Retoques, roce social y autoestima

La sociedad también es el reflejo de cada una de sus partes, pues en el fondo, es solo una putrefacción repleta de quimeras disfrazadas de verdad.

Opina - Sociedad

2019-04-19

Retoques, roce social y autoestima

Mujeres con curvas perfectas o extremadamente delgadas, con la piel bronceada y cabellos saludables. Hombres atléticos, con glúteos apetitosos, vientres planos y músculos marcados. Estos modelos de perfección física y estándares de belleza que nos exige la sociedad están disponibles para todos: filtros fotográficos, Photoshop, maquillaje, etc. Cientos de programas y herramientas para “mejorar” nuestra imagen, tenemos en nuestras manos los instrumentos para ser perfectos. Imaginariamente perfectos.

Susan Hills es una modelo de 20 años que tenía más de 150.000 seguidores en su cuenta en Instagram. Cansada de ver en sus fotos tan solo una imagen que vende pero que no muestra lo que realmente es y siente, en el 2017 decide editarlas y en cada una de ellas comentar lo que le sucedía al momento de tomarlas. La muñeca de plástico se derritió abriendo paso a una Susan humana, llena de depresiones y complejos debajo de ese cuerpo envidiable.

Se evidenció el ejercicio de una mujer que se vio al espejo, se reconoció imperfecta, odió su imagen social y se atrevió a divulgar su arrepentimiento. El resultado: una ola de comentarios apoyándola y cientos de seguidores antiguos que le dieron la espalda.

Iryna Vasylchenko es una modelo ucraniana de 28 años, reconocida porque también exhibía sus atributos en esa red social, con un éxito reflejado en los más de 300.000 seguidores que tenía. Sin embargo decidió que ya no quería seguir siendo esa mujer que no era y que aparecía en sus fotos. Empezó a fotografiarse en su estado natural, sin una gota de maquillaje, ni filtros o retoques, en los trajines cotidianos, inclusive haciéndose un examen de colon.

Todo para que sus seguidores vieran quién era ella realmente y que detrás de su voluptuoso y perfecto cuerpo estaba Iryna, la que sufría de acné, la común y corriente, la terrenal. No obstante, contrario a lo que ella creía y nosotros podríamos imaginar, presentarse auténtica no le trajo apoyo, todo lo contrario, solo en la primera semana perdió miles de seguidores.

Carolina Doyle es una chica argentina que en la misma red tenía 300 seguidores. Para complacerlos y conseguir más, busca tomarse buenas fotos. Acomoda la iluminación para ocultar algunas de sus imperfecciones, prueba distintas poses, hasta que por fin luego de diez tomas, logra una en la que siente que sale medianamente bien.

Busca entre quince filtros distintos uno que le dé un efecto nacarado a su piel, recorta y pega, vuelve a escoger filtro, le matiza la luz y, voilá, cuelga su foto. Espera la aprobación de sus seguidores y ansía batir con esta foto su record de 30 likes que recibió la última.

¿Una imagen dice más que mil palabras? ¿Qué nos querrá decir una imagen en donde lo que se ve no es ni remotamente parecido a la realidad? ¿Una gota de hipocresía? ¿Teatralidad? ¿Palabras falsas, armadas alrededor de un físico impropio? Todas las anteriores, diría yo.

Nos ponemos detrás de una lente y deformamos nuestra propia imagen, distorsionándola cuidadosamente para colgarla en las redes sociales, mostrando la realidad como una mentira. Todo con tal de alcanzar esos paradigmas de belleza y ser aclamados socialmente, pero de lejitos.

Somos la metáfora contraria de Dorian Grey, el personaje de Oscar Wilde, que deambula por los salones sociales con un físico perfecto y guarda en la buhardilla su imagen inmunda extremadamente deteriorada por los vicios, el morbo, la insania.

Nosotros, a este lado de la mentira, estamos tocando fondo gracias a la inversión de los valores que exacerban el culto a la imagen. Nos obligamos a hacer de la mentira nuestro alimento para ser aceptados bajo la presión del implacable juicio social. A su vez, la sociedad también es el reflejo de cada una de sus partes, pues en el fondo, es solo una putrefacción repleta de quimeras disfrazadas de verdad.

 

 

Yania Tenorio
Músico, de los que tocan y de los que enseñan. No sé escribir, pero estoy aprendiendo a componer.