Caperucita roja y el lobo feroz

El abuso sexual deja marcas y secuelas imborrables, las cuales, pese a la ayuda especializada de psicólogos y psiquiatras, permanecen allí generando un daño psicosomático vitalicio.

Narra - Sexualidad

2019-10-21

Caperucita roja y el lobo feroz

Autor: Javier Hernando Santamaría

 

Esa mañana la linda y cándida Anita se levantó muy temprano, y, emocionada, a su madre le compartió unos dibujos que, con gran esmero y amor, había hecho para sus abuelitos, a los cuales visitaría esas vacaciones, tras largos meses sin verlos…

La feliz madre, no podía disimular su gran regocijo y sentirse desbordada de orgullo frente al innato talento de su pequeña nena, y vislumbraba desde ya, que Anita sería a lo sumo, una consumada pintora, de repente artista plástica o algo similar, pero, de todas maneras, una gran y destacada profesional, como ella misma un día proyectó serlo, sin embargo, terminó ejerciendo el estoico rol de ama de casa y madre consagrada.

Anita muy ansiosa su maleta alistó, asesorada por su diligente y detallista mamá, quien pese a saber lo bien comportada que era siempre su niña, no sobraron las recomendaciones para su buena conducta en casa de los queridos abuelos.

Las travesuras formaban parte del diario vivir de la extrovertida Anita, catalogada por algunos de sus maestros, como díscola e insoportablemente hiperactiva.

Cuando su padre llegó, Anita lo aguardaba frente al portal junto a su pequeña y colorida maleta, vestía una capa roja, cual la caperucita de los cuentos, ya que lloviznaba y el frío se sentía fuerte.

Con la agilidad de sus 5 años al carro subió, no sin antes despedirse de su amada mascota, el conejito Pepón; durante los 15 días de ausencia de la bella caperucita, la orgullosa madre su nana honorífica sería, eso sí Anita le exigió, a diario por video llamada a Pepón poder ver.

Anita fue recibida cual princesa en casa de los abuelos. Marina, la alcahueta abuelita le tenía preparado su pastel favorito de manzanas y el abuelo Rafael, como se lo había prometido, el cuento de El Principito, que le iba a leer todas las noches con su arrullador estilo…

Una noche Anita a la madrugada sobresaltada despertó… la puerta de su cuarto muy lentamente se abrió, una sombra en medio de la oscuridad con mucho sigilo a su cama se acercó…

—No te asustes, soy yo… —Una voz susurraba, al escucharla Anita tranquila se sintió.

—Abuelito, ¿eres tú? —Preguntó la cándida nena, mientras veía cómo alguien a su cama se subía.

—No tengas miedo mi niña, solo quiero acompañarte, un príncipe de cuento puedo ser y como una princesa voy a tratarte…

Al día siguiente Anita algo extraña se sentía, a ciencia cierta, en su inocencia, no lograba descifrar si anoche había soñado, o en verdad su abuelito Rafael con ella había dormido.

Razón por la cual la niña a nadie se lo comentó, ni tan siquiera a su madre, quien a través de video llamada, le comprobó que su consentido amiguito Pepón, en buenas manos estaba.

A la noche siguiente de nuevo aquella visita se repitió y las mismas palabras Anita escuchó:

—No tengas miedo mi niña, solo quiero acompañarte, un príncipe de cuento puedo ser y como una princesa voy a tratarte…

Anita muy atemorizada a su abuelita le pidió que la acompañara esa última noche de sus vacaciones, manifestando sentir miedo de dormir sola.

También le confesó que soñaba cosas feas, con un príncipe malo que en su cama se metía y la aprisionaba muy fuerte…

Anita en adolescente se convirtió… nunca más dibujar quiso, siempre huraña, temerosa y distante de los hombres mantenía, atormentada por esos recuerdos de infancia en casa de los abuelos…

En sus oídos retumbaban una y otra vez las palabras de aquel que se decía príncipe y hablaba con la voz arrulladora de su abuelo Rafael.

—No tengas miedo mi niña, solo quiero acompañarte, un príncipe de cuento puedo ser y como una princesa voy a tratarte…

Se negaba una y otra vez Anita a admitir que ese príncipe de voz arrulladora como la de su abuelo Rafael, que la visitaba casi todas las noches durante las vacaciones, en casa de sus abuelitos, era en verdad ese mismo ¡maldito lobo feroz!, que a la caperucita roja engulló, robándole sin misericordia alguna, a sus 5 añitos, su candidez e inocencia…

***

La violencia sexual contra los niños, niñas y adolescentes en nuestro país es realmente abrumante, las cifras son escandalosas y este flagelo parece no detenerse, no estamos haciendo nada contundente como sociedad para proteger sus derechos.

Según las estadísticas, los abusadores se encuentran principalmente en el mismo entorno familiar: padrastros, abuelos, primos, padre, padrinos, allegados a la familia, conforman el cuadro de los infames agresores, y lo peor es que son muchos los casos que se quedan en el completo anonimato, como el de Anita, quien hoy ya adolescente, aún no se atreve a admitir que su querido abuelo fue capaz de abusar de ella cuando apenas tenía 5 años.

El abuso sexual deja marcas y secuelas imborrables, las cuales, pese a la ayuda especializada de psicólogos y psiquiatras, permanecen allí generando un daño psicosomático vitalicio.

Por eso quise hacer un llamado con este sencillo relato a todas las madres, abuelas y encargadas del cuidado de los niños, para que se mantengan siempre alertas; lamentablemente no se puede hoy confiar en nadie, y es prioritario que desde temprana edad se les brinde a los niños y niñas, una guía sobre su propio cuidado e interrelación con las demás personas, incluso familiares, inherentes a su cuerpo y su inviolabilidad.

 

 

Foto cortesía de: TN

 

 

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Javier Hernando Santamaría
Columnista, critico de TV, argumentista y bloguero de Farándula y Critica TV Un vistazo desenfadado, pero serio al acontecer de la TV latina, como también de la realidad nacional desde la perspectiva de un simple mortal que anhela una mejor Colombia Desde 1998 junto al director Julio Luzardo coordinamos el portal magazine Enrodaje.net y Cine Colombiano Colaborador en varios portales web.