Los camaradas violentos con las mujeres sabotean las luchas anticapitalistas

El patriarcado no sobrevive sin el capitalismo y a este, le beneficia mantener y agudizar las violencias y opresiones contra las mujeres para seguir acumulando el capital y dejando a los medios de producción en manos de los hombres.

Infórmate - Género

2021-11-26

Los camaradas violentos con las mujeres sabotean las luchas anticapitalistas

«Si me matan, sacaré los brazos de la tumba y seré más fuerte».
(Hermanas Mirabal).

Autora:

Luciana Avendaño

 

El 25 de noviembre de cada año, se conmemora el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer; una fecha que nos exige recordar a María Teresa, Minerva y Patria Mirabal. Hermanas que jugaron un papel importante en la defensa de los derechos humanos y en el intento por reestablecer la democracia en la República Dominicana, bajo la dictadura militar de Rafael Trujillo.

Conocidas como las «Mariposas» —al ser el nombre usado por Minerva en las relaciones políticas—, pertenecían, junto a sus esposos, al Movimiento Revolucionario 14 de Junio, ejerciendo oposición al régimen de Trujillo. Y como es de imaginar, en toda dictadura, el disenso no está permitido y menos, si eres mujer.

Esto no le agradó al opresor e inició una persecución política en contra de ellas, no sin antes, tratar de ejercer control sobre sus cuerpos, como mecanismo de conquista territorial; hay «rumores» de que a Rafael le gustaba Minerva e intentó cortejarla en un baile, pero ella se negó con un «No me gusta tu régimen político, ni me gustas tú».

A esta «humillación», se sumó el descontento por la creciente popularidad de las hermanas y la influencia que ejercían sobre las clases populares; se les envió presas por razones políticas. Sin embargo, su tiempo en la cárcel no fue mucho. El mismo Trujillo mandó a liberarlas, con el fin de tenderles una trampa: cambiar a sus esposos a una cárcel nueva para obligarlas a desplazarse en auto hasta allá y así, fingir un accidente y justificar sus muertes.

Efectivamente, el plan funcionó. El 25 de noviembre de 1960, ellas, junto a su chófer Rufino de la Cruz, fueron asesinadas, violadas y torturadas para después ingresarles al carro y botarles por un barranco. Esto enfureció al pueblo; la orden de asesinarlas, era un secreto a voces.

Pero no fue sino hasta el Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, celebrado en Bogotá en 1981 cuando se escogió esta fecha para ser conmemorada; posteriormente, la Asamblea General de las Naciones Unidas, ratificó la fecha en su Resolución 54/134 el 17 de diciembre de 1999.

Machos en función de sus privilegios

Ahora bien, lo padecido por ellas, representa la situación de muchas mujeres dentro de los espacios que frecuentamos, sobre todo, cuando ejercemos actividad política y nos reconocemos como el acero vivo de la revolución, una donde sea posible despatriarcalizar el poder, la educación, los saberes, los vínculos, la política y la vida; reivindicando a las epistemologías de los sures globales, periféricos y antihegemónicos; entendiendo que si bien, el vivir conlleva un accionar político no siempre coherente, implica a su vez, un proceso de deconstrucción de nunca acabar.

¿Cuántas hemos sido violentadas sin siquiera saber que estaban ejerciendo violencia sobre nosotras? Ya sea a nivel físico, psicológico, financiero y político; es una realidad vergonzosa, tan naturalizada, incluso por quienes militan con nosotras, hombro o hombro en las organizaciones y colectivos con ideales «progresistas».

He visto a machos escalar la pirámide institucional, mientras nos condenan por escrachar a sus «compas» agresores, sin ninguna repercusión en su contra, tildándonos de desviadas ideológicas, medievales y libertarias mientras instrumentalizan los procesos colectivos y a poblaciones minorizadas con fines electorales, manejando discursos que son incoherentes a su accionar y que sostienen el pacto patriarcal entre hombres. Ante la negativa de sancionarles, muchas preferimos abandonar los espacios que consagraban a la ‘acción colectiva’ como el pilar de la revolución.

¿Cuántas Minervas invisibilizadas y agredidas han sufrido las consecuencias por aprender a decir «NO»? ¿Cuántos Rafaeles «impolutos»? Muchos vociferan y se creen el Ché, pero en la casa son Pinochet.

Ya lo decía Silvia Federici, feminista marxista italo-estadounidense durante la conferencia internacional sobre marxismo-feminismo de este año: «Los camaradas que son violentos con las mujeres, sabotean las luchas anticapitalistas. No pueden llamarse camaradas».

Y las sabotean porque todo intento por obstaculizar la feminización de la política sin importar el espacio de representación o por hacer una lectura misógina sobre nuestros cuerpos, feminizándoles con ánimos de controlarnos como lo hace el Estado a diario y el sistema económico que necesita de nosotras para mantener la fuerza de trabajo, provocan un retroceso en materias de derechos, sobre todo, cuando la participación política y nuestra influencia en la vida pública es indispensable para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible antes de 2030.

Tristemente, parece ser algo utópico. Por ejemplo, según cálculos de ONU Mujeres, solo 10 países cuentan con una mujer a cargo de la jefatura de Estado y 13 jefas de gobierno en contraste a los 119 países que no han sido dirigidos por mujeres, entre esos, Colombia. Para nuestro país, en el que las mujeres somos el 52 % de la población, el porcentaje de representación política es muy bajo: solo el 19,7 % son congresistas, el 17 % están en asambleas departamentales, 18 % en concejos municipales, 15 % en gobernaciones y el más bajo de todos: 12 % en alcaldías.

Es necesario llegar a esos espacios. Feminizar la política no se trata nada más de llenar escaños, ya estamos cansadas de las mujeres que llegan a los espacios de toma de decisiones simplemente a legislar en favor de su clase política y social, sosteniendo al patriarcado con discursos misóginos, clasistas y racistas; mujeres privilegiadas que les permiten al Estado y a la religión, tener control sobre nuestros cuerpos, reproduciendo una colonialidad del poder, que se niega a abrir espacios seguros para quienes hemos sido minorizadas

Es hora de un cambio, de legislar para nosotras, para las menos privilegiadas y marginadas del sistema. ¿Por qué? Sencillo, NOS SIGUEN MATANDO. Según el Sistema Red de Desaparecidos del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses entre 2015 y 2019, 5013 mujeres fueron asesinadas violentamente, es decir, 2,7 mujeres por día y de lo que va del 2021, los casos han aumentado cerca del 30 %. El desempleo y la pandemia ha dejado desamparadas a muchas.

Gran parte de los agresores han sido cercanos a su entorno social y familiar, siendo las mujeres jóvenes, en condición de migrantes (venezolanas), sexualmente diversas o pertenecientes a grupos étnicos, las más vulnerables. Asimismo, un informe reciente de la Misión de Observación Electoral, registró durante el primer semestre del año, la violencia a lideresas políticas y comunales, exponiendo un crecimiento de cerca del 15,7 % con respecto al 2020.

Lo grave es que no hay garantías de que los feminicidios (525 a octubre del 2021) y todo tipo de agresiones, no queden en la impunidad. Especialmente cuando el aparato de justicia es tan lento y pareciera prestarle más atención, solo a casos donde ha habido penetración y muerte.

Finalmente, ¿qué nos queda a nosotras? Asumir nuestro rol como sujetas políticas, de lo contrario, será la política la que nos atravesará, como siempre, hasta el ámbito más privado de nuestras vidas. Porque lo personal es político.

Adenda. Causa Justa viene dando la lucha por despenalizar el aborto en Colombia, al igual que Estamos Listas en su búsqueda por llegar al congreso, andan recogiendo firmas. Apoyémoslas. La penalización del aborto también es violencia en contra de la mujer y sabotea las luchas anticapitalistas.

 

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Luciana Avendaño
Comunicadora Social y Periodista. Universidad Surcolombiana. Diplomada en Sociología Política. Apasionada por la Historia. ''Los grandes periodistas logran, a través de las palabras, ponerle un espejo enfrente a una sociedad que no le gusta verse a sí misma. [...] Hay que tener cuidado con lo que se pregunta, piensa y escribe; es una labor de alta cirugía conceptual y periodística donde la pluma debe tener la precisión de un bisturí.''