La escuela abraza la vida

Aquí en Colombia, quizás, algunos sectores de la sociedad resolvieron ser no violentos tapándose los ojos y los oídos para así limpiar su conciencia, incluso, aunque pueda ser difícil de reconocer, nosotros mismos.

Opina - Conflicto

2022-08-16

La escuela abraza la vida

Columnista 

Marco Fidel Gómez Londoño 

 

El Informe Final de la Comisión de la Verdad es un texto que pone a temblar a quien se atreve a leerlo. Allí se revelan las atrocidades cometidas en un conflicto que puso como carne de cañón a seres humanos cuyo único error fue haber nacido en un país que admitió la muerte violenta como método efectivo para alcanzar la seguridad. Una seguridad abonada con sangre y sesos.

Ahora, la intención del Informe va más allá de nombrar las miserias de un conflicto devenido en podredumbre moral para —mejor— asumir la reflexión del pasado en la construcción de un presente que posibilite mirarnos a los ojos en vez de matarnos, y en el que el futuro esté vaciado del combustible del odio que tanto alimenta el desprecio por la vida y del que parece nos hemos acostumbrado.

La filósofa Simone Weil, en su lúcido ensayo La gravedad y la gracia, conviene en que es necesario “esforzarse por sustituir cada vez más en el mundo la violencia por la no-violencia eficaz”, y subraya que “la no violencia solo es buena si es eficaz”. Aquí en Colombia, quizás, algunos sectores de la sociedad resolvieron ser no violentos tapándose los ojos y los oídos para así limpiar su conciencia, incluso, aunque pueda ser difícil de reconocer, nosotros mismos. Pudo haber sido que escondimos las cabezas para no ser juzgados como los “malos”, y pudo haber sido que el miedo nos empujó a escondernos. Cada quien tendrá que hacer un ejercicio de introspección.

No empuñar un arma, hay que decirlo, no era la única condición para que la no violencia hubiera sido eficaz. De ahí la incómoda pregunta que nos hace el sacerdote Francisco de Roux: ¿Dónde estábamos? Pregunta que dirige a actores protagónicos en la transformación del país frente a un conflicto que ha dejado marcas profundas en la sociedad colombiana. ¿Dónde estaba la Iglesia? ¿Dónde estaban los educadores? ¿Cómo nos atrevimos a dejar que pasara?

La pregunta no es tanto un señalamiento, sino una invitación a la comprensión acerca de cómo permitimos llegar a puntos de insostenible bajeza. Ese interrogante, que se construye en pasado, admite el presente. ¿Dónde estamos y qué debemos hacer?

Me pregunto, con bastante inquietud, cuál es el esfuerzo que debe hacer la escuela y, digo con bastante inquietud, porque lo que ahora se asoma es un reto de enorme complejidad y responsabilidad. Asumo que ese esfuerzo de enseñar no violencias implica imaginar y crear maneras eficaces en que el rostro del otro —es decir, su mismo cuerpo— pueda ser reconocido y también cuidado. Imaginar, porque tenemos la capacidad de hacerlo y quizás no nos hemos atrevido a hacerlo bien; y crear, no como mandato, sino como proceso que descubra las maneras en que podemos vivir sin hacernos daño a la vez que cuidamos del otro.

Hay un fragmento potente del discurso de Francisco de Roux, en la presentación oficial del Informe de la Comisión de la Verdad, que está hecho de dolor y de vergüenza, pero que a su vez contiene pistas para el florecimiento de la vida en un territorio violentado:

“Llamamos a sanar el cuerpo físico y simbólico, pluricultural y pluriétnico que formamos como ciudadanos y ciudadanas de esta nación. Cuerpo que no puede sobrevivir con el corazón infartado en Chocó, los brazos gangrenados en Arauca, las piernas destruidas en Mapiripán, la cabeza cortada en El Salado, la vagina vulnerada en Tierralta, las cuencas de los ojos vacías en el Cauca, el estómago reventado en Tumaco, las vértebras trituradas en Guaviare, los hombros despedazados en el Urabá, el cuello degollado en el Catatumbo, el rostro quemado en Machuca, los pulmones perforados en las montañas de Antioquia y el alma indígena arrasada en el Vaupés”.

¿Cuáles son las posibilidades de la escuela para imaginar este país desde la reconciliación? ¿Cómo sanar el cuerpo físico y simbólico, por ejemplo, en una clase de Educación Física o de Matemáticas? ¿Cuál es el papel de la pedagogía y de otros saberes en esa difícil tarea? ¿La escuela de la Cuarta Revolución en Colombia es también la de la paz?

Son bastantes los interrogantes, que son modos de pensar, alrededor de un país para vivir mejor y para vivir bien, sin embargo, no basta con pronunciarlo, hay que imaginar y crear no violencias eficaces. La escuela sabe hacerlo. Estoy convencido de ello. La escuela abraza la verdad. La escuela abraza la vida.

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Marco Fidel Gómez Londoño
Profesor e investigador. Integrante Grupo de investigación Prácticas Corporales, Educación, Sociedad- Currículo (PES). Universidad de Antioquia.