La mágica realidad de una patria en guerra

Opina - Conflicto

2016-12-16

La mágica realidad de una patria en guerra

Las impresionantes estadísticas de muertes y atentados que deja la guerra en Medio Oriente parecen apenas afectar la sólida gallardía del grueso de la sociedad colombiana que, aparentemente, está dispuesta a continuar en conflicto. Ni siquiera las exorbitantes cifras de cruces sembradas en sus cementerios durante la época de La Violencia han servido para mermar el deseo dantesco que tienen muchos de seguir gastando balas. Solo en Tuluá, contaba Álvarez Gardeazábal, hubo 3.569 muertos en los años cincuenta.

Colombia es un país raro. No solo se escucha el grito nocturno de una madre herida clamando porque aparezca su hijo en todos los pueblos del litoral caribe, sino que también, el hecho de que los personajes políticos protagonistas de la agenda pública nacional tengan capacidades sobrenaturales (en este rincón del mundo hemos sido dotados de cualidades únicas). Algunos actores de la vida política han sido capaces de convertir el agua en vino y de tornar discutible lo indiscutible, casi con la intención de parecerse más a Jesucristo que a lo que en verdad son, es decir, senadores.

Gracias a los incomparables esfuerzos de un partido político, hoy este país no sabe si vivir en paz es bueno o malo. Es evidente que solo en Colombia se pueden invertir los valores morales y tener la guerra por benéfica y la paz por perjuicio, ningún otro país del mundo en situación de beligerancia, ni siquiera Siria, puede pavonearse de ostentar semejante título.

La excusa perfecta es que los resultados del 2 de octubre fueron manipulados por una campaña sucia de desprestigio; no obstante, no podemos dejar pasar que el 37,43 % de personas habilitadas salieron a votar (según datos de la Registraduría), y no eran precisamente micos al momento de marcar: fueron animales políticos dotados de un intelecto de millones de años de evolución los que, engañados o no, decidieron apoyar al No. Puede que la evolución nos haya jugado una mala pasada, como a los chinos, que han conseguido erigirse como potencia mundial bajo un estricto régimen comunista en menos de un siglo; ellos sí que no saben qué es vivir cien años de soledad.

Hoy, a pesar de la firma e implementación en curso de los Acuerdos de Paz, no puedo dejar de mirar con extrañeza a las palomas que aterrizan en mi patio. Ellas ─sin intención de convertirse en símbolo de una nueva era─ ni alcanzan a imaginar que podrían ser desplazadas de la misma Plaza de Bolívar y hasta de Colombia entera, cual campesinos asediados por representar un convenio que la mayoría de la población no aprueba. No es nada descabellado sospechar que algún nuevo partido de oposición promueva la iniciativa de declarar a las palomas animales no gratos y de retirarles la divinidad virginal que el espíritu santo les concedió hace tanto tiempo.

El tan nombrado avance tecnológico no ha ayudado en nada a solucionar nuestras contradicciones: si ayer nuestros bisabuelos se mataban en las puertas de las casas por ser liberales o conservadores, hoy el pan de cada día es el insulto en la red social, o el vídeo despotricando del otro. En el 2016 somos especialistas graduados en objetar qué está bien y qué no, mientras que la nación camina sangrando hacia un futuro incierto del que nadie da razón, del que nadie es responsable pero donde todos tienen autoridad para reprochar.

No sería inaudito si en los resultados de un detallado examen médico solicitado a los congresistas se les encuentre a unos colas de caballo, y a otros cerebros de gallina; la culpa no sería de la confundida democracia que se queda dormida en su silla de lo vieja, hay que culpar primero a los electores mismos por escoger como representantes del pueblo a unos híbridos que no son ni humanos ni animales del todo.

Por lo menos nos quedan los santos, si no es que un día de estos, en un genuino ataque de desesperanza por tantas señales ignoradas, deciden bajar de sus altares en todas las iglesias e irse a pedir asilo político al Vaticano en un improvisado éxodo apostólico mientras encuentran otro país menos desgraciado al que puedan servir con sublime júbilo patronal.

Rafael Medellín Pernett
Inquisidor.