Finitud y fragilidad en clave de sostenibilidad

El orden simbólico que estableció y que reproduce el capitalismo está soportado en actitudes y acciones humanas culturalmente legítimas, pero insostenibles o insustentables.

Opina - Sociedad

2019-05-30

Finitud y fragilidad en clave de sostenibilidad

Al escuchar hablar al profesor Enrique Leff [1] del concepto racionalidad ambiental, varios asuntos llegan a mi mente. Y a manera de reflexión, los quiero recoger y dejar en esta columna, como parte de un ejercicio del pensamiento.

Una primera reflexión gira en torno a ese orden cultural (simbólico) que la especie humana crea y recrea constantemente y que bien puede asemejarse al nicho ecológico en el que otras especies cumplen unas funciones biológicas determinadas, en el marco de complejas relaciones ecológicas y ecosistémicas. Y la segunda reflexión gira en torno a dos circunstancias y conceptos: la fragilidad y la finitud.

A ese nicho artificial creado por el ser humano lo llamamos cultura. Convertida en una categoría difícil de asir, en el sentido en que ya todo lo que se haga, diga y se promueva cabe dentro de esa nomenclatura.

Para efectos del sentido de esta columna, asumo la cultura como un enorme albergue en el que damos cobijo a lo más sublime del ser humano, pero que también sirve para encubrir lo más avieso de una especie y de una condición humana compleja.

Leff señala que hay una crisis del pensamiento humano. Por ese camino, se asiste a la crisis de la(s) cultura(s) creadas, recreadas y diseminadas a lo largo y ancho del Planeta.

Podemos afirmar que ese marco en el que el ser humano se autodeterminó unas funciones y responsabilidades está resquebrajado en su sentido ontológico y deontológico.

Y peor es el escenario cuando ese “nicho” que es la cultura, está atravesado por el capital y por el valor material dado a las cosas e incluso, a la vida misma.

Si la cultura o en plural las culturas se asumen como el régimen ontológico en el que la especie humana ancla y determina sus actividades de transformación y sometimiento de la Naturaleza y, si aquel régimen está orientado, atravesado o “manoseado” por el Capital; las críticas por los efectos ambientales y ecológicos que viene dejando la presencia incontrastable del ser humano, de lo humano, se tendrían que “resolver” dentro de ese régimen simbólico, lo que de inmediato da vida a acciones como adaptarse y mitigar, sin que ello suponga poner en crisis ese orden cultural dominante.

Por esa vía argumental, el orden simbólico que estableció y que reproduce el capitalismo está soportado en actitudes y acciones humanas culturalmente legítimas, pero insostenibles o insustentables. Leff sostiene que “el régimen ontológico que degrada al mundo es el capital”.

A lo dicho por Leff en torno a las responsabilidades que le otorga al capital, solo agrego que los procesos civilizatorios echados a andar por el ser humano, con todo y sus desarrollos técnicos y científicos dejaron de lado dos elementos, factores, circunstancias o condiciones fundamentales: de un lado, la fragilidad de la vida, tanto la de los ecosistemas, como la de la propia especie humana; y del otro, la finitud.

El desarrollo técnico y científico y toda la capacidad que el ser humano desarrolló para someter a la Naturaleza a sus necesidades y caprichos, individuales y colectivos, subvaloró o desechó la condición de fragilidad que el ser humano ostenta, la misma que ha sido incapaz, por ejemplo, de evitar las guerras y otras formas de violencia física y simbólica.

No hemos sido formados para comprender esa condición original que compartimos con otras especies y con los ecosistemas en su conjunto.

Universalmente, el orden simbólico reprodujo la idea de que al ser capaces de habernos puesto en lo más alto de la cadena trófica, esa condición quedaría no solo superada, sino que serviría de elemento político e ideológico quizás para explicar niveles de subdesarrollo de sociedades que a lo mejor si han estado prestas, por lo menos, a visualizar la indiscutible fragilidad de los ecosistemas, aunque sigan dejando de lado lo quebrantable de la condición humana.

Frente al asunto de la finitud, en una anterior columna señalé lo siguiente:

Sí, por supuesto que la actual crisis socioambiental tiene un fuerte arraigo cultural, pero dejamos de lado un hecho inexorable que explica el actuar del ser humano: la finitud.

El sabernos finitos hace que todo lo que construimos (material e inmaterial) responde a esa condición que nos atormenta y que a la vez motiva a explotar sin consideraciones ecológicas, ambientales y sistémicas unos recursos que hacen parte de un gran ecosistema del que hace rato tomamos distancia. 

Por esa vía, entonces, la crisis no es tanto civilizatoria, sino ontológica. La especie humana, consciente de que va a morir, creó un mundo artificial con el que no solo justifica su estar en el mundo, sino que intenta sobrellevar la angustia que le produce vivir, intensamente, para fenecer.

El problema de la actual crisis ambiental no es cultural o civilizatorio. Es del Ser. Por ello señalo que las preocupaciones ambientales por pensar y alcanzar un “desarrollo sustentable” llegan tarde. Es tarde para la sustentabilidad.

Todo lo que el ser humano ha consolidado como especie dominante, lo llevó a enmascarar, con los avances tecnológicos y el sentido del progreso, la crisis ontológica de una especie, como la humana, que tardíamente entendió que hace parte de un gran ecosistema y que el error quizás esté en tener la capacidad de transformarlo anteponiendo sus angustias, miedos e intereses. O quizás, el gran error esté en la capacidad o la creencia de que puede tomar distancia sistémica. 

La gran contradicción está en haber creado un sistema cultural que se (auto) reproduce, sin haber logrado matizar, entender y comprender la angustia que le produce al ser humano el saberse finito. Por ello, todo lo producido material e inmaterialmente esté impregnado con ese mismo carácter finito de la vida humana, de allí el impulso y la pulsión que está detrás del desarrollo extractivo: volver finita la Naturaleza”. 

Mientras la capacidad de inventiva del ser humano siga al servicio del gran Capital y ancorada, ética y teleológicamente a una idea de bienestar y desarrollo que no ponga de presente la fragilidad y la finitud humanas y sirva para reorientar las culturas, la sostenibilidad seguirá siendo una quimera.


 

[1]  Conferencia dictada el 29 de mayo de 2019, Universidad Autónoma de Occidente, Cali, Colombia.

 

 

 

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Germán Ayala Osorio
Docente Universitario. Comunicador Social y Politólogo. Estudiante del doctorado en Regiones Sostenibles de la Universidad Autónoma de Occidente.