¿Está justificado el miedo a los ciclones en el Casanare?

Mientras la masa social colombiana sufre la falta de desarrollo, educación, salud y justicia, las cuales reclama en miles de voces, que literalmente lo exigen a gritos, hay muy pocos dentro de su dirigencia política y sus cabezas visibles que sean capaces de adivinar un camino a resolverlas.

Opina - Ambiente

2021-10-13

¿Está justificado el miedo a los ciclones en el Casanare?

Columnista:

Pablo Abraham Salamanca Fernández

 

Las nubes se sumaban una a una frente a la larga hilera del monte. Desde bien arriba de la sierra se ve negro de nubes. Es el pie de monte llanero, donde acaban los Andes y la tierra plana puede seguir su curso hasta el Atlántico. La mayoría procura quedarse cerca al monte, en el que la sequía aún pasa por temporadas y el agua de los páramos, anclados varios miles de metros más arriba, bajan a bañar gran parte del departamento. Hoy nadie anda buscando el final del horizonte, sino que, por el contrario, mantienen la vista pasmada perpendicularmente a esa gran fila de tierra que corta el infinito profundo, donde parece que el cielo viniese a baldados sobre nosotros. Un viejo de fondo pasando un tinto cerrero, regala una primicia que nadie conocía: que las fuertes lluvias de la cordillera, mezcladas con el calor y los residuos de petróleo en las pocas fuentes hídricas del Llano, iban a tener como inminente consecuencia la formación de ciclones tropicales. Había que parar un momento sobre tal afirmación, y mientras seguía la explicación del viejo llevaba una cuenta aparte de todo.

Un ciclón, como el que pasó por San Andrés hace casi un año, es la conjugación de un aire cálido y húmedo con fuertes vientos, como un motor: los fuertes vientos elevan el aire cálido y húmedo hasta condensarlo en las nubes, y una vez ahí se forman más nubes y agua que recrean un ecosistema óptimo para los huracanes. Algo más o menos así, pero con la ausencia de los fuertes vientos y la cálida agua de los mares tropicales. La teoría reza sobre sustituir estas variables a cambio de los extremos climas que se presentan a lo largo del año y en los diversos climas del territorio nacional. Evidentemente, no miente. Puede que falle en algunas cosas como la dimensión, el tono o el color, pero ha logrado dejar en evidencia la gran tormenta que se advierte sobre nosotros. Y es que el clima ya lleva bastante así, los más viejos dicen que siempre ha sido así. Que son temporadas: que va y viene perpetuamente. Pero la violencia siempre regresa.

De repente, toda esa política que nos ha faltado en nuestros hogares, colegios y universidades, de la nada aparece en las esquinas, manchada en paredes y gritada por multitudes. El gran estallido social que ha retumbado en Colombia es la confluencia de dos corrientes, una fría e histórica desconexión entre política y sociedad, con una fuerte pandemia que ha llegado desde más allá del atlántico. Son dos factores elementales para la sociedad contemporánea: lo económico y lo social. El confinamiento por la pandemia, junto con todos los debates que significa el restringir deliberadamente la movilidad de los ciudadanos, arrasó la desvalida economía colombiana, retrocediendo décadas en muchos avances sociales, y apenas dos años en proyecciones macroeconómicas.

Desde allí surge la dualidad que normalmente escuchamos de nuestro país, donde corre el rumor de otra Colombia, diferente a la que muchos vemos y oímos. Por eso, y aunque todos percibamos el sonido de manera diferente, hubo un ruido que a ninguno se le escapó. El 28 de abril se inauguró una larga jornada de protestas que se extendieron por dos meses y fue escuchada en todos los extremos del mundo. Una vez más confluyen diferentes factores, una cosa de sumas y restas: un presidente con falta de liderazgo que se ciñe a la política de su partido, también en medio de una crisis de representación, decide emprender una última cruzada con tal de salvarse antes de la siguiente jornada electoral. Recurre a banderas prepandemia, busca congraciarse con los empresarios y los grandes capitales con tal de asegurar un resguardo de algún tipo a la economía formal y un ambicioso plan que recupere lo social. La propuesta muere antes de nacer, e indigna al público en general. La imagen que trasmiten es la de que, mientras afuera uno de cada dos colombianos puede considerarse en la línea de pobreza, adentro ellos empeñan la patria. Pero el trueno no es la tormenta, y mucho menos es la descarga, el rayo hace ya bastante cayó a tierra, solo que hasta ahora lo escuchamos.

Pero la bandera de Colombia no se sostuvo de cabeza sino hasta que las diversas formas de violencia eclosionaran y se enfrentaran en un momento de fricción, como lo fueron las largas jornadas de protesta en los primeros días. La violencia institucional y no institucional oficiaron el gran estruendo y el éxito inmediato del paro. Fue el impacto de la sociedad urbana ante la violencia desenfrenada en los primeros días la que puso los altavoces mediáticos. La violencia institucional, la más cuestionable y esencial en la existencia del Estado, dejó ver las deficiencias estructurales de nuestro sistema político y sus instituciones: una fuerza pública que consolida y justifica los ciclos de violencia; cuyos problemas han tatuado el repudio de un pueblo a sus instituciones. La otra violencia, la no institucional, surge mayoritariamente, y desde hace cuatro décadas, de la verdadera gran industria colombiana: el narcotráfico.

Como mecenas de la izquierda y la derecha, las grandes transnacionales de la droga buscan oportunidades para continuar afianzando su industria, que, a día de hoy, nunca antes estuvo mejor. Con estos agravantes vemos una gran masa social que reclama soluciones históricas, bajo una narrativa política inmediata, y cuya única vía es lanzarse a las calles en busca de respuestas. Una vez el viento caliente alcance el clímax, se condensará brevemente y volverá a caer. Hoy, parecen mermadas esas fuertes corrientes que un día sentimos presagiar. Que vana ilusión del cuerpo.

El paro cae en el mismo error que la política tradicional a la que tanto acusa; se desconecta de su base viva. Mientras la masa social colombiana sufre la falta de desarrollo, educación, salud y justicia, las cuales reclama en miles de voces, que literalmente lo exigen a gritos, hay muy pocos dentro de su dirigencia política y sus cabezas visibles que sean capaces de adivinar un camino a resolverlas. Sufrimos de una extraña enfermedad, en donde negamos el avance de la razón en pro del sensacionalismo, una sociedad del espectáculo que reacciona solo ante la violencia inmediata y se retuerce sobre soluciones estructurales y duraderas que los implique. Cosas que solo derivan en una masa flotante en busca de cualquier dirección, que espera un liderazgo fuerte sin importarle fundamentos razonables. El futuro no es más que otro mandato, y ahora no es otra cosa que cuatro años bien contados. Un estallido puede ser solo eso, pero al bajar las gotas desde el clímax no terminan de despejar el cielo, que advierte solo un clima óptimo para fuertes vientos. Pero un momento, ¿habrá huracanes en el Casanare?, pregunté. Pues se supone que tampoco guerrilla, y vea.

 

 

 

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Pablo Abraham Salamanca Fernández
Estudiante de Ciencias Políticas y Economía en la Universidad Nacional de Colombia