El declive y la soledad del capataz

Bienvenido el declive del patriarca y su soledad, en particular cuando esta es el resultado del despertar de una ciudadanía adormecida por un periodismo en el que jamás será posible volver a confiar.

Opina - Política

2020-08-07

El declive y la soledad del capataz

Columnista:

Germán Ayala Osorio

 

En la menuda figura de Álvaro Uribe Vélez confluyen las taras, los problemas, las tensiones éticas y morales y los truncos procesos civilizatorios que millones de colombianos acumulan desde hace más de 200 años. Y no concurren esos elementos en el Hijo de Salgar porque este en sí mismo constituya un prócer o una figura política de gran calado. No. Por el contrario, aquellos convergen en esos “huesitos y carnitas”, por dos razones fundamentales: la primera, porque en estas sociedades contemporáneas y del espectáculo, los medios masivos, el ejercicio periodístico y particulares periodistas tienen un gran poder de influencia, en especial en aquellas comunidades en las que sus miembros devienen acríticos e incapaces de discernir entre lo que es lo correcto y lo incorrecto, entre lo legal y lo ilegal.

Fruto de ese poder, las empresas mediáticas lograron hacer de Uribe una figura política importante, casi mítica. Se puede colegir que Uribe es una invención mediática; y la segunda, atada a la primera, porque las grandes empresas periodísticas, en particular los noticieros privados RCN y Caracol, fungen de tiempo atrás como actores políticos, cuyas agendas se pusieron a la orden de los intereses del hoy senador de la República y del entorno de lo que se conoce como el “uribismo”, que representa una parte de lo que se conoce como el Establecimiento.

A pesar del poder que, tanto el operador político y esos medios masivos concentraron entre 2002 y 2010, hoy las circunstancias son distintas. El primero, sobrevive a una esperada soledad y al natural declive, tal y como lo han vivido otros patriarcas y capataces cuyo carácter megalómano ha estado fundado en una sociedad donde sus miembros en general practican el servilismo y la adulación.

Confinado en su hacienda por orden de 5 magistrados de la Sala de Instrucción de la Corte Suprema de Justicia (CSJ), el aclamado y temido capataz, caballista y ganadero antioqueño vive sus peores momentos por cuenta no solo de la decisión judicial, sino porque su poder de convocatoria deviene disminuido por varias razones, a saber:

1. La Colombia sobre la que mandó —no gobernó— durante 8 años, cambió. Una parte importante de la clase media y sus hijos, despertaron del letargo en los que los sumió esa prensa lisonjera y servil que puso en un ficticio pedestal al “Señor de las Sombras”, como diría Josep Contreras.  

2. La Academia jugó, durante ese periodo, un papel clave, en función de debilitar la imagen de aquel Mesías que la Gran Prensa (nacional y regional) construyó, para ocultar, tras de esa representación, las más aviesas transformaciones sociales, culturales, políticas, ambientales y económicas de un consumado neoliberal.

3. Asociado al anterior, el papel que jugaron los analistas políticos, columnistas, medios alternativos y blogueros fue clave para ir erosionando a ese “Héroe” de barro que la prensa y los sectores más lisonjeros de Colombia construyeron e impusieron como referente y faro moral y ético. Vaya error.

4. Sectores del Establecimiento que apoyaron a Uribe Vélez durante sus primeros cuatro años de mandato, supieron tomar distancia de aquel, al reconocer los serios daños que dejaría como legado en una sociedad mal informada, que poco lee y que arrastraba, además, desde los años 90, la desaparición de la Historia de los currículos de los colegios. 

Al final, Colombia cambió, y ni el “Mesías” y mucho menos la Gran Prensa parecen percatarse, no solo al ver la escasa o nula respuesta ante llamados a defender al propietario del Centro Democrático a través de movilizaciones, incitaciones a la violencia y protestas masivas, sino al crecimiento exponencial de sus detractores y de la toma de distancia de cientos de miles de compatriotas que de manera equivocada, consciente o derivada de intereses individuales, lo apoyaron en el pasado.  

La decisión que tomaron los magistrados de la Corte Suprema de Justicia es un golpe al mega ego de este singular patriarca que, salido de esa Colombia conservadora, machista, premoderna y violenta, creyó que su reinado no tenía límites, porque él mismo se encargó de borrar todo tipo de fronteras y demarcaciones éticas y morales, en el marco de una sociedad que de tiempo atrás deviene en una insondable confusión moral.

Y cuando una sociedad no es capaz de exigir y lograr una depuración en las prácticas políticas y culturales, a veces son los jueces a los que les corresponde restablecer esos límites. Y más allá del sentido jurídico de la decisión tomada por la CSJ, lo que esta deja entrever es un ejercicio reflexivo de los magistrados que no solo toca al operador político en mención, sino a todos aquellos que creen que es posible ponerse por encima de la ley y, por esa vía, imponer a la sociedad entera ese ethos mafioso que claramente se evidencia en esas primeras pruebas e indicios que los magistrados lograron allanar, para ordenar la restricción a la libertad del perjudicial capataz.

Comprar, presionar o intimidar testigos no puede naturalizarse en este país y, mucho menos, convertirse en una práctica común de quien en su calidad de expresidente de la República, está llamado a actuar con total sindéresis de acuerdo con la dignidad que ostentó.

Bienvenido el declive del patriarca y bienvenida su soledad, en particular cuando esta es el resultado del despertar de una ciudadanía adormecida y aletargada por un periodismo en el que jamás será posible volver a confiar.

Eso sí, quienes aún rodean al Capataz, lo hacen por obligación y por mantener los privilegios de clase y sectoriales representados en una relación fundada en mezquinos intereses y en complicidades mutuas. Lo que debe hacer el resto de la sociedad colombiana es pasar esa página sangrienta e inmoral que periodistas- estafetas trataron de ocultar por más de ocho años. Estos estafetas, en su momento, también sentirán el repudio y el asco por haberse convertido en vulgares lisonjeros de quien, curiosamente, durante su mandato limitó el ejercicio periodístico, persiguió y amenazó a periodistas, a los colegas de aquellos, de la mano del entonces DAS, al que convirtió en su policía política.

 

( 1 ) Comentario

  1. sigo en el asertivo sustentativo no la locuacidad sino el perfeccionamiento del mismo , lastima que no encontremos adjetivos claros y definidos, estamos siempre en pos de una persona mas no de Colombia, como haríamos si cada miembro de un estado manifiesta su opulencia en frase que lleven a un resultado que cada quien desee, pero sugeticamente mas no objetivamente.

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Germán Ayala Osorio
Docente Universitario. Comunicador Social y Politólogo. Estudiante del doctorado en Regiones Sostenibles de la Universidad Autónoma de Occidente.