La espiral

Recientemente solo han cambiado algunos nombres que denominan las fuerzas en combate. Ya no existen FARC o AUC, pero en su lugar emergen las disidencias, los Pachencas, el Clan del Golfo, etc.

Opina - Conflicto

2020-02-17

La espiral

Columnista: Julio Roso

 

Han pasado ya cerca de 500 años desde que se fundó Santa Marta —la ciudad más antigua de Colombia—. Más de 200 años de declarar nuestra independencia y del inicio de la vida republicana de este país, pero más allá del crecimiento demográfico, el rediseño de los centros urbanos y el desarrollo normal que traen los años, es poco lo que ha cambiado en nuestra nación.

El centralismo, la pobreza, el clasismo, el racismo, la desigualdad, el analfabetismo político y un rancio conformismo con las condiciones sociales, políticas y económicas son algunas características de la vida en el territorio nacional; aun así, queda todavía un aspecto más representativo y característico de la república ubicada en el extremo norte de América del Sur: la violencia.

Desde las insurrecciones, las luchas independentistas y por la supremacía en el régimen político postcolonial, ha sido normal que la sangre —en una cruenta paradoja— sea el cimiento de toda la construcción histórica y de la estructura del país.

Aquí los santanderistas se mataban con los bolivaristas, los liberales se cortaban el cuello con los conservadores, las guerrillas se confrontaban a plomo con el Estado y los ciudadanos se relacionan entre sí con puñetazos, cuchillos y pistolas de por medio.

Hoy, en pleno 2020, Colombia luce más parecida a sí misma que nunca. La sangre sigue siendo la piedra angular de las dinámicas del país, en una dramática y dolorosa remembranza de lo que une el hoy con el ayer.

Es que el hecho de abrir la prensa, consultar las investigaciones académicas, revisar las redes sociales, conversar en cualquier lugar, prender la radio o ver noticieros lo lanza a uno a esa espiral, interminable, de violencia.

El desplazamiento vuelve a sacar a campesinos y habitantes de la provincia de sus hogares y regiones, los atentados terroristas retumban en centros urbanos, las masacres vuelven a asolar los campos del país y el narcotráfico es el motor que mueve esta industria de muerte, dolor y repetición, ya sin saber si es voluntaria o no, incontable de tragedias.

La historia enseñaba a las guerrillas, autodefensas y al Estado como las fuerzas en combate que intercalaban sus relaciones entre el apoyo y la confrontación. Las FARC, el ELN, los paramilitares y las Fuerzas Militares y de Policía han colmado las páginas desde la segunda mitad del Siglo XX hasta el presente.

Recientemente, solo han cambiado los nombres que las denominan, ya no existen FARC o AUC, pero en su lugar emergen las disidencias, los Pachencas, la Nueva Generación y el Clan del Golfo. Nos matan y se matan los mismos de siempre.

Por su parte, el Estado continúa con su papel ambivalente llenando el aire de declaraciones sobre la situación de las cosas y negando, minimizando y deformando —al mismo tiempo— las consecuencias de esta violencia culturalizada. Un territorio escaso de Estado, un Estado que se ve excedido por su territorio. Nada cambia en Colombia.     

Y es que este “estado endémico y sin sentido de cuasi guerra civil”, afirmación realizada por el historiador Eric Hobsbawm en la década de los ochenta, es la síntesis perfecta de la historia del país que, a su vez, define la forma de espiral en la que se ha construido la historia de Colombia, una eterna repetición violenta de los hechos a la que parece estamos irremediablemente condenados. 

Fotografía: cortesía de tprzem.

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Julio Roso
Estudiante comunicación social y periodismo, con interés en estudios políticos y análisis de coyuntura.
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Estudiante comunicación social y periodismo, con interés en estudios políticos y análisis de coyuntura.