Esclavos de la compasión

Las injusticias de la vida, piensa usted, porque mientras de «arriba» se pierden 70 mil millones de pesos destinados a la conectividad de los estudiantes y luego los presuntos responsables se lavan las manos, pero con agua reluciente de Matemwe Beach en Tanzania.

Narra - Economía

2021-09-07

Esclavos de la compasión

Columnista:

Vanessa Vega Otaya

 

El paisaje quindiano, con la arquitectura tradicional de ciertos municipios y la evolución de la ciudad milagro, con su rimbombante catedral, rodeada de una fotogénica plaza de Bolívar, son lugares envidiados, y es que quién no quisiera recorrer el centro comercial de cielos abiertos, más conocido como «La 14», hasta llegar al parque sucre, en el que los niños juegan y los jóvenes comparten bajo el frondoso árbol, que según cuentan los abuelos, si con mucha devoción se le pide un deseo, mientras se abraza, el árbol le cumple lo que pida.

Y es que no hay nada más satisfactorio que sentarse allí bajo las majestuosas ramas del árbol de los deseos, a sentir la característica brisa que refresca la ciudad a eso de las cinco de la tarde, mientras las risas de los niños que juegan en los inflables amenizan su meditar; imagínese allí al lado de lo que antes de pandemia solía ser una fuente, disfrutando del espectáculo en el que se convierte el paisaje sonoro, más aún cuando se acerca el primer habitante de calle, con su ropa embarrada de pegante, descalzo y con una sonrisa en su rostro le pide «cien pesitos pal cigarrillo», unos cinco, máximo seis minutos después, llega un argentino con sus manillas, «amigo regálele una Manilla a su novia y cuídela porque está muy linda».

Ajá, está muy linda, piensa usted y le compra la pulsera hecha con hilos, porque hay que apoyar el arte, pero luego llega un joven harapiento que le pide la hora, caramba, lo que hace la falta de oportunidades se dice a sí mismo, mientras escucha al muchacho decir que le faltan dos mil para poder pagar la pensión y no dormir en la calle. Hombre cómo uno va a dejar que alguien duerma en la calle, ¿no? Entonces, el desdichado se marcha feliz porque «ahora solo le faltan 2 mil para la gaseosa», pero no acaba de irse y llega uno más, esta vez dice que con los grillos hechos de hojas se rebusca para mantener a sus hijos y esposa, la cual está muy enferma y como todo pobre en Colombia, debe tratar de sobrevivir a punta de agüitas porque no tiene Sisbén, menos EPS y si va al hospital, no la atienden. Como buen ciudadano, usted le compra el grillito, porque al menos está trabajando y no pidiendo, además, el personaje es un luchador, por mantener a su esposa a punta de ramitas.

Las injusticias de la vida, piensa usted, porque mientras de «arriba» se pierden 70 mil millones de pesos destinados a la conectividad de los estudiantes y luego los presuntos responsables se lavan las manos, pero con agua reluciente de Matemwe Beach en Tanzania, aquí, este pobre hombre se gana la vida con sus hojitas; aunque la vida es injusta y la problemática social ya le ha afectado la tranquilidad, imagínese que se dispone a ir hacia la Plaza de Bolívar para ver qué se encuentra por la 14, pero en el momento que se pone de pie, llega una chiquilla regordeta de pelo azul, y le pide «la liga» porque ella se la gana a punta de manillas, pero sabe que usted no le va a comprar, entonces usted le da la moneda y se aleja, mientras ella se queja porque son solo 200 miserables pesos.

En el recorrido de la popular carrera 14, cada esquina está adornada con pintorescas carretillas cargadas de mangos, vidrio templado, fresas, chontaduros, arepas, subidos e infinidad de productos y «excelente», piensa usted, «esta gente se la rebusca», aunque detrás de algunos mangos y vidrios, se vende la bolsita de «polvos mágicos» o «planta santa, esa que te eleva la mente».

Pero entre vendedor y vendedor, la diversidad de géneros musicales también ameniza el ambiente, y aunque no es el Teatro de La Scala ni una magnífica ópera, esas calles con baldosas grises sirve muy bien de escenario para los parlantes a todo volumen y algunas desafinadas voces, de tanto cantar a cambio de un par de monedas. Eso sí, usted apoya el arte y por supuesto que se siente en obligación de ayudarlos.

Ahora bien, entre más cerca al centro, más desdichados sin hogar aparecen, este con una herida, este otro con hambre, un travesti que baila a cambio de monedas y un joven con cara de duende y olor a bazuco que le busca conversa, Kukú la estatua humana, un arriero dorado, un presunto rehabilitado con su esposa a punto de parir, una anciana sin familia, un chileno al que la droga lo ha llevado sin rumbo y terminó en Armenia, porque lo trajeron desde Bogotá luego de darle una paliza, un hombre que parece un zombie sacado de The Walking Dead, con su piel gris, ojos desorbitados y caminar soso; otro más que camina por inercia, con la piel pegada a los huesos y olor a podredumbre.

La sociedad los ignora, pero usted no puede hacerlo, no debe, es su obligación ayudarlos; sin embargo, en su caminar y papel de «buen samaritano» se queda sin efectivo y llegando a la Plaza de Bolívar no puede ayudar a un hombre que le pide «un minuto de su tiempo, porque la educación es lo más lindo de una persona y que gracias por no ignorarlo», pero su tono cambia cuando le dice que disculpe, porque no tiene, «tacaño hijo de…» es la respuesta, mientras usted se siente terrible por ser un tacaño.

Ahora, de «Dios lo bendiga», «mi Dios le pagué», «gracias, parcerito», «la buena, pa», «las mejores, patrón», pasa a insultos, miradas con odio, gritos y hasta estrujones de esta pobre población afectada por la crueldad de la desigualdad.
Cuando quindianos y extranjeros visitan y recorren los principales lugares del Quindío, el paisaje siempre está «adornado» con colores, sonidos y por supuesto, habitantes de calle, quienes han incrementado de una forma notoria, convirtiendo las calles en sus albergues, las esquinas en sus baños, los sitios públicos en sus centros de consumo y muchos ciudadanos se han visto afectados por agresiones verbales o físicas, como consecuencia de no darles una moneda. Esta situación genera preocupación, puesto que la seguridad se ve afectada para transeúntes y comerciantes, así como la proliferación de malos olores y consumo de sustancias alucinógenas en plena calle, frente a menores, durante las horas del día.

La crítica ciudadana siempre está centrada en el «correcto proceder», en el «buen ejemplo para los niños» y en que «hay que enseñarles a los jóvenes a trabajar», pero el Quindío está llegando al límite, la «presunta» falta de oportunidades lleva a los jóvenes y adultos a pedir en las calles o a hacer arte callejero para sobrevivir, los habitantes de calle son quienes gobiernan la ciudad y a través del temor, usan a las personas para obtener limosna, sin mencionar el problema de heces en gran parte de las principales calles, basura regada por estas personas, malos olores e inseguridad.

Ahora bien, haga usted mismo el análisis de cuánto dinero reparte entre mendigos y habitantes de calle, del cual la gran parte va destinado a consumo de drogas; no obstante, está en muchos ciudadanos el sentimiento de ayuda al prójimo, de compartir lo que tenemos con los demás, convirtiéndonos en esclavos de la compasión, sin comprender la magnitud del problema o solución que se genera al dar limosna en las calles, lo cual abre varias interrogantes:

¿Quién controla está situación? ¿Qué se está haciendo para ayudar a esta población y evitar que generen inconvenientes? ¿Es el arte callejero una forma de subsistir o costumbrismo? ¿Qué responden los artistas callejeros o personas que piden limosna cuando se les ofrece una oportunidad de empleo? ¿Cómo se está ayudando a la población joven para evitar que terminen en las calles? ¿Es positivo o negativo dar limosna? ¿Quién controla la venta de estupefacientes en carretillas de vendedores informales?

 

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Vanessa Vega Otaya