La juventud y su sana rebeldía

Hay que reflexionar sobre las consecuencias de la enferma personalización de los conflictos, que sirven como excusa para rehuirlos. De igual manera, esto refleja la cercanía que se suele tener con el odio, a través del estereotipo.

Opina - Política

2019-10-09

La juventud y su sana rebeldía

Autor: Manuel Felipe Álvarez Galeano

 

Recientemente, Greta Thunberg, una activista sueca de 16 años, ha tenido una significativa resonancia en los medios por su discurso sobre el implacable cambio climático y por su crítica al rol que un gran sector gubernamental de los países miembros de la ONU ha tenido frente a esta problemática.

Asimismo, ha sido tendencia la descalificación hacia ella por su ímpetu, y se ha acudido a su vida personal para tal propósito, hasta ver en la condición del Asperger, que se dice que tiene, la causa verdadera por la cual tomó su actitud vehemente en su oratoria —siendo así, ojalá todos tuviéramos dicho «mal», entonces—; incluso, se le ha tildado de que es una emisaria de los intereses de algunas ecoempresas.

Esto conlleva a reflexionar sobre las consecuencias de la enferma personalización de los conflictos, que sirven como excusa para rehuirlos. De igual manera, esto refleja la cercanía que se suele tener con el odio, a través del estereotipo.

Además, ha habido una avalancha de memes en que se registra otros jóvenes que no tienen el mismo balcón de Thunberg para poner su protesta frente a los problemas de la sociedad; sin embargo, no se piensa que su discurso puede representar la voz de muchos de estos jóvenes y alienta a discutir sobre otros fenómenos que se están dando y que merecen semejante atención.

Sin irnos muy lejos, a los muchachos que, como ella, tienen esa inclinación crítica hacia la realidad, en su ámbito sociopolítico, hay una locución cotidiana con la que se les suele tachar, rebeldes sin causa.

Los universitarios, a quienes se les reprocha su aliento fustigador y su constante inconformidad, resultan ser el bastión de la desavenencia en muchas reuniones familiares —ni qué decir en el marco electoral—, sobre todo cuando son la dichosa oveja negra; es decir, quien reta al letargo sistemático con que se ha levantado la sociedad a la que pertenecen.

Infortunadamente —sea dicho también—, un sector de los jóvenes universitarios pertenece a tendencias que tienen a la violencia como camino, ensanchando el círculo de odio y sin plantear estrategias de concilio dialógico; por lo que la sociedad introduce dentro de este mismo costal a los que creen en la paz como vía primaria y quienes despliegan esta como verdadera y sana rebeldía.

Infortunadamente, no les espera en su consciencia algo menos que un incendio remanente y que no es del todo favorable o desfavorable. José Ingenieros, en los intersticios del siglo pasado, les da una importancia vital en la construcción de nuevos paradigmas de transformación ética y política: «es misión de la juventud tomar a los ciegos de la mano y guiarlos hacia el porvenir».[i]

Puede notarse que la verdadera misión de la juventud no radica en forjar su espíritu imperioso de cambiar por sí solo, todo su contexto; sino también desde la importancia del diálogo con quienes, incluso, no están en su misma orilla política.

Dicho esto, vale aclarar también que el ahínco transformador de los jóvenes no implica, per se, que tengan siempre la razón: invariablemente, es necesario explorar en esa masa que critica —y a la que, quizá, pertenezca una parte o el resto de sus allegados— ideas que puedan servir para reconstruir esos principios que los constituyen como rebeldes, pero esta vez con causa; una causa centrada en parámetros útiles de su realidad (pues no toda esta implica necesariamente que se le vitupere) y en otros que sean discutidos y confrontados propiciamente. Esto es, en definitiva, una forma democrática de ejercer la rebeldía y, asimismo, de rehuir el estereotipo.

Es claro que el concepto de juventud es relativo y no se asocia con la edad; sin embargo, es necesario mantener el entusiasmo que se hereda de este momento de la vida, para no tragarse entera la realidad y evitar la manipulación y el miedo con que se puede ejercer la democracia, como asegura Ingenieros:

«La energía es virtud juvenil; quien lo adquiere precozmente, muere sin ella […] tiene la mente plástica para abarcar el panorama de la vida y el brazo elástico para vencer las resistencias ancestrales».[ii]

Esto plantea, por enajenado que parezca, que las nuevas generaciones tienen un rol pedagógico para con las anteriores, de las cuales han heredado gran parte de los perjuicios y prejuicios.

En una charla, el desaparecido periodista y humorista Jaime Garzón alienta a los jóvenes con una premisa: «Si ustedes los jóvenes no toman la dirección de su propio país, nadie va a venir a salvárselos»; y no difiere mucho de la acepción de responsabilidad que estos tienen frente a su futuro, pues serán estos y las generaciones venideras las que deberán asumir las consecuencias de lo que se logre o no se logre hoy e, incluso, los destrozos de las anteriores a la nuestra.

Por naturaleza, entonces, se comprende que el sustantivo «joven» denota mucho más que un mero momento de nuestra vida, pues este «[…] es quien siente dentro de sí [o debería] la fuerza de su propio destino […] quien puede sostenerlo contra los intereses creados»,[iii] como precisaría Ingenieros.

Y esto muestra la necesidad de ir más allá de las ideologías, pues infortunadamente se sigue creyendo que estas son las que nos rescatarán de los problemas actuales; sea cual fuere la orilla desde la cual se ejerza el entusiasmo político, este debe regirse bajo unos principios de paz, de reconocimiento del otro, de la disposición por aprender y desaprender y tomar la energía juvenil desde el pensamiento crítico hacia el bien común, hacia la conciliación de las ideas propias y ajenas; pues la juventud actual es la última que puede enseñarle a la sociedad cómo dejar de matarnos.

[i] Ingenieros, José (2014). Las fuerzas morales. Quito: Editorial Libresa, p. 45.

[ii] Ibíd, p. 51.

[iii] Ibíd, p. 55.

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Manuel Felipe Álvarez-Galeano
Filólogo hispanista, por la Universidad de Antioquia; máster en Literatura Española e Hispanoamerica, por la Universitat de Barcelona. Aprendiz de escritor, traductor, corrector y conferencista. Estudiante del doctorado en Estudios Sociales de América Latina, en la Universidad de Córdoba, Argentina. Docente de lengua y literatura, de lenguas clásicas y romances, y de estudios sociales. Ha publicado los libros El carnaval del olvido, en Málaga, España (2013); Recuerdos de María Celeste, en Medellín (2002), y la novela El lector de círculos, en Chiclayo, Perú (2015).