La vida de dos colombianos en Alemania contagiados por la COVID-19

Una de las razones por las que nos contagiamos fue por la inconsciencia de algunas personas y la falta de solidaridad al no evitar el contacto físico en todo momento.

- Salud

2020-04-14

La vida de dos colombianos en Alemania contagiados por la COVID-19

Columnista: 

Ed Ladino

 

La primera bocanada de aire fue como volver a nacer, la garganta seca, los labios cuarteados, la nariz tapada y la taquicardia, todos a la vez. Acababa de despertarme abruptamente después de un corto sueño reparador, llevaba horas con temperatura alta; la noche anterior me había dolido la garganta, pero como me había fumado un porro asocié ese dolor a las consecuencias de mi vicio.  

—Antes, cuando tenía 8 años, mi padre me había arrojado por un tobogán de un balneario de pueblo en el que me entró tanta agua a los pulmones que quedé inconsciente. Desde ese día le cogí pánico a los parques acuáticos y, mucho más, a la posibilidad de morirme ahogado—. Miré desconcertado mi celular, no había dormido más de 10 minutos, las fosas nasales estaban tapadas; aunque hurgué en busca de flema, no encontré rastro alguno, la única forma en que podía respirar era por mi boca.   

Con la paranoia a flor de piel y, los síntomas exacerbados, me puse en la tarea de zapeo de videos donde hablaban de los síntomas que habían tenido otras personas alrededor del mundo antes de ser diagnosticadas positivas para la COVID-19, entre información verídica, otra no tan real y otra muy alarmista y, hasta conspirativa, me fui a dormir después de tomarme una taza de limonada caliente con jengibre, miel y bicarbonato.  

A la mañana siguiente, con tapabocas, guantes y cubierto hasta la médula, me dirigí a solucionar algunas actividades burocráticas que mi situación de refugiado requiere. Al llegar a la Alcaldía me pusieron más protección, cambié mi tapabocas y guantes por unos que me dieron ahí y, con la distancia de dos metros requerida, culminé mis labores; después de tomarme la temperatura, me dirigí a la farmacia más cercana por un paracetamol para controlar la fiebre, esto, por sugerencia del personal de salud que se encontraba en dichas oficinas. 

 

Varios días con molestias 

Yo estaba acostumbrado a recorrer esta misma ruta diariamente, pues la Alcaldía queda al lado del instituto de idiomas donde actualmente sigo mis estudios de alemán, sin embargo, al llegar a casa, me sentí como si acabara de correr una maratón. Dormí toda la tarde. Me levanté, comí, hablé con mis familiares y les fui alertando de que me sentía mal y que esto venía de hace varios días, ellos con ese fervor típico de los padres colombianos, me encomendaron a la Virgen y a la sangre de cuanto santo conocían; de nuevo me dispuse a dormir, pero fue ahí “cuando Cristo empezó a padecer”. 

Uno de los peores recuerdos de mis enfermedades infantiles es, quizás, el que asocio a las fiebres más altas que he tenido, en ese sueño yo era perseguido por una enorme roca redonda, al mejor estilo de Indiana Jones, finalmente, siempre terminaba aplastándome, yo despertaba y estaba ardiendo en fiebre. Exactamente así pasé toda la noche, el mismo sueño, pocas horas de descanso y al despertar bañado en sudor, como si estuviera metido en una sauna. Para mi desgracia, este cuadro febril podría ser el precursor de algo mucho peor; como paciente de epilepsia no es recomendable que se deje cursar una fiebre, pues esto me hace más propenso a convulsiones tonicoclónicas fuertes y a cuadros severos de ahogamiento, no todos los pacientes epilépticos pasan por esto, pero en mi caso es así como se manifiestan los ataques.

Angustiado y afiebrado me tomé un paracetamol casi a las 6 de la mañana y, así, pude descansar. Ese mismo día empezaron los síntomas de mi esposo, se me había hecho raro que no hubiera presentado nada antes, por eso tal vez le restamos importancia a la sintomatología. Lo primero fue la garganta también, pero igual lo asociamos al vicio y no al virus. Muy a las tres de la tarde, él se fue a trabajar y, yo convaleciente, me encerré entre la cantidad de noticias, los síntomas y amigos preocupados; sabíamos que había personas enfermas en nuestro trabajo, hasta el momento eran 18 los positivos, sin embargo, como buenos colombianos, pensamos que eso le pasaba era a otros, no a nosotros. 

 

Negando lo innegable 

No había pasado media jornada cuando tenía a Pipe en la línea diciéndome que se ahogaba, que estaba muy agotado, que le costaba realizar sus labores normales; no obstante, como nuestro trabajo se trata de esfuerzo físico y llevábamos varios meses sin hacer mucho más que estudiar, otra vez decidimos esperar, creo yo que entre el miedo por aceptar la realidad que traería consigo tener el virus, la cantidad de información fatalista que habíamos consumido desde que supimos del coronavirus en diciembre y, la reciente muerte de la hermana de una amiga en Madrid, España, víctima mortal de la COVID-19, se nos hacía más fácil seguir negando lo innegable. Pipe regresó a media noche, agotado, ardiendo en fiebre y con mucha tos. 

Ya había hecho yo algunas diligencias anteriores para que nos revisaran, pues aunque fuese una simple gripa, no era recomendable que asistiéramos a laborar, menos si los dos presentábamos síntomas similares, así que esperamos pacientemente a que el domingo transcurriera y, al lunes siguiente, llamamos insistentemente al número que el Bundesministerium für Gesundheit había dispuesto para el tema de la COVID-19 en la República Federal de Alemania. Si bien no existía una razón “plausible” para creer que estábamos contagiados, la sintomatología similar que presentábamos los dos y, el antecedente de nuestro lugar de trabajo, despertaron el interés de los médicos y enfermeros que pacientemente atendieron mis llamadas, las 16 que hice ese día. Nos programaron para el martes a las 8:00 a.m., habíamos conseguido la prueba; debíamos dirigirnos al parqueadero del hospital general de la localidad de Winsen en el estado federado de Baja Sajonia, al norte del país bávaro, allí sabríamos si nuestras sospechas eran ciertas o no.  

El primero en testearse fui yo, después de hacer una corta fila, a dos metros de distancia de otras personas que estaban en mi misma situación, ingresé a un contenedor adaptado para la toma de muestras; el médico, que hablaba en perfecto inglés, me preguntó por mi estado general, él estaba cubierto de arriba abajo, como en el sueño más húmedo de los fanáticos de las conspiraciones y el imaginario pandémico que Hollywood nos ha vendido. Tenía un traje blanco que lo cubría de cabeza a pies. En las extremidades se cerraba de manera hermética, dando paso a los guantes y los protectores de los zapatos, además, llevaba un tapabocas, unas gafas protectoras y una máscara sobre su rostro; me sonrió, lo supe por como se movió el tapabocas. Posteriormente, me pidió abrir la boca, ingresó un largo hisopo en mi garganta que me produjo unas pequeñas arcadas y, luego, con gran meticulosidad, lo dispuso dentro de una probeta que llevaba mi nombre, y se lo entregó a través de una barrera de contención a una señorita que estaba igual de cubierta y era quien se encargaba del almacenamiento de las muestras; me entregó un papel informándome los cuidados para la cuarentena voluntaria, me dijo que debía esperar los resultados aproximadamente en 5 días, me deseó suerte y me despachó.  

Quisiera contarles cómo fue de epifánico el camino a casa, que me pasó la vida por delante o que sentí cómo desde el cielo me hablaba Dios, pero eso es romantizar mucho la sensación de ansiedad que te deja el pensar que puedes tener un virus que está matando a miles de personas alrededor del mundo, creo y, es mi opinión personal, que es un error muy grande, sobre todo en sociedades tan camanduleras como las latinoamericanas, darle ese poder en un momento tan grave a los imaginarios religiosos con los que, estoy seguro, crecieron todos los que leen esto. 

La verdad, mi pensamiento en todo momento estaba más enfocado en no perder el poco aliento que tenía, que el lugar de la prueba se ubicaba a dos kilómetros de mi casa y con el tapabocas puesto, el calor del comienzo de la primavera y la necesidad de llegar a tiempo para decirle a Pipe que había entendido mal al funcionario al haber confundido el Fünfzehn (15) con Fünfzig (50) y, que solo tenía 10 minutos más o menos para llegar y no perder el turno, era más que suficiente, quizás, después tendría tiempo para pensar si, como me habían dicho unas tías, el no estar tan cerca de Dios, me había enfermado. 

Después de regresar a casa y alertar a Pipe, me quedé dormido, estaba tan agotado que ni siquiera sentí cuando él regresó y a mi lado también se despachó un motoso. Despertamos casi a la media noche, para nosotros ya era miércoles; en Colombia aún era martes y nuestras redes sociales estaban inundadas de las reacciones a la reciente propuesta del presidente Duque sobre la continuidad del aislamiento preventivo, al menos una buena noticia, aunque era algo más que lógico, con las cifras atrasadas y, aún sin máquinas para procesar pruebas, hubiera sido más catastrófico que el hecho de no haber cerrado los aeropuertos a tiempo. Entre la fiebre y la ansiedad logramos conciliar el sueño, después de darles parte de tranquilidad a nuestros familiares; algunos lloraron, otros oraron, algunos otros sintieron rabia, pues sabían que nuestro compromiso con el tema había sido muy grande, no solo porque el miedo natural a la muerte y las ganas de sobrevivir a esta pandemia nos habían vuelto casi paranoicos, sino también porque ellos habían sido víctimas de nuestras charlas eternas sobre la prevención. 

 

El fin de las sospechas

El miércoles 8 de abril a las 10:00 a.m. recibimos una primera llamada. En ella una mujer en nombre del Gesundheitamt, algo así como la secretaría municipal de salud, intentó comunicarse con nosotros para explicarnos algo, pero ante su poco inglés y, nuestro alemán enclenque, ofreció que un compañero que hablara español se comunicaría de nuevo, pero no fue necesario, pues al parecer, en nuestro trabajo ya se habían notificado los resultados y, finalmente, nos confirmaron algo que llevábamos días pensando, éramos positivos para COVID-19. El silencio sepulcral de la funcionaria de recursos humanos fue más tétrico que el mismo resultado. Ella, como si de una sentencia de muerte se tratara, nos informó que este había sido positivo y que debíamos permanecer aislados en casa, de manera obligatoria, hasta el 22 de abril; curioso que sea justo ese día, pues es el cumpleaños de Pipe. Ella, como esperando a que nos soltáramos en llanto, nos dio unos segundos para que asimiláramos la noticia, lo único que nosotros hicimos fue vernos fijamente, ya que entre nuestras charlas diarias habíamos deducido que si no era COVID-19 tendríamos alguna otra cosa complicada, pues desde que llegamos a Alemania e iniciamos el proceso de refugiados, ambos habíamos sido vacunados contra distintos tipos de influenza y en casi 11 meses de haber estado en distintos campos a lo largo y ancho de Baja Sajonia, no nos había dado ni una sola gripa, y eso que los virus en esos lugares pululan como las plantas en primavera.  

El mensaje era claro, éramos positivos, no podíamos salir de casa ni siquiera por el correo, ni a botar basura y, tampoco, al supermercado; menos mal nuestros años adolescentes viendo “Doomsday Preppers” en Natgeo, nos habían hecho expertos en comprar comida para el fin del mundo. Teníamos enlatados, verduras, frutas, cajas de leche, litros de agua y jugos, dulces y hasta dos botellas de vino. Si salíamos de casa podíamos recibir una multa, no es como que hiciera falta la aclaración, pero es importante, pues creo que una de las razones por las que nos contagiamos fue precisamente por la inconsciencia de algunas personas y la falta de solidaridad al no evitar el contacto físico en todo momento.

En nuestro trabajo, desde que nos montábamos al bus de la empresa, a la hora del ingreso había reglas estrictas tales como: no más de 20 personas por bus, la toma de temperatura al ingreso del recinto, la distancia de dos metros tanto en espacios de trabajo como en la cantina (restaurante), nos daban guantes, tapabocas, había unas personas desinfectando los puestos de trabajo varias veces durante el turno, esas mismas personas revisaban que se mantuviera la distancia entre los funcionarios, los llamaron “embajadores de distancia”, se diferenciaban con un chaleco naranja y porque llevaban unos carritos con alcohol, tapabocas, gel antibacterial, papel para limpiar, mejor dicho, tenían todas las armas para luchar contra ese bicho. Aun así, aquí estamos, positivos; vale la pena recalcar que yo solo trabajé durante 4 días antes de presentar síntomas, que no conocía a nadie, que no tenía amigos ni conocidos positivos, que el contacto más cercano con alguien había sido con mi supervisor el último día, que fui cuando me pidió que amablemente me tomara cuatro días de vacaciones, pero eso no le importa al virus, creo que bastaría con que alguien estornudara para que este quedara en el aire acondicionado, o quizás, cuando salíamos de turno y a los compañeros se les olvidaban las reglas, pues se abrazaban, se sentaban cerca y hasta se burlaban de quienes como yo usábamos tapabocas en el bus.

Este comportamiento poco solidario, ignorante e irresponsable, llegó a oídos de la compañía gracias a la empresa “Metronom”, que es como el tren regional del área metropolitana de Hamburgo, y por parte de las autoridades policiales, quienes habían reportado que varios empleados no cumplían estas reglas del aislamiento inteligente propuesto desde el Gobierno de Angela Merkel. 

La respuesta de nuestro empleador fue que no se iba a tolerar que los empleados hicieran esto y que las sanciones por parte de la empresa podían ser mucho más graves si esto continuaba, pues evidentemente los intereses económicos se verían afectados al seguir siendo reportados por las autoridades. Hasta allí supimos pues, como ya estamos en casa, no tenemos mucha información de cómo va la cosa por allá. 

 

En medio del reposo

La lucha diaria con el virus, siento yo, es muy personal y diferente en cada individuo. Por mi parte, al hablar con mi familia y amigos me reconforto, trato de mantener mi actitud positiva; si bien no somos una población de riesgo como tal y hasta ahora no hemos tenido una gran afectación más allá del constante cansancio físico y la falta de apetito, en mi caso cortesía de la anosmia y ageusia, que me hicieron hasta el día de hoy perder unos cuantos kilos. El miedo de que en cualquier momento el virus se enloquezca y nos lleve a una UCI sigue estando ahí. No hemos tenido ninguna medicación ni tratamiento especial, todo ha sido reposo, descansar y, por supuesto, el constante apoyo emocional de quienes se han preocupado por nuestro bienestar; por ahora, seguimos recibiendo llamadas de las entidades de salud que deben monitorear nuestro estado. Todos los días buscan una actualización de los síntomas y nos reiteran el compromiso de estas instituciones con la recuperación. Es asombroso cómo hasta ofrecen a quienes somos positivos para COVID-19, la opción de comprar nuestros víveres y hasta enviar el correo que necesitemos durante esta época de cuarentena y, eso que nosotros no somos ciudadanos, he ahí la grandeza del pueblo alemán y su éxito para manejar la crisis.   

La invitación queda abierta a quienes como nosotros piensen que este virus se combate con la solidaridad y no solo aplaudiendo al médico o quedándose en casa, sino entendiendo que el compromiso con las medidas de prevención es la mejor herramienta de contención del virus, eventualmente todos nos vamos a enfermar o, al menos, la mayoría, el problema es que los enfermos sean en masa y el sistema de salud colapse; créanme que no queremos que en un sistema de salud tan precario y desangrado como el colombiano sean las EPS las que decidan a quién darle una cama o un respirador. ¡Mucha salud y solidaridad para todos! 

 

( 2 ) Comentarios

  1. Replyleopoldo rodriguez arenas

    Excelente articulo, que gran experencia y que modo de relatarlo, sin ningun sesgo de engaño, de un ser humano que ama a sus hermanos, despojemonos del miedo y la ansiedad, no dejesmos que el terror quebrante nuestras defensas, seamos solidarios y amemos a nuestro projimo.

  2. Muy desafortunada situación. Espero sinceramente que salgan pronto y muy bien de ella. No dudo que las cosas irán bien para ustedes, por su actitud respetuosa hacia las normas y hacia la sociedad. Finalmente debo decirle que es un placer leerlo. Por eso espero seguir leyendo sus próximos reportes. Ojalá los envie. ❤️

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Ed Ladino
Periodista - Creador de Contenido - Productor Actualmente exiliado en Alemania.