El privilegio de ser atracado

¿Cómo es posible que podamos sostener un sistema en el que unas personas tienen muchísimo dinero, mientras que aquí, en la calle, nos desafiamos entre nosotros por unos pesos?

Opina - Narrativo

2020-09-20

El privilegio de ser atracado

Columnista:

Jenifer Martínez

 

Asisto a un taller de escritura para el que me había propuesto escribir sobre la pandemia desde la perspectiva de los privilegios. Durante la cuarentena había notado que, por ejemplo, tener una terraza era un privilegio. Ahí pasaban las tardes mis sobrinos; subían a tomar las onces o a saltar lazo o a jugar con la pelota. Sin embargo, este día iba a intentar difuminar mis convicciones.

Me había acostado tarde la noche anterior, luego de calcular que la mansión de equis cantante colombiano cuesta lo que 183 mil viviendas de interés social. Una cifra cercana al número de casas que tiene Medellín en estrato tres. ¿Cómo hemos podido diseñar un sistema en el que una sola persona posee lo que les falta a miles, aunque se partan el lomo trabajando de sol a sol? Conozco tantos hombres y mujeres que viven tan al día, que es más probable que los atrape la indigencia a que los abrace la estabilidad.

Me levanté sintiendo dos sacos de plomo en cada hombro. Tenía que conseguir un dinero urgente y todavía no tenía un plan. En el estrés de la media mañana sonó el celular. Era de parte de la organización con la que había tenido una entrevista laboral la semana pasada.

—Sí, con ella.

“Chito, chito”, le hice a mi familia, y susurré el nombre de la empresa. Permanecieron estáticos, con la mirada puesta en mí. Les había comentado que la organización tenía un proyecto que me interesaba bastante y que aplicaría a un cargo el cual yo consideraba que era como trascender.

—Queremos informarle que el proceso de selección ha terminado y de entre perfiles muy valiosos ya hemos escogido a la persona. De todas maneras, agradecemos su participación.

“Los peones no dejaremos de ser peones”, le dije aburrida a mi mamá. En este sistema, para algunos, habrá cosas que simplemente no serán. ¿En realidad creo que puedo moverme por mis deseos, condicionada como estoy a múltiples variables?

Está tan lejana como Venus la probabilidad de hacer la maestría en otro país, de aprender tres idiomas, de dedicarme a escribir y a ilustrar para adolescentes. Las obligaciones económicas de quienes apoyamos la familia y la inestabilidad laboral en nuestra área nos ponen a competir entre muy buenos profesionales y a agradecer que al menos nos ocupen, mientras vemos cómo los colegas se turnan los periodos de desempleo. ¿Cómo podemos sostener un sistema en el que unos oficios sean astronómicamente más rentables que otros?

Después de almuerzo mi cabeza volvió a lo práctico: conseguir el dinero. Mi mamá y yo cedimos a utilizar su tarjeta de crédito; no sin antes renegar por la plata invertida en monedas virtuales. Cuando salí del cajero, caía ya la tarde. Tenía saldada la obligación que me turbaba, aunque había abierto otra deuda. Con la sensación de estar pisando esas arenas en las que uno se hunde más cuando intenta salvarse, guardé en la billetera el dinero destinado a pagar el plan del celular, una cuota del equipo, unas cosas en la farmacia y otras en el supermercado.

En la farmacia compré también un chocolate blanco. El dulce me ayudaría a tragar los cuestionamientos y el sentimiento de vulnerabilidad que había cargado todo el día. Metí el celular en el bolsillo del pantalón, y entre el vientre y la pretina puse la cartera. Abrí la chocolatina y salí del lugar.

De camino al supermercado crucé por Ruta N, por la parte interior del corredor de los arbustos. Cavilaba, avanzando con la velocidad de un pegante regándose sobre el escritorio. Noté la brisa entre las ramas de los árboles. Derretí en la boca el último pedazo de chocolate. Levanté la mirada. Un hombre de unos 30 años, vestido con una camisa de grandes cuadros azules, sostenía un revólver frente a mi cara. Otro más joven llegó por mi lado derecho. No recuerdo qué llevaba puesto, pero no estaba armado.

—¡Deme todo lo que tenga! el celular, todo, ¡deme todo!

Dejé caer al suelo la envoltura del dulce que me acababa de comer. Había oscurecido de repente. Deseé que los vigilantes con perros de bozal, que suelen estar por ahí, aparecieran. Pero, el joven a mi derecha campaneaba, mientras el del revólver me insultaba y me decía que permaneciera en silencio. Lo primero que le entregué fue mi celular, el mismo que no he terminado de pagar; después, la cartera.

—Déjeme sacar los papeles, por favor.
—Ni chimba, piroba. Y callada, sino le pegó un tiro.

Me golpeó en la cabeza con la cacha blanca de su arma. Sin embargo, en su actitud no había furia. Los hombres se fueron alejando a paso regular detrás de mí. Al frente, a unos metros, un tipo hacía señas. “Otro de ellos. Me vigila para evitar que yo grite”, pensé. Decidí sentarme en las escalas, recogí el papel de chocolatina y fingí detallarlo. Lancé una mirada tímida hacia atrás.

—¿Se va a hacer pegar un tiro ?, dijo el hombre del revólver y amagó.

Volví la cabeza asustada. Lamí los restos de chocolatina del papel brillante que había estado en el piso ya más de los 11 segundos que tienen de plazo los microorganismos para colonizar las cosas que caen. Miré al frente. Comprendí que la amenaza era para el tipo que hacía los gestos, que se esforzaba por ayudarme, pero estábamos solos. Miré atrás. Cuando los hombres desaparecieron por Carabobo hacia el norte, corrí.

Me detuve en una esquina, y lloré por fin, como si eso provocara el milagro de que en mis bolsillos apareciera lo que me acababan de robar. ¿Cómo es posible que podamos sostener un sistema en el que unas personas tienen muchísimo dinero, mientras que aquí, en la calle, nos desafiamos entre nosotros por unos pesos? Nos matamos por las moronas. Los Juegos del Hambre. Finalmente, ambos nos levantamos pensando todos los días cómo cumplir con la cuota, el arriendo y los propósitos “de progreso”.

Y es que yo conozco bien ese lado donde la gente nace y se cría por pura suerte. Sé lo inverosímil que es para alguien de ahí estudiar una carrera, conseguir un trabajo “honesto”, mantenerse empleado, sostenerse económicamente. Sentada como estaba llorando en el semáforo, imaginé el trapo rojo colgado en las ventanas de las casas de esos hombres. Los escuché prometiéndoles a sus esposas cumplir con lo del día.

—Tenga mucho cuidado, mor.

—Todo va a estar bien, mami —dijo. Y se había echado la bendición. Bajó hacia el centro, con la frustración de no saber otra forma de ganarse las migajas que caen de la mesa del sistema sin exponer su vida y su libertad. Recordó esa vez que salió derrotado de la entrevista de trabajo, incapaz de entender por qué hace parte de esa cifra de desempleo de dos dígitos.

“El que quiere puede” es la frase que ignora que hay pisos más abajo del 48, donde están quienes se sienten clase humilde pero trabajadora. Recuerden, El Hoyo tiene más pisos incluso después del 171 y del 202 y del 250. “Círculos infernales”, donde batallan por la supervivencia los locos, los mendigos, los prisioneros, los suicidas, los asesinos y los hambrientos; hacia donde basta mirar para estar de acuerdo con el Padre Ernesto (el de Satanás), en que esta batalla como sociedad la hemos perdido. Los nadie son muchas vidas y realidades más dramáticas que ese retrato que hace la película.

Aun cuando mi dinero no termine saciando hambres sino quemado en moños de marihuana y tarros de sacol, quiero entender que “elegir” es una posibilidad muy ambigua en ese lado de la sociedad. ¿Qué decisiones puede tomar alguien en un sistema que lo invisibiliza, lo excluye, lo esconde?

Tantos motivos para sentirme perdedora este día. No obstante, acepté que estoy del lado de los que tienen cómo competir por un empleo de más de un salario mínimo y, aunque no nos escojan, tener otras opciones, otros capitales. Los de ese lado nos llaman “doctor”, “doctora”, a los que estamos de este lado, aunque no tengamos ni un posgrado. Soy del lado de los oprimidos, sí, pero no del de los excluidos. Y comprendí que eso, ser el atracado y no el atracador, también es un privilegio.

 

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Jenifer Martínez
Comunicadora para el cambio social, egresada de periodismo de la Universidad de Antioquia. Trabajo en proyectos sociales y de educación en infancia y adolescencia. Los últimos tres años me he dedicado a entender la relación entre la comunicación y la educación. Me gusta escribir, dibujar y hacer fotos.