La muerte ha llegado a su fin

Como los muertos ya no caben en el cementerio, este alcalde costeño busca prohibir, vía decreto, que la gente se muera.

Opina - Política

2020-01-27

La muerte ha llegado a su fin

Columnista: Rafael Medellín Pernett

 

El municipio de Baranoa, en el Atlántico, está valientemente enfrentando un grave problema ontológico: la muerte. Las preocupaciones sobre este profundo tema, motivo de disputas religiosas y filosóficas milenarias, que ha tenido altas cúspides en la historia de la humanidad, como la crucifixión de Jesucristo o el envenenamiento de Romeo, y que ha parecido no tener solución alguna, han llegado a su fin.

Gracias al Alcalde del mencionado poblado que decidió aparecer con un instrumento del Derecho que le pondrá punto final a la infinita angustia e incertidumbre que tenemos todos los hombres: el morirnos.  

Semejante idea tan innovadora sólo podía haber salido de una mente costeña, caracterizadas siempre por su espíritu desafiante. Un simple Alcalde, elegido popularmente en las pasadas elecciones, con enorme sed de heroísmo ha querido enfrentarse en un set de boxeo al tenebroso personaje de capa con capucha negra y filosa guadaña para derribarlo de un solo golpe y así evitar el trágico destino: que los habitantes de Baranoa y del mundo pasen al más allá.

Ninguna figura política en la historia de Colombia había demostrado tanto interés en mantener a sus electores vivos de manera indefinida, por el contrario, hemos tenido, más bien, algunos demócratas que se las han arreglado bastante bien para matar a todos los que pudieran.

Pero como Colombia es una tierra muy peculiar, era necesaria de muy cierta manera una reivindicación, y había que otorgarles a los ciudadanos el derecho a la vida que, en otras épocas, en otros lugares y en otras circunstancias se les había arrebatado sin consecuencia alguna.  

Todo comenzó en el Cementerio Municipal de Baranoa, en donde cuál cárcel colombiana, se empezó a evidenciar el fenómeno del hacinamiento, lo que sirvió para darnos cuenta de que los muertos y los presos comparten circunstancias parecidas.

Si bien pudo haber sido más prudente por parte del Alcalde concentrarse en proponer una ayuda para los ciudadanos vivos, a este le pareció acertado ocuparse en primera instancia de los muertos, después de todo, pasamos más tiempo muertos que vivos. El hecho de que los cadáveres putrefactos ocuparan por metro cuadrado un porcentaje superior al permitido por la autoridad competente despertó la indignación de las familias dolientes quienes reclamaban una solución inmediata, porque obviamente, no es posible, ni en el más desafortunado de los escenarios, que los muertos vivan en hacinamiento. 

El visionario Alcalde piensa solucionar varios inconvenientes “de un solo tiro” emitiendo un decreto que prohíbe a los ciudadanos morirse. Por obvias razones nos han surgido varias dudas al respecto, pero la más importante es la siguiente: si alguien osa traspasar las altas barreras de la ley (como es claro ya ha pasado), dejándose seducir por la interesante idea del suicidio, o sucumbiendo ante la desafortunada enfermedad terminal, ¿pasará a aumentar las altas cifras de hacinamiento del Cementerio Municipal de Baranoa o irá a parar alguna cárcel en Barranquilla a incrementar el enorme problema de hacinamiento carcelario del país?

Lo cierto es que el tema es muy serio en todos los sentidos. Al Cementerio Municipal de Baranoa no le cabe un alma y ahora los ciudadanos están teniendo pensamientos más confusos que antes, puesto que no se sabe que es peor, si estar vivo, muerto o preso.

Todos estamos a la espera de que el Alcalde se pronuncie al respecto y decida socializar este decreto con alguna comisión de profesionales públicos y se evite que la idea tome un contraste internacional y llegue a oídos de un gobernador de alguna provincia China, porque qué podemos esperar si la gigantesca República Asiática decide prohibirles la muerte a sus más de mil millones de habitantes.

 

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Rafael Medellín Pernett
Inquisidor.