¿Por qué no irse de Facebook?

Se supone que administramos una vida afuera de las redes sociales. Estas vendrían a ser las salas de prensa o las vitrinas de esa vida, donde desempeñamos luchas locales, regionales, nacionales.

Opina - Sociedad

2018-04-20

¿Por qué no irse de Facebook?

Facebook tiene muchos defectos. Es inseguro, frívolo, de impacto efímero. La mayoría de plataformas donde operan las redes sociales de internet comparten esas falencias.

A raíz del escándalo desatado por Cambridge Analytica, quien se sirvió de información brindada por millones de personas unidas a Facebook, para manipular decisiones políticas (el Brexit o la elección del siempre patético Trump), tal como lo hacían con los comerciales, se descubrió que, además de superficial, Facebook es muy inseguro.

El asunto es que internet mismo resulta, por sí, absolutamente inseguro.

Y precisamente por esa razón, por el matiz pedagógico que encierra, no debería abandonarse a Facebook.

Se supone que administramos una vida afuera de las redes sociales. Estas vendrían a ser las salas de prensa o las vitrinas de esa vida, donde desempeñamos luchas locales, regionales, nacionales. El carácter de foro para discutir, de tinglado para exhibir cuánto hacemos y pensamos, puesto a disposición de muchas personas como arma de doble filo, permite el encuentro con seres afines o con auténticos contradictores. El inevitable contacto humano.

La inestabilidad, la honda falta de privacidad que enarbolan las redes, son un desafío para nuestra propia capacidad de discernimiento y de sigilo, no solo porque invitan a gestionar mejores actividades y pensamientos reales (qué debemos mostrar o qué deberíamos conocer con más rigor antes de opinar), sino porque la privacidad misma, como concepto, entra en situación.

Si sabemos que estar en Facebook implica ser invadidos por una feroz publicidad y por mensajes engañosos, depende de nosotros (siempre ha dependido de nosotros hasta la mera consulta completa de eso que se llama «Política de Privacidad») si vulneramos a otros o no, si incluso nos vulneramos a nosotros mismos o no en público, a sabiendas de que algunas discusiones deben darse a kilómetros de internet, por ejemplo la intención de voto, las penurias personales, los descalabros que cualquiera comete.

Tribuna ligera, Facebook ha enseñado involuntariamente desde sus inicios, una serie de mecanismos para ejercer cierta especie de cosmopolitismo; no obstante también ligero, que debe ser asumido, gran paradoja, con toda la seriedad posible. Esta lección se puede notar con claridad en circuitos artísticos o literarios, donde la creación de Zuckerberg y sus condiscípulos pasó de ser tramoya de vanidades a una herramienta casi indispensable.

No solo se dan a conocer las novedades editoriales, o muestras, exposiciones y presentaciones, sino que se establecen encuentros, se ejercita la crítica o se comparte información variada. Los artistas, y casi toda la población de este mundo, son histriones. Necesitamos ser observados. El producto de nuestro arte, sea necio o bien ejecutado, también.

Sería muy ingenuo sobrepasar los límites «farandulescos» de Facebook para enfrentar combates que deben darse en la vida cotidiana, sensorial, dolorosa, menos espectacular.

Quizá Facebook ha forjado una horda de top models amateurs, de aficionados a las artes que se tienen mucha fe y se consideran a sí mismos como artistas o pseudoexpertos en política. Pero también ha permitido que millones de personas entren en contacto alrededor del planeta.

Hasta el día en que toque pagar por todo el internet, conviene usar las redes con la prevención adecuada. Al menos para no sentirnos solos durante unos minutos. O para compartir dónde comimos o con quién estamos.

Es irónico este reto tan propio del nuevo siglo: Concebir y manejar con profundidad un instrumento que es, en su esencia, superfluo.

No será tarde para que los algoritmos que residen dentro de nuestros cerebros logren llevarse bien con el algoritmo de Facebook.  Sin importar el número de «Me gusta» que acumule, esa tarea fundamental para nuestro devenir social, hasta ahora inicia.

 

 

Imagen cortesía de Wccftech.

 

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Darío Rodríguez
Ese es el problema.