En defensa de lo masculino

El fin último del feminismo no es engendrar odios, es garantizar la libertad de las personas para conocernos, aceptarnos y ser.

Opina - Cultura

2020-08-01

En defensa de lo masculino

Columnista:

Ana Prada

 

El género masculino y los hombres fueron un tabú durante mi infancia, por ser criada en un matriarcado mis interacciones con hombres eran generalmente con mi abuelito y mis tíos maternos. Fui hija única durante mis primeros diez años de vida. Era tímida, risueña y burlona. Me costaba conversar con los niños y niñas de mi edad, prefería conversar con adultos.

Cuando ingresé al colegio, a los 6 años, un amiguito del jardín me apadrinó, me la pasaba con él y sus amigos, todos niños. Mi primer espacio de socialización fue el fútbol, era fácil, no tenía que hablar mucho solo patear un balón. Con el paso de los años comenzaron a hacerse obvias las diferencias entre niños y niñas, así que los niños ya no me invitaban a jugar fútbol y me gustaba conversar más con mis nuevas amigas.

Tácitamente sabíamos que había algo, de lo que los profesores preferían no hablar, que nos hacía diferentes a niños y niñas.

Llegó la adolescencia, comenzaron a gustarme los chicos del barrio, le pedía consejos a mi mamá para llamar su atención, especialmente de «Brasil» como llamábamos al muchacho que llevaba puesta una camiseta de Brasil el día en que lo conocí, y que nunca volví a recordar su verdadero nombre. Mi primer novio, llegó a los 17, él era baterista de una banda de neo punk y yo me creía tocar el cielo con las manos. ¿Qué podía ser más genial que tú y tu mejor amiga del barrio tuvieran novios músicos? Tenía estilo y una sonrisa linda, que era todo lo que le pedía a la vida por esos días.

Así comencé a conocer a hombres profundamente sensibles, a quienes les entregué mi corazón, sé que suena rosado y romanticón. Pero, así suelen ser mis historias de amor, de entrega profunda, de pasión que se prende y se apaga con a la velocidad de un fósforo. Con el paso de los años encontré algo encantador en la energía masculina, después de aprender que en tu pareja no buscas el reemplazo de tus padres, ni un psicólogo, ni un guía espiritual. Comencé a enamorarme de la vulnerabilidad de los hombres, aún de la que ellos no son conscientes, de sus historias, su ternura y su fragilidad.

Me parece curioso que la ternura, la fragilidad y la sensibilidad suelan ser atributos que se asocian a lo femenino, porque cuando pienso en femenino llegan a mi mente palabras como fortaleza, resiliencia, templanza y por supuesto cuidado. Si me preguntan, lo femenino y lo masculino son construcciones sociales. La creencia de que existen personas que pueden llevar una vida sana sin expresar sus emociones en público y sin mostrar su vulnerabilidad es precisamente lo que nos ha conducido a las mayores tragedias de la historia humana.

Hombres que en lugar de empuñar armas podrían estar escribiendo poesía, sembrando una huerta o cocinando un novedoso plato. Solamente pensarlo me pone triste, ponerme en los zapatos de los hombres a los que se les ha negado la posibilidad de ser y de expresarse.

El mismo sistema patriarcal que crea estereotipos sobre nuestro lugar en el mundo como mujeres, excluye y humilla a los hombres que viven masculinidades diversas. Nuestras búsquedas son las mismas. El fin último del feminismo no es engendrar odios, es garantizar la libertad de las personas para conocernos, aceptarnos y ser.

Custodiar un secreto, una lágrima, una sonrisa, una caricia, de la misma manera que esperamos que ellos protejan nuestro templo cuya materialización es nuestro propio cuerpo, es feminismo puro. Abrazar la ternura masculina, es también un acto político.

 

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Ana Prada-Páez
Viajera, columnista, fan de la comida local y emprendedora. Es la fundadora del medio de comunicación 3colibris. Ana es amante de la ruralidad latinoamericana, ha acompañado procesos productivos orgánicos y agroecológicos en Colombia, México, Guatemala, Costa Rica, Ecuador y Perú, trabajando para poner su granito de arena en la construcción de un campo más diverso, soberano y digno.