Iván Duque y la banalidad del mal  

Iván Duque encajaría a la perfección en el concepto de banalidad del mal y, guardadas las proporciones y las debidas diferencias, acaba siendo otro Eichmann tropical y subdesarrollado que está en su puesto porque recibió órdenes de un superior.

Opina - Política

2021-07-12

Iván Duque y la banalidad del mal   

Columnista:

Campo Ricardo Burgos López

 

En 1961 en Israel, se llevó a cabo el juicio del criminal nazi Adolf Eichmann. Sentada entre quienes asistían al evento se encontraba la filósofa Hannah Arendt, quien a raíz del mismo terminó publicando un libro relatando su experiencia y sus reflexiones que fue llamado Eichmann desde Jerusalén; entre las varias ideas de este texto, tal vez la que cobró más notoriedad fue la idea de Arendt de «la banalidad del mal». ¿A qué se refería la pensadora con este concepto?

Según Arendt, los sujetos normales u ordinarios pueden acabar cometiendo monstruosidades, no se necesita ser un sociópata ávido de sangre para terminar cometiendo crímenes espantosos. Para ser un criminal, a veces es necesario limitarse a obedecer órdenes de superiores sin cuestionar jamás esas órdenes; de esa misma manera, puede ocurrir que una vez se comete una atrocidad, quien la cometió ni siquiera sentirá remordimiento, pues el sujeto se dice a sí mismo que únicamente estaba cumpliendo órdenes y que la culpa recae en quienes establecieron esas directrices, no en él.

Eichmann es el ejemplo paradigmático de esa banalidad del mal, en todo momento sentía que él se dedicaba a cumplir –rigurosamente— su deber como técnico de transportes y nunca se le pasó por la mente cuestionar la bondad o maldad de sus actos. Arendt dice de Eichmann, que él solo era una «marioneta banal» y que se sentía conforme con esa condición; sentía que al cumplir su deber estaba contribuyendo a una gesta gloriosa, única e histórica cuyos propósitos morales nunca analizó en detalle. Eichmann no tiene nada de satánico, es un burócrata gris conforme con su suerte de burócrata gris, a él únicamente se le pedía cumplir órdenes sin pensar y eso fue justo lo que hizo y por ello, durante el juicio, mostró que no se sentía culpable de ninguna manera.

La banalidad del mal sucede entonces cuando un sujeto «cumple con su deber», pero no reflexiona sobre ese deber y esos actos, cuando no toma conciencia del contexto tanto moral como histórico en el cual sucede ese supuesto «deber». Por eso mismo, Eichmann es «común y corriente», no es un monstruo, sino solamente un mediocre en funciones, carece de una formación ideológica sólida y repite clichés que le han enseñado sin que jamás se le ocurra criticar lo que quieren decir esos clichés.

Desde mi punto de vista, el presidente Iván Duque encajaría a la perfección en el concepto de banalidad del mal de Arendt y, guardadas las proporciones y las debidas diferencias, acaba siendo otro Eichmann tropical y subdesarrollado. Duque —así como Eichmann— está en su puesto porque recibió órdenes de un superior; ese superior le ha explicado en qué debe creer y cómo debe proceder, y Duque cree y procede según lo que su superior le ha explicado. 

Duque no es un sociópata ávido de sangre, pero igual que Eichmann, se limita a cumplir el programa ideológico y político que le ordenó su mentor, sin jamás cuestionar una línea de ese programa. Es improbable que Duque experimente alguna vez  remordimientos por sus acciones, pues en su cabeza ha de pensar que él se limita a cumplir los mandatos de su jefe y en cualquier caso una culpabilidad sobre algo recaería en su superior y no en él.

Duque —del mismo modo que Eichmann— ha de sentir que está cumpliendo con juicio la labor que le encomendaron en el Centro Democrático sin jamás poner en duda la bondad o maldad de esos actos. Arendt también habría llamado a Duque una «marioneta banal» conforme con su condición de marioneta, también cree —como Eichmann— que está contribuyendo a una gesta gloriosa, única e histórica.

Duque no tiene nada de satánico —tal como Eichmann— es un burócrata gris que cumple la función que le impusieron. Igual que Eichmann —no es un monstruo—, sino un mediocre en funciones; similar a Eichmann carece de una formación ideológica sólida y cuando habla, lo único que repite son clichés sin que nunca se le pase por la cabeza algo original. Al igual que Eichmann, Duque es una pieza de un engranaje, que feliz con esa condición, morirá —como Eichmann— sin que nunca llegue a imaginar que tan solo fue un peón de una maquinaria inhumana.

 

Fuentes: 

Filosofía&Co (2018). Hannah Arendt, Destripando el mal. Recuperado de https://www.filco.es/hannah-arendt-destripar-mal/

Guatibonza Camero, M. M. (2019). La comprensión del concepto de banalidad del mal en Arendt: un análisis al caso Eichmann. Recuperado de https://ciencia.lasalle.edu.co/filosofia_letras/119

 

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Campo Ricardo Burgos López
Psicólogo, escritor y magíster en literatura.