Café con aroma de reforma tributaria

El café en Colombia tiene rostro de recua, de arriero, de ruana, de las manos que lo cultivan. Meterse con él, es meterse con los cafeinómanos y con aquellos que hacen parte de su producción.

Narra - Informativo

2021-04-19

Café con aroma de reforma tributaria

Columnista

Daniel Riaño García

 

Los abisinios (en Etiopía) nombraron a la bebida «bunchum», los árabes le vieron cara de «cahueh», mientras que los turcos percibieron que tenía aroma de «cahve» –de ahí su nombre en habla hispana–. Su llegada a Europa Occidental se dio relativamente tarde, a finales del siglo XVI. Sin embargo, su consumo empezó a tener popularidad, entre los acartonados europeos, hasta bien entrado el siglo XVII con la apertura de los primeros cafés en Livorno, Venecia, Marsella, París.

El primer contacto de Sudamérica  con esta noble y vigorosa bebida, al parecer, se dio por medio de los holandeses, en la Guayana holandesa. Posteriormente fueron los franceses quienes trajeron la planta a las Antillas y a otros lugares del continente. Así es el café: nómada, amargo, adictivo, vagabundo, errante y estimulante. Actualmente, la bebida en ocasiones se viste de expreso, americano, de café moca, de latte, etc. Su forma y su variedad se deben a que es un noble viajero que toma las costumbres y hábitos de quienes lo acogen.

Es tan avasallador y dulce como la compañía de aquellos ojos –con los que bebíamos café con arepita asada– y tan amargo como la desvencijada puerta que cruje cuando llegamos tarde a casa. No importa el clima, el lugar o el momento; lo que importa es el penetrante sabor que nos mantiene despiertos a la luz del sol o a la mirada de la luna; el café nos acompaña en la soledad, en una grata conversación o en un agradable paseo. Es la bebida aliada de las buenas canciones y del cancerígeno humo del cigarrillo. El hecho de que exista la posibilidad de gravarlo con IVA es un insulto para todos aquellos que dependemos de su espumosidad, de su fondo oscuro o de su plácida combinación con leche.

Según el ministro de Hacienda, Colombia solo tiene caja para seis o siete semanas por causa de la pandemia, sin embargo, el Gobierno, en su derroche, quiere gastar en aviones de guerra, tanquetas para el ESMAD, uniformes para la policía, imagen del presidente y de algunos de sus ministros. Así mismo, se gasta en un programa sin sentido, aburridor y propagandístico, como el de Prevención y Acción. ¿Tenemos la culpa los adictos al café de los derroches del actual Gobierno? En un país como este, en donde su economía se levantó gracias a sus cafetales y a quienes lo cultivan, su tributación –y salir a decir que es un lujo– es una puñalada al corazón andino. Simplemente ni el matiz de las mañanas ni el paladar que lo prueba, serían lo mismo sin él. Aquí no se podría vivir sin este cultivo y esta bebida, por lo tanto, se debe exigir su canonización para que nunca vaya a prosperar tan profana propuesta.

Beber café es un rito, es una habitual práctica que nos ayuda a muchos a sobrellevar la vida sin tanta melancolía. Así mismo, contribuye al cruce de palabras y miradas silenciosas. La verdad no sé cómo podría vivir sin los seis cafés que bebo a diario: sin el que me acompaña con el desayuno y sin el que me impulsa a seguir la mañana. Tampoco podría vivir sin el café que bebo porque se me da la gana. Mucho menos sin aquel que, después del almuerzo, me libra del tedio del sueño. No sé qué haría sin ese cafecito que me prepara para la cena. Y, mucho menos, sabría qué hacer sin el café que me desvela hasta la madrugada y que me ayuda a escribir esta columna (tal vez, sin este último, lo que haría es dormir).

Propongo, más bien, que en la reforma tributaria graven con IVA las naranjas de Duque, pues hace el ridículo con ellas. Que graven cada palabra del ministro de Guerra, pues solo balbucea estupideces. Que graven con IVA el papel –que sea solo ese– con el que se piensa imprimir el libro de la Primera Dama, para que nunca se publique ni se lea. Que le pongan IVA al nombre de Álvaro Uribe Vélez, para que se empiece a dejar de escuchar o de leer su nombre en la política colombiana. Verdaderamente sería mucho más beneficioso que se gravaran a las disidencias de las FARC, al ELN, al Clan del Golfo… para que dejen de verse por ahí; reclutando y amenazando. Así mismo, se deberían gravar con IVA algunos de los tweets de Gustavo Petro (sobre todo los que tienen mala ortografía). Tampoco se puede olvidar que es necesario gravar a los medios amarillistas, para ver si empiezan a resignificar su profesión. ¡Ah!, y, sobre todo, que se grave solo el café que bebe Fajardo en las mañanas; el cual, estoy completamente seguro, debe ser tibio.

El café en Colombia tiene rostro de recua, de arriero, de ruana, de las manos que lo cultivan. Meterse con él, es meterse con los cafeinómanos y con aquellos que hacen parte de su producción. Supuestamente la reforma no era reforma, sino que era la ley de solidaridad sostenible: puro realismo mágico estatal. Ya sea reforma o ley de solidaridad, de lo que sí estoy seguro es de que este nuevo invento es, en parte, producto de un Gobierno que gasta a diestra y siniestra como cura repartiendo bendiciones. ¿Reforma tributaria? sí, para los pobres, y el café para los más ricos.

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Daniel Riaño García