A Medellín se la llevó el Diablo

Todo indica que la salida de la caverna y, por tanto, la llegada a la modernidad en Antioquia y, en particular, en Medellín va a ser un parto difícil.

Opina - Política

2020-11-22

A Medellín se la llevó el Diablo

Columnista:

Armando López Upegui

 

Artículo 19. Se garantiza la libertad de cultos. Toda persona tiene derecho a profesar libremente su religión y a difundirla en forma individual o colectiva. Todas las confesiones religiosas e iglesias son igualmente libres ante la ley.

—Constitución Política de Colombia.

 

Todo indica que la salida de la caverna y, por tanto, la llegada a la modernidad en Antioquia y, en particular, en Medellín va a ser un parto difícil.

Aquí, hace meses, en una manifestación de intolerancia y premodernidad regional, un perfecto atarbán, prototipo del arrogante agresivo, machista y mal padre, inseguro sexual que tiene que estar haciendo alarde de su condición masculina, desmontó y volvió jirones, una bandera policromática del movimiento LGTB, porque ella no representaba la muy católica y heterosexual tierra paisa.

Antioquia es una región en la cual hay tres «erres» que no nos han dejado llegar, no digamos al siglo XXI, sino al siglo XX: la riqueza, la religión y la región, han generado un producto humano sui géneris en el concierto nacional. Nadie en el país más amigo de «la plata» que los hijos de Antioquia, venga de donde venga y prodúzcase como se produzca. Igualmente, nadie en el país más rezandero y «lambeladrillo» que el antioqueño promedio y, finalmente, nadie más regionalista ni más quisquilloso cuando le mientan su terruño, que el antioqueño.

Es un talante reaccionario, impermeable a la tolerancia, a la apertura mental.

Y no porque en Antioquia no haya habido exponentes del pensamiento libre y avanzado. Hombres y mujeres como Pascual Bravo, Baldomero Sanín Cano, Camilo Antonio Echeverri, Juan de Dios Uribe – llamado el Indio Uribe — Fidel Cano, Alejandro y Libardo López Restrepo, Antonio José Restrepo, Betsabé Espinal, Jorge y Tomás Uribe Márquez, María Cano, Débora Arango, entre muchos otros, marcaron el pensamiento y la acción libertaria en Antioquia.

Pero ellos fueron y han sido, cuando no borrados o silenciados, sí ignorados por la historia oficial del departamento, para exaltar en su lugar como los más preclaros exponentes de Antioquia a los paladines del pensamiento oscurantista y reaccionario, como Marco Fidel Suárez, la Madre Laura Montoya, Mariano Ospina Pérez, José María Bernal – llamado Chepe Metralla – Fernando Gómez Martínez, entre otros, cuando no a oscuros sujetos, también de estirpe antioqueña, de la talla de Pablo Escobar Gaviria y Álvaro Uribe Vélez.

Por eso no es extraño que ahora, cuando la alcaldía pretendió hacer un reconocimiento a la diversidad cultural del país, esa mentalidad goda, reaccionaria y provinciana, aflore y reaccione con inusitada e injustificada ferocidad y furia.

En efecto, dentro del proyecto del embeleco anual del alumbrado navideño, a la alcaldía de Medellín y a la dirección de las Empresas Públicas se les ocurrió realizar un reconocimiento a la diversidad de la pluriétnica y multicultural nación colombiana, utilizando para ello referencias a los diversos certámenes carnavalescos que se realiza en las regiones. Obviamente, en el inventario de los jolgorios pueblerinos estaba el Carnaval del Diablo, que se celebra en Riosucio (Caldas) en los primeros meses de cada año.

Y quién dijo miedo. La godarria antioqueña, profusamente engrosada por los viudos del poder local, los miembros del autodenominado Centro Democrático y los sectores más clericales y camanduleros pusieron, literalmente el grito en el cielo y armaron tal escándalo que las autoridades locales, amedrentadas, corrieron a desmontar al pobre Diablo de su pedestal urbano.

El hecho no pasaría de ser un risible episodio de lo que aquí llamamos «montañerada» o simple provincianismo, si no llevara aparejado un síntoma grave de intolerancia religiosa y una evidente violación del art. 19 de la Carta Política, que consagra el derecho fundamental a la libertad de cultos y creencias.

Porque resulta particularmente significativo que, mientras los cultos disidentes son excluidos en los medios de comunicación regionales, por el canal oficial de televisión departamental, se transmite las ceremonias religiosas católicas de la semana santa, de la novena de aguinaldos y de cuanta misa o eucaristía, organizan abusivamente los servidores públicos de la gobernación o de la alcaldía.

Y se arma ahora semejante escándalo porque se exhiba la figura del Diablo en un lugar público.

Es que la libertad de cultos implica el derecho que todas las personas tienen de profesar creencias y practicar la religión que mejor les parezca, o no profesar ninguna, siempre y cuando no se vulnere ningún derecho ajeno. En otras palabras, si usted estima válido adorar ángeles o demonios, o sapos, o estrellas, eso es asunto suyo. Lo único que se le exige es que no realice ritos ni ceremonias que involucren o supongan la violación o vulneración de un derecho ajeno, vale decir, ceremonias que impliquen supresión de vidas, o afectaciones a la integridad moral o personal o a la libertad de las personas o de los animales.

Exhibir una imagen del Diablo, protagonista de un carnaval homónimo en un municipio caldense, no está afectando ningún derecho de nadie. En cambio, imponer a la brava la mentalidad religiosa y tradicionalista de las castas empresariales y terratenientes antioqueñas sí constituye una flagrante violación de los derechos y las libertades fundamentales de los ciudadanos.

Por eso, la alcaldía y la dirección de Empresas Públicas no han debido ceder ante esas presiones insulsas y arbitrarias, porque de permitir que estas actitudes se conviertan en parte del paisaje y estos energúmenos sigan imponiendo sus criterios religiosos o sexuales, tendremos entonces que concluir que, a Medellín, verdaderamente, se la llevó el Diablo.

 

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Armando López Upegui
Historiador, Abogado, Docente universitario y Maestro en Ciencia política.