Mea culpa al futuro de Colombia

Perdónennos por no saber aprovechar las bendiciones y ventajas que tenemos como país y nos dedicamos a valorar cosas efímeras, superficiales e intrascendentes. Nos alejamos del mundo y nos cerramos a aprender de las experiencias de otros seres humanos en otras latitudes.

Emociones - Emociones

2021-05-17

Mea culpa al futuro de Colombia

 

Columnista:

Darío Hernández Orjuela

 

Mea culpa porque somos culpables. Nosotros, nuestros padres y abuelos. Los que crecimos en esa tierra rica de recursos y regada con sangre que, como una novela de Gabo, se ha descrito este lugar tan mágico y absurdo que nos ha vuelto ciegos, olvidadizos y crueles. Donde lo irreal y lo absurdo está a la vuelta de la esquina, en el corazón de las urbes o perdido en la espesura del campo y la selva.

Mea culpa porque idolatramos a los avivatos, los tramposos, los inmorales y ladrones. Convertimos a los villanos en héroes, e hicimos de nuestros mártires solo nombres que se repiten en las marchas y en pequeños homenajes que no alcanzan a darles el lugar que se merecen en la historia.

Mea culpa porque hicimos a los valores y la fe, una excusa para discriminar al que piensa diferente habla diferente, se ve o ama diferente. Nos volvimos cínicos escudándonos en una supuesta disciplina y buena conducta que iba de la mano de una doble moral y la incapacidad de discernir lo que realmente es bueno, justo y necesario para construir una sociedad honesta y feliz.  

Perdónennos por no saber aprovechar las bendiciones y ventajas que tenemos como país y nos dedicamos a valorar cosas efímeras, superficiales e intrascendentes. Nos alejamos del mundo y nos cerramos a aprender de las experiencias de otros seres humanos en otras latitudes, que le han dejado un legado y una experiencia al mundo, de cómo afrontar estos males que nos hacen sufrir una y otra vez en nuestra propia línea de tiempo. 

Somos todos culpables por convertir este paraíso en un infierno. Somos culpables de abandonar sus sueños por el egoísmo de vivir en el presente. Por eliminar el básico sentimiento de la empatía de nuestra propia humanidad. De ser indolentes con el prójimo y creer que la gente de bien es aquella que vive en un eterno círculo violento de autoprotegerse armado detrás de un estatus y una camioneta de alta gama. Donde el humilde, el indígena, el gay o el ateo son seres despreciables que deben ser eliminados por no ir por los caminos de su dios, que no es el mismo de las madres que han perdido a sus hijos, de los padres que luchan cada día por traer el pan a la mesa de forma honesta. No es el mismo Dios del inmigrante que lo ha dejado todo por tener calidad de vida.

Espero que nos alcance la vida para ver ese país que tanto nos dio miedo tener. Ese país que ustedes empezaron a construir con su voz, valentía y sangre. Estamos prestos con humildad a cambiar, a luchar y a dejar nuestras propias vidas para que tengan el país que necesitan. Porque al ver a los ojos de mi hija, siento que no existe más camino que esta revolución de paz. La historia es testigo de nuestros errores, pero también lo es de su valentía y fortaleza.

Espero que nos perdonen, queridos hijos, por empujarlos a vivir esta tragedia, pues nuestro corazón está con todos los que vendrán y romperán esta rueda interminable de locura y terror.

Algún día, la verdadera gente de bien seremos todos.

 

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Dario Hernández
Escritor de novelas. Contrera, despatriado, exiliado y ácrata. Ni militante, ni hincha, ni creyente.