Héctor Abad Gómez, pedagogo

Opina - Educación

2017-08-25

Héctor Abad Gómez, pedagogo

Héctor Abad Gómez no le dio la espalda a la pedagogía ni la traicionó, pues para hacerlo tenía que haber traicionado a sus estudiantes y a los cientos de personas que representó, mejor se entregó con vehemencia y convicción a quienes sabía que les faltaba la voz porque les había sido robada o anulada.

En un país en el que se borraba (aún se hace) sin conmiseración alguna a quien se atreviera a defender a los oprimidos, él se convirtió, con sensibilidad e indignación pura, en la voz de los sin voz. El pedagogo, aunque puede advertir el fracaso, camina sobre su finísimo hilo para demostrar que la esperanza no es retórica sino una posibilidad latente. A las comunidades desposeídas les hacen creer que el fracaso (léase hambre, pobreza, enfermedad, analfabetismo)  es un asunto propio, ganado, legítimo, eterno; entonces hace falta quien rompa con esa creencia instalada para darle un empujón a esas vidas. Héctor Abad Gómez, pedagogo, sabía que podía proveer de esperanza a muchas personas, a sabiendas de lo que implicaba, y así lo hizo.

Algunos tecnócratas consideran que a los educadores no les corresponde más que enseñar unos conocimientos disciplinares para que se incorporen con -más o menos éxito- al mercado laboral; otros, consideran que nada hay por hacer, y desde una posición amañada, hablan de la imposibilidad de la transformación de sujetos y contextos por lo que la enseñanza debe estar configurada para la sumisión y acomodación histórico-social.  En ambos casos no hay un impulso libertario, es decir, el educador enseña exclusivamente para el trabajo o enseña para la esclavitud. Tal cual.

Ahora, Héctor Abad Gómez, desde sus actuaciones, no se acogía a estas versiones reduccionistas y paralizantes, sino que, desde su sensibilidad política y pedagógica, reconocía que un proyecto educativo y social debía enseñar para que la vida fuera vida, con todo y lo que ella implica, movilizada por unos principios en los que las personas se sintieran eso, personas, y no maquinas o entes; y para que esas mismas personas vieran en las otras, también lo mismo.

Por eso -como bien lo cuenta su hijo en El olvido que seremos- visitaba con sus estudiantes las comunidades más pobres de Medellín para poner su conocimiento al servicio de esas vidas y para enseñarles a sus estudiantes, con lucidez y humildad,  que las técnicas están sujetas a los principios, y la profesión, al servicio de las comunidades. No al contrario.

Por eso convocaba a los líderes del barrio, hablaba con las mujeres y los niños, los medía y los pesaba, daba charlas preventivas, enseñaba, alentaba, preguntaba, apuntaba (con lápiz, no con las armas), cuestionaba, denunciaba. Seguramente sufría, le dolían las personas, pero también se alegraba cuando había hecho algo por un desconocido que sentía como propio y del que el Estado apenas sabía que había nacido.

Héctor Abad Gómez, pedagogo, hacía de su enseñanza una posibilidad transformadora. Es decir, apelaba a una pedagogía en la que escuchar atentamente a las personas valía la pena, una pedagogía que valoraba la palabra de los desposeídos para comprender y transformar la sociedad.

Esa forma de entender la educación y de ser maestro era señalada por aquellos que no validaban los saberes de las gentes, por aquellos miopes y desentendidos que encontraban en la repetición de la retahíla académica una condición indispensable para acceder al saber, y por una manía, aún persistente, en entender el fracaso de los estudiantes y de una parte de la sociedad -en condiciones de vulnerabilidad- como camino a la redención.

Héctor Abad Gómez reconocía que una verdadera pedagogía debía estar al servicio de los otros, y eso implicaba el compromiso de su propia vida con la de los demás. No hay pedagogía sin compromiso. No puede haber pedagogía si la propia vida no está al servicio de los otros.

En La Marcha de los Claveles Rojos, Héctor Abad Gómez y el colectivo de indignados (que debíamos ser todos) caminaron por las calles para exigir el respeto por las vidas y para visibilizar el dolor de aquellas ya perdidas, pero a la par, educaron a las gentes en la necesariedad ética de actuar en colectivo  y de reclamar lo quitado con vehemencia, pero con el pacifismo del que carecen los verdugos. Un caminar que era denuncia, rabia, impotencia, pero, mucho más que eso, era, de lejos, esperanza. No se camina por la vida sin conceder lugar a la esperanza. No se puede.

El pedagogo lo sabe, por eso cuando ingresa a un salón de clases, a una cancha, a un escenario comunitario cualquiera, con decenas de personas a su alrededor, tiene la intención de cambiar el mundo. Aunque el fracaso lo salude, y otras fuerzas (institucionales, no legales, propias) traten de doblegarlo, el pedagogo pone al servicio de los otros su saber; y se pone, a sí mismo, como testimonio. Héctor, lo hizo.

Treinta años después de su desaparición física, encuentro en Héctor Abad Gómez uno de los referentes para la educación y para la sociedad misma. Era médico y profesor, su legado a la educación es profundo, su compromiso con las comunidades aunado a la posibilidad de transformación de las mismas constituyen una experiencia viva de  la pedagogía. Héctor Abad Gómez un comprometido con los desposeídos; Héctor Abad Gómez hizo de la indignación, esperanza; Héctor Abad Gómez, una vida para servir; Héctor Abad Gómez, pedagogo.

El argentino Ernesto Sabato  escribió “si el hombre es capaz de las peores atrocidades, también es capaz de alcanzar las cumbres del altruismo”. El asesinato de Héctor Abad Gómez nos recuerda la primera “capacidad” humana, más su vida es una manifestación excelsa de la segunda. ¡Gracias Héctor!

 

( 4 ) Comentarios

  1. ReplyLuis Carlos Muñoz Sarmiento

    Profundo texto el del Magíster Marco Fidel Gómez Londoño, en especial con respecto a la educación y al supuesto enseñar: nadie enseña a nadie, todos aprendemos el uno del otro y viceversa. Pobre aquél profesor que aún insista en creer, desde una posición vertical, la del Poder, que le enseña a alguien. Héctor Abad Gómez jamás tuvo esa nefasta pretensión: entendía la pedagogía como una conversación, la misma en la que se construye un mundo y una sociedad igualitarios, no regidos por la desigualdad connatural a los poderosos. Debo decir que, a diferencia de Sábato que almorzó con Videla y morigeró el informe Nunca más al servicio de la Dictadura argentina, no del Pueblo ni de la ética, Abad Gómez mantuvo siempre en alto la ética, la decencia, la dignidad. Fue una mezcla de Rimbaud (Hay que cambiar la vida) y de Marx (Hay que transformar el mundo) y actuó en consecuencia, sin reparo alguno por el peligro inminente que encarnan los enemigos de la vida. Contra éstos se enfrentó en una batalla desigual de antemano: aunque, eso sí, jamás olvidó su «Manual de tolerancia», para recordarle a unos gobernantes y a unos dirigentes, gobernadores, alcaldes, ex directores de Aerocivil y demás, que el mal mayor de este país, aparte de la corrupción, es la intolerancia, el irrespeto rampante por la diferencia, la bronca ciega hacia la construcción de puentes comunes. Doy gracias a la vida por haber podido conocer, así no fuera en persona, a un ser humano íntegro como el Señor, el Médico, el Pedagogo, Héctor Abad Gómez, un auténtico defensor de los derechos humanos que con su accionar dialéctico nos recordará siempre a Jean Baudrillard: «El verdadero ascenso espiritual del hombre está en el retorno al abrazo de las cosas humildes.» Porque, sí, su vida fue un paradigma de humildad, de respeto por la diferencia, de reconocimiento de los demás, de tolerancia y de igualdad, sin olvidar nunca que somos los demás de los demás, en diálogo con el Alberto Cortéz de A mis amigos. A Héctor Abad Gómez lo asesinaron por evidenciar un problema social en Colombia, como ya lo había hecho Gaitán, por mostrar las lacras que nos desangran, por desnudar y revelar, con nombres propios, a los productores de esas lacras, en fin, por recordar que la memoria es el único tribunal incorruptible.

  2. ReplyWalter Ethiel Valoyes

    Que buen artículo profe marcos, sobre el más grande prócer humanista pedagogo arrebatado a la tan ahelada educación incluyente en Colombia. Pero que sigue ardiente en la vos de lxs oprimidxs. Felicitaciones.

  3. Que inspirador! Gracias.

  4. ReplyLuis Carlos Muñoz Sarmiento

    El 25/agosto/1987 fue asesinado en Medellín Héctor Abad Gómez, médico colombiano, escritor (no, ‘ensayista’), luchador por los DD.HH y defensor de los mismos, especialista en salud pública y, por encima de todo, humanista, filántropo, altruista. Egresado de la U. de Antioquia, con Maestría de la U. de Minnesota. Fue también fundador y presidente, hasta caer baleado, del Comité para la Defensa de los DD.HH de Antioquia. Su libro Manual de tolerancia (1988) es un faro en movimiento y ejemplo de pedagogía horizontal, no vertical; una lección no deliberada de conocimiento asociado sin remedio a la bondad; una forma sabia y sin eufemismos de recuperar la memoria de un país acostumbrado a la peste del olvido: una obra magna para poder comprender los procesos sociales, políticos, económicos, de salud y educación, como una forma de acercarse a una mejor interpretación de la historia y de ahí a plantear el problema de la identidad como pueblo. Un hombre, un artista, un científico que sabía que la mejor manera de solucionar los problemas nacionales es tener a unos ciudadanos, niños y niñas, jóvenes, adultos y adultas, con libertad de pensamiento y de expresión y acceso a la educación, a la Salud Pública, al empleo. Todo ello, dentro de una verdadera Justicia Social, entendiendo, claro, que si no es Social no puede ser Justicia, lo que conduce, por derivación, a un país más justo, más equitativo, más proclive a la cooperación que al individualismo tan propio de la s(u)ciedad neoliberal.

    Este es un homenaje a él, antes que a su memoria, a su inobjetable legado, a su trayectoria de hombre público y, antes que todo, a su tremenda y estremecedora condición de humanista, de persona sabia y de hombre bueno, no en sentido maniqueo sino en su más profunda acepción ética, ineludiblemente ligada a la honestidad, a la corrección, a la dignidad: trayectoria que se frustró con su asesinato, impune hasta hoy, cuando era pre-candidato a la Alcaldía de Medellín. Su final, con motivo de la macabra escalada terrorista de los años 80 del siglo XX, responde al precario marco conceptual socio-político de la época signado por la debilidad y el desprestigio de las instituciones políticas, el auge del narcotráfico y del paramilitarismo, las lógicas aunque no siempre acertadas respuestas de la guerrilla, la corrupción a todo nivel, el desgreño administrativo, el exterminio sistemático de la UP, en fin, un panorama bastante desalentador por donde se le mire. Ante lo cual Abad Gómez reclamaba la negligencia y mala fe de los dirigentes políticos y sociales que “viven en ‘otro mundo’, literalmente: en casas lujosas de barrios aislados y bien protegidos, para los cuales ‘todo funciona bien, es eficiente y fácil’, como algunos similares de Manila o Yakarta”, lugares donde trabajaba como funcionario de la OMS. Pues sus radicales y certeros pronunciamientos sobre las condiciones de vida de los marginales, en condición de miseria, le acarrearon la enemistad de colegas, compañeros de facultad y directivas de la época, lo que lo llevó a buscar trabajo en el exterior: así, trabajó en Manila, donde co-creó una escuela de salud pública y en Yakarta, en pleno apogeo de la persecución al fantasma del comunismo. En contraste con aquéllos privilegiados, decía Abad Gómez, “para la gran masa solo hay incomodidades, estrujones, esperas, largas colas, inseguridad y temor, escasez y privaciones. Esta es el Asia tropical y hacia allá vamos, en Colombia y en toda Latinoamérica, si no se hacen las reformas básicas de nuestra estructura social y económica, que traigan un mejor reparto de todo: de la tierra, de los servicios, de la educación, de la seguridad, de los ingresos y del empleo. Espero que tengamos todavía oportunidad para poder hacer todos los cambios radicales que les permitan a nuestros países el no precipitarse, irremediablemente, al estado de ‘imposible retorno’ en que se encuentran ahora algunos países de Asia.” (M. de T.: pp. 118-119)

    Pues déjenme decirles, queridos amigos, aquende y allende las fronteras, y no es un placer decirlo, pero ya estamos, a causa de los políticos, como los que combatieron en su momento a Abad Gómez, en ese obsceno y repugnante estado de “imposible retorno”. Desaparecidas las FARC (o “La Far…”, como dice el Salgareño o Varito), quedó en evidencia, por un lado, que el problema mayor de Colombia, el de la descomposición, la podredumbre y la corrupción, no estaba en ellas; y, por otro, que todos los males de Colombia podrían, y pueden, resolverse a través de la educación de calidad, una eficiente Salud Pública y el adecuado reparto de la riqueza y de los bienes públicos, los que, por arte de ma(f)ia, hoy están en manos de unos pocos, todos corruptos.

    Lo primero que habría que decir con respecto al humanista, al filántropo, al pedagogo, sería lo relativo a la educación y al supuesto enseñar: nadie enseña a nadie, todos aprendemos el uno del otro y viceversa. Pobre aquél profesor que aún insista en creer, desde una posición vertical, la del Poder, que le enseña a alguien. Héctor Abad Gómez jamás tuvo esa nefasta pretensión: entendía la pedagogía como una conversación, la misma en la que se construye un mundo y una sociedad igualitarios, no regidos por la desigualdad connatural a los poderosos. Debo decir que, a diferencia de Sábato que almorzó con Videla y morigeró el informe Nunca más al servicio de la Dictadura argentina, no del Pueblo ni de la ética, Abad Gómez mantuvo siempre en alto la ética, la decencia, la dignidad. Fue una mezcla de Rimbaud (Hay que cambiar la vida) y de Marx (Hay que transformar el mundo) y actuó en consecuencia, sin reparo alguno frente al peligro inminente que encarnan los enemigos de la vida. Contra éstos se enfrentó en una batalla desigual de antemano: aunque, eso sí, jamás olvidó su Manual de tolerancia, para recordarles a gobernantes, dirigentes, gobernadores, alcaldes, ex directores de Aerocivil y demás, que el mal mayor de este país, aparte de la corrupción, es la intolerancia, el irrespeto rampante por la diferencia, la bronca ciega hacia la construcción de puentes comunes. Doy gracias a la vida por haber podido conocer, así no fuera en persona, a un ser humano íntegro como el Señor, el Médico, el Pedagogo, Héctor Abad Gómez, un auténtico defensor de los derechos humanos que con su accionar dialéctico nos recordará siempre a Jean Baudrillard: “El verdadero ascenso espiritual del hombre está en el retorno al abrazo de las cosas humildes.” Porque, sí, su vida fue un paradigma de humildad, de respeto por la diferencia, de reconocimiento de los demás, de tolerancia y de igualdad, sin olvidar nunca que somos los demás de los demás, en diálogo con el Alberto Cortez de Cuando un amigo se va. A Héctor Abad Gómez lo asesinaron por evidenciar un problema social en Colombia, como ya lo había hecho Gaitán, por descubrir las lacras que nos desangran, por desnudar y revelar, con nombres propios, a los productores de esas lacras, en fin, por recordar que la memoria es el único tribunal incorruptible. Para terminar, no puedo reprimir esta pregunta que me asalta desde hace muchos años: ciudadano Álvaro Uribe Vélez, ¿conoce, sabe, tiene usted pormenores del asesinato del Señor Héctor Abad Gómez, ser humano honorable, honesto, digno y Apóstol de los DD.HH? ¿Sabe quién lo mató o, en su defecto, quién mandó a matarlo?

    Un profundo y sentido pésame a los familiares de Héctor Abad Gómez por haber perdido hace 30 años a un hombre, a una persona, a un ser humano, a un artista integral como él. Un abrazo colectivo a mis amigos en Colombia, Brasil, México, Argentina, Ecuador. Y un beso y un abrazo a mis hijos Santiago & Valentina, a Marthica y a María del Rosario, lo mismo que un abrazo más a otro médico ético, Carlos Augusto Giraldo, y a Ángela María Calvo, su querida esposa y hermana de la madre de mis hijos. Por último, el tema La memoria, de León Gieco, para brindar por un recuperador de la misma y por la necesidad de un cambio urgente en las condiciones de vida de los colombianos. Y para la muerte un vade retro: ¡retrocede! o ¡apártate! ¡¡¡Salud!!!

    https://www.youtube.com/watch?v=_bC9mqsGeJQ

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Marco Fidel Gómez Londoño
Profesor e investigador. Integrante Grupo de investigación Prácticas Corporales, Educación, Sociedad- Currículo (PES). Universidad de Antioquia.