Amenazas y aprendizajes de una pesadilla llamada coronavirus

Luego de vivir en confinamiento durante meses, creo que ninguno de nosotros confiaría en la distancia como un agente que nos garantiza inmunidad. Considero también que mirar sin indiferencia los problemas que ocurren en cada rincón de la Tierra es, sin duda alguna, un valioso aprendizaje.

Opina - Cultura

2021-02-16

Amenazas y aprendizajes de una pesadilla llamada coronavirus

Columnista:

Andrés Restrepo Gil 

 

Con el pasar de las semanas nos alejamos cada vez más de un año que, desde cualquier punto de vista, merece la pena ser reconocido por su imprevisibilidad. En los primeros meses del 2020, aun cuando los sucesos parecían inminentes, no se pudo calcular la dimensión de lo que ocurriría días después: millones de individuos aislados, hospitales colapsados y miles de personas luchando por conservar su vida. Muchas de las cuales, como es sabido, perdieron y pierden la batalla. Y aunque hay países en los que la solución a esta crisis ya parece estar al alcance de una vacuna, es claro que nosotros no nos encontramos, ni de cerca, en el umbral de esta pesadilla.

Mientras al otro lado del mundo distribuyen con ahínco la vacuna, nosotros debemos esperar estoicamente a que, por fin, las primeras inyecciones lleguen al país. Incluso cuando el problema no parece estar resuelto y los hospitales siguen colapsando, al tiempo que el invisible virus corre con pasos de gigante, valdría la pena preguntarnos si acaso hemos aprendido algo del dolor que ha dejado el trasegar despiadado de esta pandemia.   

Si fue imposible medir los alcances de lo que provocaría este virus, es inverosímil pensar que podremos calcular aquello que aprenderemos de esta crisis, cuando todo, por fin, termine. Si lo que hemos de aprender no lo hemos aprendido aún, es improbable que lo hagamos luego de que todo termine. Por lo anterior, me gustaría especular y arriesgarme con esta columna a divagar, no sobre lo que aprenderemos, sino sobre lo que, creo yo, ya hemos aprendido. Para ello, me gustaría hacer memoria sobre un par de sucesos que ocurrieron, hace relativamente poco.

Hace un par de semanas, 10 000 casos fueron descubiertos en China, ya no de COVID-19, sino de brucelosis, una bacteria que se escapó durante el 2019 de una farmacéutica dedicada a la fabricación de vacunas para animales. Hasta donde se sabe, la bacteria proviene de ovejas, vacas o cerdos y provoca fiebre, gripe o dolor de cabeza. Meses atrás, el mundo podía constatar la aparición de una plaga en EE. UU., el avispón asesino, una especie que bien podía destruir un panal de abejas en un par de horas y matar a una persona con un par de picaduras.

Tales noticias, generalmente, venían acompañadas de las preguntas que, quizá, muchos de nosotros, luego de ver los alcances de un virus, nos hacemos: ¿podrán dichos seres, capaces de quitarle la vida a un hombre, alcanzar las fronteras colombianas y representar, al lado del virus, otra amenaza para nuestras vidas? Al igual que con el avispón y la brucelosis, las preguntas se repiten con todo un conjunto de amenazas aparentemente lejanas: Nipah, Nororavirus o la Enfermedad X.

Imaginemos por un momento que el día de mañana es descubierto una nueva clase de plaga en el rincón más recóndito del Tíbet, ¿aguardaríamos en calma, cobijados por la convicción de saber que la distancia nos protege y los kilómetros nos sirven de refugio? Luego de vivir en confinamiento durante meses por un virus que nació en un mercado al otro lado del mundo, creo que ninguno de nosotros confiaría en la distancia como un agente que nos garantiza inmunidad. Considero también que mirar sin indiferencia los problemas que ocurren en cada rincón de la Tierra es, sin duda alguna, un valioso aprendizaje. 

Sabernos vulnerables y expuestos a aquello que les ocurre a los otros es reconocer una suerte de vínculo que ninguna frontera o ningún océano logrará cortar. Como afirmó el filósofo esloveno Slavoj Žižek, con relación a la crisis actual, todos «ahora estamos en el mismo barco». Tal vez siempre hemos vivido sobre la misma embarcación, pero solo hasta ahora podemos digerir y aprender con amargura y alegría, con felicidad y esperanza, que en el océano de la historia y de la vida, toda la humanidad comparte un mismo navío.

 

Ilustración: cortesía The Guardian 

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Andrés Restrepo Gil
Filósofo de la Universidad de Antioquia y estudiante de Maestría en Educación en la misma universidad. Ha publicado columnas de opinión en diversos medios de comunicación nacional. Interesado en la historia y la literatura.