La lucha anticapitalista es una lucha por la salvación del planeta y de la humanidad

El capitalismo no morirá de muerte natural, nunca caerá por sí solo. Habrá que sepultarlo, habrá que empujarle. La lucha anticapitalista es una lucha por la salvación del planeta y de la humanidad. 

Opina - Economía

2020-11-02

La lucha anticapitalista es una lucha por la salvación del planeta y de la humanidad

Columnista:

Javier Aldana Holguín 

 

El capitalismo se ha propagado por el mundo entero. Habita en la totalidad de los espacios geográficos del planeta. Invade, anida y se reproduce constantemente como un organismo vivo. A lo largo de su historia ha construido una creciente y siempre cambiante telaraña de cables de transmisión y de señales analógicas y digitales; de redes ferroviarias y de conexiones viales; de rutas de navegación que se dibujan por mares, océanos y cielos. Por su entramado circulan continuamente flujos de valor que conectan procesos moleculares de capital (inversión, producción, distribución, realización, acumulación) con las diferentes formas materiales que este adquiere: dinero, fábricas, máquinas, trabajadores, mercancías, ciudades, recursos naturales, etc. 

El capitalismo es una inmensa, caótica y potencial máquina de producción de ingentes lotes de riqueza, de mercancías, pero, ante todo, es una máquina de producción de valor y de beneficio. Si no consigue la ganancia esperada, no hay razón alguna para volver a encender sus motores y poner en funcionamiento sus engranajes productivos. Los flujos de valor que transitan por sus mecanismos se transforman constantemente para obtener el resultado de un mayor valor, de un plusvalor. En esta máquina poderosa y anárquica, el plusvalor solo puede ser logrado mediante la incorporación de la fuerza humana de trabajo viva y en acción—fuerza humana explotada porque se paga siempre por un menor valor del que realmente aporta y produce—. En el capitalismo lo que mueve al mundo no es el amor ni la bondad, es el plusvalor. 

Parecido a un prestidigitador, el capitalismo tiene la habilidad de crear falsificaciones, artificios, imitaciones. Puede crear dinero a partir de dinero. Se usa el dinero para producir más dinero mediante el pago de intereses o mediante la especulación financiera o monetaria. El dinero así, como un tipo singular de mercancía, se vuelve capital ficticio —es ficticio porque se presenta como flujo de valor generador de riqueza cuando no crea valor social ni riqueza material.

Además, los bancos centrales cuentan con el «sombrero del mago» del cual pueden sacar dinero a borbotones como por arte de magia —casi siempre lo usan para rescatar a los banqueros—. Por el mundo entero flota una gigantesca e incalculable cantidad de masa monetaria en forma de capital ficticio (capital financiero) que no se corresponde con la riqueza real existente y que se alimenta de títulos financieros sobre toda clase de cosas —la fotosíntesis de las plantas está financiarizada—, de especulaciones inmobiliarias y sobre acciones en bolsa; de endeudamientos colosales a personas, familias y países; y de una novedosa y compleja variedad de negocios propios de la más avanzada ingeniería financiera. Una verdadera orgía especulativa sucede al interior de los mercados financieros mundiales. El último gran bacanal se lo dieron con las subprime norteamericanas en el año 2008 y que hundió al capitalismo en una de sus peores crisis.    

Moviéndose en todas las direcciones posibles, el capitalismo convierte todo lo que toca en mercancía. Hasta las alas transparentes de la más pequeña mariposa pueden volar en búsqueda del valor de cambio. La expansión creciente de su tejido de valor choca inevitablemente contra los límites naturales de sus propias condiciones de reproducción. La «fábrica satánica» del capitalismo, denunciada así por Karl Polanyi en La gran transformación (1944), nunca había mostrado, como ahora, los efectos aterradores de una brutal y perversa mercantilización de la naturaleza: una extracción masiva de recursos a un ritmo violento; una devastación frenética a una escala inimaginable de ecosistemas primigenios; y una descomposición de las diferentes formas de vida que estos albergan. El capital, entregado a sus propias fuerzas, liberado a sus propios impulsos, desencadena la progresiva aniquilación del planeta.

Propagándose, extendiéndose, multiplicándose, el capitalismo traza la línea histórica de sus auges y sus caídas. Sus períodos de intensa productividad, crecimiento y bonanza derivan luego en largos períodos de estancamiento y debilidad. En las entrañas del capitalismo se agitan todo tipo de contradicciones que, como fuerzas amenazantes a la realización de la tasa de ganancia, requieren ser resueltas. 

Del mismo modo en que se expande, acumula y construye, la telaraña cambiante del capitalismo se contrae y destruye. Espacios que en un momento fueron virtuosos para el capital se convierten luego en eriales olvidados —la ciudad de Detroit es un caso emblemático—. Además, los flujos de valor y sus encadenamientos más ricos y dinámicos se ubican en lugares distintos del planeta configurando expansiones y movimientos desiguales a escala global. Se ha hablado del centro y de la periferia, del norte y del sur global, para ilustrar la desigualdad del desarrollo capitalista. 

En la máquina de producción capitalista las rotaciones de capital, el reinicio acelerado de sus procesos, han aumentado espectacularmente la productividad y desarrollado increíbles avances tecnológicos. Sin embargo, en vez de producirse abundancia, se produce sobreacumulación y crisis. La producción de valores de cambio se impone sobre la de los valores de uso —se produce por producir para obtener beneficio y no por satisfacer necesidades humanas—.

La cada vez mayor explotación y el abaratamiento de la fuerza de trabajo generan problemas en el acto de la venta y dificultades para la reinversión. Si los salarios siguen bajando, ¿quién va a comprar las mercancías que se producen? El hambre insaciable por la ganancia desplaza el capital real por el capital ficticio: el capitalismo deja de ser productivo, industrial, y se vuelve financiero, parasitario. En vez de registrarse una mayor igualdad en las sociedades, se registra un aumento de la desigualdad material. Hay mucha riqueza, máquinas, recursos y grandes posibilidades tecnológicas, pero sigue habiendo en el mundo desempleo, pobreza y hambre generalizada. El capitalismo es un sistema profundamente paradójico y desigual. 

Las crisis definen el malestar del capitalismo. Decía Marx que cuando las contradicciones alcanzan tal tensión y ya no pueden ser resueltas por «metamorfosis silenciosas», la «locura» invade el sistema. La unidad y la estabilidad alcanzadas devienen en rupturas y desequilibrios. Las esferas política, cultural, social son trastocadas y perturbadas, así como los espacios (local-global, nacional-supranacional) y los tiempos. Se abren disputas en las ideologías dominantes, cambios en los procesos políticos, fracturas en el orden establecido, esclarecimiento de los conflictos y luchas de clases. 

Las crisis del capitalismo han atestiguado el levantamiento de revueltas y barricadas, el surgimiento de rebeliones y revoluciones; como también las reacciones violentas a ellas. Los tiempos desajustados por las crisis son ricos en apariciones espectrales: en los tiempos del Manifiesto del Partido Comunista (1848), el fantasma del comunismo se cernía como una apuesta liberadora sobre Europa en momentos de profundos desequilibrios tectónicos de un orden capitalista industrial en ascenso. Muchos años después, el fantasma del fascismo advertía ya una amenaza a toda la humanidad en años posteriores a la Gran Depresión.

Desde hace mucho tiempo, el mundo está cubierto bajo una atmósfera de crisis. El siglo XX registra con las crisis el desarrollo cíclico del capitalismo y los proyectos político-económicos para tratar de gestionarlas: keynesianismo y neoliberalismo. Las crisis que en el pasado eran comerciales, o financieras, o de legitimidad política, y que sacudían las contadas sociedades capitalistas de su tiempo, hoy son crisis de la civilización: crisis que se prolongan «en una podredumbre sin final» sobre la totalidad del mundo. La crisis civilizatoria es el encuentro en un momento de la historia de todas las crisis del capitalismo: económicas, política y social, energética, ecológica, etc.

La catástrofe ecológica es hoy sin duda la crisis del capitalismo más peligrosa, pues amenaza con la destrucción del planeta y la degradación de la mayoría de la humanidad.  

La crisis que toca ahora es una crisis de la civilización. La concentración de la riqueza nunca había llegado tan lejos: Según OXFAM aproximadamente 2100 multimillonarios en el mundo poseen más riqueza que 4600 millones de personas. Los multimillonarios son cada vez más poderosos y se enriquecen a toda velocidad, mientras que el bienestar de las masas se estanca, se arruina y se degrada. Una clase capitalista consolidada detenta un poder de dominación de clase que parece no tener límites. La financiarización ha empujado una oleada mundial de endeudamiento jamás registrada. La caída de la productividad en las grandes fábricas del capitalismo entre 2018 y 2019 (China, India, Alemania, Reino Unido, EE. UU. y Japón) reflejan el desplazamiento de la inversión del gran capital hacia el sector financiero y anuncia nuevos malestares. La pandemia de la COVID-19 evidencia la fractura metabólica ocasionada por el capitalismo de la relación entre la especie humana con la naturaleza. 

Los espectros ya han aparecido. Un fantasma de autoritarismo, nacionalismo, xenofobia, racismo y antidemocracia ya se ha manifestado y se ha lanzado al ataque. La ultraderecha ha emergido como una alternativa política a los «excesos» de un capitalismo globalizado en crisis, prometiendo restablecer el orden y el retorno a los tiempos de unos años «gloriosos» en los que el rencor, el miedo y la desconfianza hacia el otro, —al extranjero, al ilegal, al refugiado, al pobre—, alimentaban llamamientos de unidad nacional acompañados por los militares en la calle y con líderes populistas transmitiendo cada día en modo streaming, algunos con Biblia mano.

Si el futuro existe en el capitalismo, este no dista mucho de parecerse a un futuro distópico en el que una mayoría de la humanidad, en un planeta enormemente devastado e infértil, es condenada a la desesperanza, a la pobreza, a la desigualdad y a la barbarie, en favor del capital.

Pero hay espectros de esperanza. La crisis civilizatoria también abre un periodo de enormes posibilidades para la lucha anticapitalista al nivel de todo el sistema. Las resistencias que por décadas fueron derrotadas, vencidas, encuentran ahora oportunidades para el contraataque. Los movimientos sociales emergen y convergen, a la vez que estallidos sociales se multiplican e inundan las calles con fuertes reivindicaciones en contra del capitalismo, del patriarcado, del racismo, del colonialismo, del imperialismo. Una rebelión popular mundial prepara su aparición. Son tiempos en los que se anuncian feroces y abiertas luchas y de resurgimiento de apuestas revolucionarias. 

El movimiento 15-M de los indignados en España (2011); Ocuppy Wall Street (2011); la Primavera Árabe (2010-2012); las protestas en Grecia (2010-2012); los chalecos amarillos en Francia (2018-2020); las manifestaciones en Ecuador (2019); el Estallido Social chileno (2019-2020); el Paro Nacional 21N en Colombia (2019-2020), el Black Lives Matter en los Estados Unidos (2020), entre muchos otros movimientos de resistencia, dan luz sobre las posibilidades de apertura en los espectros políticos de estrategias anticapitalistas y evidencian que el mundo demanda con urgencia una alternativa.

Daniel Bensaid, como el gran estratega político revolucionario del siglo XX que fue, nos proponía pensar el futuro abierto a lo contingente. Las salidas posibles son muchas. Una crisis del capitalismo no va a convertirse necesariamente en una crisis revolucionaria por sí sola. La capacidad de los actores revolucionarios para ejecutar acciones estratégicas lo suficientemente poderosas es lo que define la salida. Los movimientos de rebeldía que ahora inundan diferentes latitudes en el mundo deben convertirse necesariamente en movimientos verdaderamente revolucionarios. Se requiere de la acción de una fuerza anticapitalista coherente, organizada, con un proyecto político claro para convertirse en condición decisiva en el resultado. El compromiso individual es igualmente decisivo.  

El capitalismo no morirá de muerte natural, nunca caerá por sí solo. Habrá que sepultarlo, habrá que empujarle. La lucha anticapitalista es una lucha por la salvación del planeta y de la humanidad. 

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Javier Aldana Holguín