Solo Dios y los imbéciles no se equivocan ni se retractan

El problema es que ninguno, en la izquierda o en la derecha, ha estado dispuesto a aceptar sus errores, pedir perdón y comprometerse a no repetir.

Opina - Política

2018-03-26

Solo Dios y los imbéciles no se equivocan ni se retractan

Este refrán o dicho popular, “Solo Dios y los imbéciles no se equivocan ni se retractan”, ha generado no pocas confusiones. Hay quienes lo consideran “herejía”, porque bajamos a Dios, a la categoría de los imbéciles, pero no, lo que indica la frase es que todos los humanos nos equivocamos, y nos equivocamos por lo limitado que es nuestro conocimiento, por tanto la equivocación es oportunidad de aprendizaje para no volver a errar, por lo menos no con relación al mismo aspecto.

“Tropezar 2 veces con la misma piedra”. ¿Si ya conocemos el camino, cómo es posible que podamos volver a tropezar en el mismo lugar y con la misma piedra?  Si no aprendemos a la primera, debe ser que rayamos en la tontera o la imbecilidad, lo que nos haría proclives a la negación de nuestros errores, es decir nos elevamos a la altura del cielo, de las deidades, de Dios que sí es perfecto. Luego, no es herejía lo que se busca con esta frase, es identificar la incapacidad para reconocer conductas negativas, errores, ignorancia o maltrato a los demás y, en consecuencia, no corregimos, no superamos, no crecemos, y por tanto no aprendemos.

En terreno electoral lo primero será entender, cuáles han sido nuestros errores como electores, como ciudadanía, para ver si podemos corregir el rumbo el próximo 27 de mayo, y sacar a Colombia de ese marasmo en que se encuentra sumergida, con presidentes y candidatos tan cuestionados.

Antes de referirnos a los imbéciles en el poder, miremos nuestra propia imbecilidad. No votamos porque en “este país no hay democracia”, “porque todos son corruptos”, “porque nadie es bueno y nadie sirve”. Excusas para no cumplir con nuestro deber, porque eso es más fácil que interesarnos por aquello que pasa dentro y fuera de nosotros. Hay quienes afirman que lo que nos hace falta es una guerra civil urbana que nos ponga en las peores condiciones, para entonces tomar la decisión de levantarnos y reedificarnos.

No quiero que ese sea mi futuro y mucho menos el de mis hijos, ni el de las generaciones por venir. Así que la primera decisión importante es votar.  Si 30 millones de colombianos se toman las urnas, no habrá trampa que valga en la Registraduría, ni lechona ni tamal ni 50 mil ni puesto o contrato que valga.  Si 30 millones de votos llegan a las urnas, el 27 de mayo de 2018 pasará a la historia de Colombia como el gran día, en que la ciudadanía dio un Golpe de Estado a la corrupción, a la Guerra, a los de siempre, a aquellos que desligaron su suerte de la del resto del país. 

La pregunta ahora es, ¿Cómo elegir bien?, ¿Cómo no equivocarnos con esta decisión tan importante? Fácil: siendo conscientes. Fernando Savater en “Ética para Amador”, enseña que todo el tiempo tomamos decisiones, pero la mayoría de ellas, de manera inconsciente, como cuando en lugar de levantarnos con el timbre del despertador nos damos la vuelta, nos metemos bajo la cobija y pensamos que podemos dormir 5 minutos más, pero no, esa decisión inconsciente puede echarnos a perder el día a nosotros y a todas las personas que contaban con nosotros, esas personas que se quedaron esperando, porque llegamos tarde o no llegamos.

Nos convertimos en el compañero, esposo, padre, madre, empleado, en quien no se puede confiar, y podríamos también pasar a engrosar la cifra de desempleados, sin embargo la culpa será de los demás, porque nosotros somos perfectos, como Dios, no nos equivocamos.

Subamos el nivel de las decisiones. ¿Celebramos la revolcada-payasada de James en la cancha, como si el jugador contrario hubiese cometido una falta cuando sabemos que no la hubo? La mayoría dirá que sí, que los técnicos incluyen estas estrategias en los entrenamientos. Hablamos de juego limpio, pero si algo se hace en una cancha es engañar, mentir y claro, también golpear, meter zancadilla. El juego limpio es obligación de los otros, lo nuestro es viveza. No señores y señoras, lo incorrecto es incorrecto aunque nos beneficie.

¿Entonces el escándalo de Odebrecht no es nada cuando salpica a Santos, pero es terrible cuando el “untado” es Uribe? Y ese mismo rasero usamos para medir a las víctimas, ¿Si el muerto es de izquierda merecía ser asesinado, pero si es de derecha es un prócer de la patria? Y lo que es peor, ¿Con estos mismos criterios elegimos esposo, amigos, presidente, alcalde, etcétera?

En los debates presidenciales Iván Duque aprovecha toda oportunidad posible para recordarle a Gustavo Petro su pasado guerrillero, y el desmovilizado del M-19 responde que nunca empuñó un arma, que nunca mató a nadie, en cambio él sí fue torturado por ese Establecimiento, al que pertenecía el papá de Iván Duque.

Yo preferiría un Gustavo Petro, así como un Timochenko, que hubiesen aceptado su equivocación cuando optaron por la guerra, me gustaría escucharles decir que fue una mala decisión, por todos los muertos causados, y porque el país sigue igual o quizá peor, a pesar de sus buenas intenciones. Algunos de los paramilitares y guerrilleros que hicieron su proceso de reintegración han aceptado el error de la guerra y hoy sirven a la sociedad desde diferentes frentes. Álvaro Uribe trinó alguna vez que pudo cometer errores, pero no ha confesado ninguno.

La paz se edifica sobre 3 preceptos, verdad, justicia y reparación; si bien las víctimas merecen justicia y reparación, ellas y nosotros lo que más reclamamos es verdad, porque con verdad nuestras decisiones estarán basadas en la realidad y no en construcciones falaces.  El problema es que ninguno, en la izquierda o en la derecha, ha estado dispuesto a aceptar sus errores, pedir perdón y comprometerse a no repetir.

Petro debería saber que aunque no haya empuñado un arma contribuyó a la toma de decisiones militares que pudieron causar mucho dolor. Debería también aceptar que se identificó con los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, que hoy es consciente de los defectos del modelo venezolano; Vargas Lleras debería reconocer que desde su llegada a Cambio Radical sus congresistas han sido los más cuestionados; que la gente humilde le resulta insoportable, que las casas gratis entregadas a lo largo y ancho del país se construyeron en los peores terrenos, con los peores materiales y con cuestionados constructores, y que el Fiscal General es un títere tan suyo como de Luis Carlos Sarmiento Angulo; Iván Duque debería aceptar que su candidatura será el tercer gobierno de Álvaro Uribe y que sus recientes anuncios, como la reducción de las altas cortes a una sola, es un mandato del úberrimo.

Piedad Córdoba también debería declarar su error al haberse hecho tan cercana al régimen venezolano; por su parte Sergio Fajardo debería reconocer su vena neoliberal, su error al privatizar EPM, y comprometerse con un giro en esa política para beneficiar a la gente y no a unas élites, propósito en el que están quienes hacen parte de la Coalición Colombia. Finalmente, Humberto de la Calle, también de vena neoliberal, debería reconocer sus errores como ministro del Interior de Andrés Pastrana, ningún ministro de los gobiernos pasados, es del todo inocente y libre de culpa, aunque la negociación con las FARC haya podido morigerar su neoliberalismo.

Siendo conscientes de la realidad de cada candidato, de sus actuaciones y de sus reales actos de contrición, resta una mirada hacia adentro de nosotros mismos, para renunciar a lo deshonesto, a lo fácil, a la justificación de lo injustificable, a los atajos, y así, según nuestro real saber y entender, votar por el que mejor nos parezca en primera vuelta, en la segunda, las consideraciones seguramente serán otras.

Recuerden, “Solo Dios y los imbéciles, no se equivocan ni se retractan”, los demás estamos sujetos a la equivocación y el cambio. El país está en nuestras manos, no en las de dos o tres candidatos que buscan alianzas para sumar votos, a ellos les interesa el poder, a nosotros debe importarnos el país.

 

 

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Alicia Sarmiento
Periodista, abogada de la Universidad Santiago de Cali y libre pensadora.