porque embellecía la ciudad.

Así, desde el periódico El Siglo, de clarísimo matiz conservador, se hizo una colecta para conseguir los fondos destinados a la elaboración de la estatua del general Ospina, héroe de la guerra de los Mil Días y modernizador del Estado durante su mandato.

Siguiendo el espíritu sectario de la época, el encargo correspondía a una misión conservadora mientras que, en el caso de Enrique Olaya, se indicó que era un homenaje al primer presidente liberal en 50 años, las dos empresas eran partidarias.

Ambos homenajes, aunque más el de Olaya, contaron con asistencias numerosas, pero no dejó de notarse el nosotros y ellos, la ominosa grieta que separó a las castas en el momento de visitar su tumba en el Cementerio Central y el personal militar que mantuvo a raya a los mirones, para que no irrumpieran en el acto religioso que dio inicio a la procesión en honor del mártir de la patria.

El Gobierno y el Partido Liberal permitieron y promovieron la presencia de representantes de los barrios que superaba en número a los que venían de familias distinguidas, pero el rol de los actores estuvo bien delimitado y el papel de la gente corriente siguió ampliamente subordinado, hasta el punto de permanecer siempre mudo, estéril.

En cuanto a Carlos Restrepo, su monumento, un minúsculo busto, fue instalado destacando su importante papel en la dirección de la Unión Republicana, coalición de conservadores y liberales después del régimen de Rafael Reyes. De esta forma, obtuvo cierto consentimiento colectivo, al menos al nivel de la élite y siendo casi el único capaz de entenderse con ambos partidos, se recordó su aporte a la construcción de una relativa concordia.

Su legado seguía en el aire, los partidos ya no eran enemigos a muerte, sus dirigentes habían empezado a tolerarse y lentamente se amangualaban a costa de otros —los socialistas y cualquier otra iniciativa política distinta—.

Todavía hacía falta una última matazón, por los viejos tiempos, pero procuraban no ensuciarse las manos, estaban en vías de adoptar las formas y usos de los más acendrados gobiernos civiles, su mascarada estaba lista, fingirían ser dos cuando eran casi uno.

La estatua de Olaya fue trasladada después de unos años al Parque Nacional, donde hoy se mantiene y hay una copia en el barrio del mismo nombre, al sur de la ciudad; la de Restrepo aparece en la carrera 13 con calle 42; la de Ospina se encuentra en el parquecito frente a la Universidad Cooperativa, en la calle 45, se la puede observar desde TransMilenio.

Si en los años 40 seguía vigente la visión de país y luego, de cuidad, que buscaba universalizar la identidad a través de acciones como el emplazamiento de esculturas, con el pasar del tiempo, esta concepción declinó, a medida que se volvió evidente que no conseguía su propósito y, sin embargo, se siguió apelando a la estatua como elemento que permite la memoria, pero ahora desde otros sectores.

Al final de la década de los 70, la comunidad del barrio 20 de Julio lloró el inesperado deceso de Pedro León Trabucchi pero, ¿quién diablos fue ese personaje?

Trabucchi fue un sacerdote que realizó labores sociales en el barrio mencionado. Después de su muerte, la Junta de Acción Comunal promovió un homenaje colectivo y la escultura de un busto en su honor, al año siguiente, este fue emplazado en la calle 19 con carrera 33 e incluso se dio su nombre a la vía.

Los vecinos lo habían conseguido, el rostro del señor Trabucchi adornaría una calle no tan secundaria y generaría la pregunta por su obra a los transeúntes, cuando estos repararan en su opaca figura.

Ajenos a las clases pudientes, habían logrado que su petición fuera escuchada y a través de su labor se adjudicaron un trocito de ciudad para preservar su entrañable memoria.

Pero sus cálculos fallaron, la estatua poco contribuye a la difusión de su obra sí aparece como elemento que universaliza un espacio determinado, de acuerdo con intereses particulares, en este caso no los de la crème como antes, pero sí los de algunos miembros de la comunidad del barrio 20 de Julio.

El monumento, generalmente hablando, tiene en sí mismo un vaho expropiador y privado, se reviste de moralina y pretende ejemplificar con base en personajes o contextos supuestamente más nobles, virtuosos o arrojados. En el caso de Ospina y Olaya, el partido; para Restrepo, la patria; en el caso de Trabucchi, la comunidad.

Si la ciudad es heterogénea y se compone de infinidad de comunidades, cada una con sus propios vivires, sentires, prioridades e historias, resulta un tris vano construir un relato sobre la ciudad a través de tales figurines de metal o mármol.

Sin embargo, el ejercicio es necesario para abordar tal sinsentido, dejando patente la importancia de la lógica del prócer en nuestro pasado, con la consiguiente exclusión de la mayoría de las personas y el posicionamiento de ciertos tipos de conducta, reivindicados socialmente por su pretendido carácter iluminado.

Todavía hoy vemos los rastros callados de los reyezuelos que en su día dominaron el horizonte, pero al revisarnos, descubriremos que la mayoría de nosotros no se acerca al modelo de persona por ellos defendido: diferimos. Su modelo se encuentra tan caduco como la instalación de estatuas.

Se percibe también la apropiación de su lógica por las clases populares y hoy la vemos en la composición de murales o grafittis, muchos de ellos autorreferentes y, algunas veces, en connivencia con políticas distritales, sin embargo, ahora el espectro es más incluyente, aunque no abandona su carácter prescriptivo.

La identidad en la ciudad del no ser, se sigue construyendo desde lugares de privilegio, pero hoy sí es colcha de retazos.

 

 

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Andrés Santiago Bonilla
Politólogo de la UN. Énfasis en política internacional, Medio Oriente y Asia Pacífico. Amante de la escritura, lector voraz. Analista político.