América a la deriva

Las siete cumbres realizadas hasta la fecha solo dejaron fotografías desabridas, promesas incumplidas, hermetismo diplomático y acuerdos simbólicos. La octava no fue la excepción.

Opina - Sociedad

2018-04-17

América a la deriva

Aunque nuestros mesías fingieron todo lo posible para que nos tomáramos en serio la Cumbre de las Américas, eran nulas las expectativas puestas en la octava versión desarrollada en Lima.

Inicialmente la cumbre fue una loable intención de crear y poner en marcha un Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), erradicar la pobreza y la discriminación, garantizar el desarrollo sostenible y la protección del medio ambiente. Estos fueron los propósitos de la primera reunión diplomática continental realizada en 1994 en Miami.

La propuesta comercial se fue al traste en la cumbre del 2005 celebrada en Mar del Plata. El tridente socialista (Néstor Kichnner, Lula da Silva y Hugo Chávez) rechazó integrar los grandes motores económicos regionales de la época (Argentina, Brasil y Venezuela) en un área comercial común porque según ellos, favorecía los intereses del imperio yanqui. Mientras que la erradicación de la pobreza, la discriminación y las depredadoras prácticas productivas siguen siendo un propósito imposible de alcanzar con el modus operandi de la burocracia regional.

Las siete cumbres realizadas hasta la fecha solo dejaron fotografías desabridas, promesas incumplidas, hermetismo diplomático y acuerdos simbólicos. La octava no fue la excepción.

El 13 y el 14 de abril los presidentes de 35 países —a excepción de Donald Trump, que se quedó en la Casa Blanca jugando un videojuego de guerra; Nicolás Maduro, cuya invitación fue vetada por el gobierno anfitrión; Lenín Moreno, quien debió abandonar la cumbre por el asesinato de tres periodistas de El Comercio; Raúl Castro, que cederá la presidencia el 19 de abril y ahora será una voz en off en la película Latinoamérica y los jefes de Estado de Guatemala, El Salvador y Paraguay que tampoco asistieron por ocuparse de asuntos domésticos— se dieron cita en la capital limeña para aprobar medidas contra la corrupción y arrinconar políticamente a Nicolás Maduro.

Perú era la locación ideal para pronunciar la palabra anticorrupción: 22 días antes de la cumbre, aparecieron unos videos en los que funcionarios del gobierno ofrecían sobornos a congresistas de la oposición para evitar la destitución del presidente Pedro Pablo Kuczynski, quien días después dejaría vacante el cargo; Ollanta Humala, el expresidente que le entregó la banda presidencial a Kuczynski en 2016, pasa sus días en la cárcel, mientras investigan varios cargos de corrupción en su contra; Alejandro Toledo, presidente entre 2001 y 2006, está prófugo luego de que la justicia peruana lo condenara por tráfico de influencias y lavado de activos y Alberto Fujimori, el sanguinario que fue sucedido por Toledo e indultado hace poco por Kuczynski, también había sido condenado a 25 años de cárcel por violaciones a los Derechos Humanos y corrupción.

En líneas generales, el show de celebridades sin autoridad moral pronunciando versos trillados, instauró la monotonía ideológica y rechazó la diferencia en un espacio regional de deliberación. Además, descartó cualquier intento de recurrir al diálogo para solucionar, democrática y diplomáticamente, la crisis venezolana. Queda claro que gran parte de Latinoamérica —en especial aquellos países donde está enraizada la derecha más ortodoxa y neoliberal— seguirá por la vía de la confrontación, la adjetivación rimbombante, las sanciones económicas, las fracturas comerciales y los inútiles comunicados exigiendo cosas que no pueden garantizar ni en sus propios países; combustible suficiente para poner en marcha una maquinaria narrativa según la cual el chavismo teme un golpe de Estado planeado desde Estados Unidos.

Por otra parte, cuesta creer que los embajadores de la corrupción mundial sean capaces de acabar con ella, cinismo de sobra tienen para intentarlo. Acabar con la corrupción implica acabar con ellos: Con el presidente de México, Enrique Peña Nieto, quien aún no ha explicado por qué después de las revelaciones de corrupción en contra de Emilio Lozoya, funcionario de la petrolera estatal Pemex, el único que sufrió consecuencias judiciales fue el fiscal que tenía a cargo la investigación; con Juan Orlando Hernández, quien fuera reelegido, aunque la constitución de Honduras prohíba la reelección después de unas elecciones plagadas de vicios e irregularidades; con Mauricio Macri, el presidente argentino que amparó a su compinche Gustavo Arribas, director de la Agencia Federal de Inteligencia, cuando la Policía Federal brasileña lo acusó de recibir 850.000 dólares transferidos ilegalmente por una organización que lavaba dinero en ese país; con Michel Temer, quien sigue siendo presidente de Brasil a pesar de que el 95 % de la población desaprueba su gestión, de ser acusado por un exprocurador general de dirigir una organización criminal y ser grabado por un empresario negociando sobornos.

Los responsables de administrar el porvenir de América estuvieron dos días en Perú haciendo lo que mejor saben hacer: “Vendernos una imagen para que se la compremos con nuestros votos”, engañarnos, utilizar la crisis venezolana como cortina de humo, mientras sus países se derrumban, y decirnos que combaten la madre de todos los males, mientras negocian favores con empresarios y banqueros.

Los problemas de raíz, lo verdaderamente importante, quedó en un segundo plano. ¿Cómo reducir la brecha económica y combatir la desigual concentración de la riqueza? ¿Cómo vacunar la justicia, y otras instituciones, contra los intereses económicos y políticos de las élites? ¿Cómo diversificar la economía para no depender de las materias primas y las exportaciones a China? ¿Cómo desterrar la violencia de nuestras ciudades? ¿Cómo cortar el cordón umbilical que une las fuerzas militares y de seguridad con las estructuras criminales? ¿Cómo detener la destrucción de la Amazonía y otros ecosistemas? ¿Cómo solucionar la crisis migratoria, tanto en el centro como en el sur? ¿Cómo plantarle cara al desquiciado Trump? ¿Cómo ser realmente, en el discurso y en la práctica, verdaderas democracias? Son preguntas que nuestros Presidentes no respondieron, que no les interesa ni les conviene responder.

 

 

Imagen cortesía de Infobae.

 

 

 

 

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Juan Alejandro Echeverri
"No sabia que quería ser periodista hasta que lo fui y, desde entonces, no he querido ser otra cosa".