En Colombia la reforma laboral debe educar al empresario

Muy seguramente nos enfrentaremos a varios micos, orangutanes y hasta ballenas y más ahora que la “mermelada” tiene un nuevo sabor y una nueva justificación: “gobernabilidad”.

Opina - Política

2020-02-02

En Colombia la reforma laboral debe educar al empresario

Columnista: Santiago Ocampo Naranjo

 

Pese a que el año pasado el mismo Iván Duque y varios miembros de su gabinete anunciaron, tajantemente, que no se presentaría una reforma laboral y pensional, el inicio del 2020 fue marcado por el sorpresivo anuncio del borrador de las reformas mencionadas anteriormente, y que, desde ya, genera pánico en algunos sectores de la sociedad.

Si bien aún no se conoce nada de lo que serán las posibles reformas que haga el gobierno de Iván Duque al estatuto laboral y pensional, las últimas declaraciones de varios empresarios y gremios que los agrupan no permiten divisar un escenario amable para los empleados del país.

Desde la propuesta de acabar con las Cajas de Compensación, pasando por la posibilidad de eliminar los intereses sobre cesantías e, incluso, el argumento que afirma que el aumento del salario mínimo afecta la contratación de mano de obra pues aumenta los costos laborales dejan ver la mezquindad de algunos empresarios.

Preocupa, y por mucho, una reforma laboral llevada a cabo con el uribismo en el poder, sobre todo, si se tienen en cuenta las paupérrimas condiciones de trabajo que muchos empleados aún tienen por culpa de las grandes ideas del innombrable las cuales terminaron hundiendo, todavía más, a la clase media y trabajadora del país.

Inquieta, y con mayor razón, que el gobierno Duque haga una reforma laboral en un momento en el que el desempleo cerró con el 10.5%, la brecha de clases se abre cada vez más, el salario mínimo sigue siendo insuficiente y el poder adquisitivo se ubicó en el 2.2%, esto último teniendo en cuenta el aumento del salario mínimo y el aumento de la inflación.

Si bien son problemas que hay que solucionar, la relación de Duque con los empresarios angustia, pues, muchos de estos aportaron a su campaña grandes sumas de dinero y a lo largo de su periodo presidencial se ha dedicado a favorecer más al empresariado y menos a los trabajadores del país.

La situación es tal que mientras la pobreza en Colombia es del 17.8%, la fortuna de Luis Carlos Sarmiento Angulo, el hombre más rico del país y muy cercano al círculo del hoy senador e investigado por la justicia, Álvaro Uribe Vélez -el innombrable-, creció en US$3.000 millones.

Este tipo de situaciones solo pasa en un país tan desigual como lo es Colombia, una patria en la que a diario el rico adquiere cada vez más y la clase media se acerca a su extinción por inanición.

A todo esto hay que sumarle las condiciones tan deplorables a las que muchos colombianos se enfrentan en sus trabajos; dueños de empresas abusivos, explotadores y maltratadores; salarios insuficientes; contratos de trabajos que atentan contra el empleado; la sobrecarga de tareas; jornadas de trabajo que sobrepasan las 48 horas semanales; la no cotización a la seguridad social o el cobro de exámenes médicos sacados del salario como préstamos al trabajador.

No hay excusa que valide ningún actuar abusivo y que ponga en carencia de condiciones óptimas de trabajo al empleado, sin embargo, el argumento de muchos empleadores para justificar prácticas poco éticas y hasta ilegales radica, muchas veces, en que los costos se deben cubrir por el empleado.

Justificación que, a mi modo de ver, es inválida pues desde hace mucho los gobiernos, y sobre todo el de Duque, se ha dedicado a dar regalos tributarios que dejan al país sin dinero y lo transfiere al hueco ávaro y sin fondo de muchos empresarios.

El empresariado en Colombia debe deconstruirse, debe entender y asumir una posición totalmente distinta frente a sus empleados, comprender que más que trabajadores son personas que prestan un servicio en sus empresas y son los que, a fin de cuentas, la hacen funcionar.

Aquí hay que poner en su sitio al empresario y hacerle entender que sin clase obrera no hay industria y que sin condiciones de trabajo óptimas no hay labor que perdure y funcione. Y es que no se trata de volver las empresas un parque de diversiones, se trata, simplemente de velar porque cada compañía desarrolle y tenga buenos jefes y que, más allá de esto, ayuden a desarrollar seres humanos.

Aquí destaco lo que en una de sus columnas dijo el profesor Alfonso Aza Jácome:

Busca un buen jefe. Un jefe que te apoye, que confíe en ti, que crea en ti; alguien que te dé la oportunidad de crecer, para así contar con el mejor impulso posible durante el resto de tu carrera profesional. Es mejor tener un buen jefe en una empresa pequeña que trabajar en una gran empresa con un mal jefe. Un buen jefe forma y desarrolla a las personas con las que trabaja y eso no tiene precio.

Insisto, el empresario debe deconstruirse y aprender a valorar el papel de sus subordinados en las empresas. Tal como lo digo en el título, el gobierno debería hacer una reforma laboral que toque la ética del empleador, su humanismo y enseñar el papel tan importante que, social y psicológicamente pueden llegar a tener en el desarrollo personal y profesional de los empleados.

Y, agrego, el Ministerio de Trabajo debe estar mucho más atento a lo que sucede dentro de las empresas pues, muchos casos de abuso, maltrato y prácticas que atentan contra el empleado quedan en el anonimato, en el miedo, en el callar, tragar y seguir.

Todo esto fue un abrebocas para hacer algo que, quizás nunca había hecho en una de mis columnas, algo que espero no tener que volver a hacer pero que cuento con la esperanza de que aquellos que pasen por situaciones similares, iguales o peores a la que yo viví busquen ayuda, denuncien y visibilicen este fenómeno que no es nuevo y que atenta contra el empleado en muchas empresas.

A principios del año pasado ingresé a laborar en el que sería mi primer trabajo, con la mayor disposición y todo el entusiasmo comencé a trabajar un jueves en un puesto que, pese a todo, me enseñó demasiado y me sirvió de gran experiencia. Sin embargo lo que no sabía en aquel momento era que a lo largo de 11 meses me tendría que enfrentar a un constante maltrato psicológico.

Además del maltrato psicológico, y gracias a un contrato por prestación de servicios, que no era cumplido a cabalidad (pues estaba bajo la subordinación de tres personas y debía cumplir con un horario) trabajé realizando tareas que desbordaban la capacidad, incluso física, de una persona.

Sumado, además, a que nunca coticé a seguridad social y la empresa nunca se preocupó por afiliarme a una aseguradora de riegos laborales (pese a que estaba en una compañía riesgo V, el más alto). La justificación era simple: “te ganas menos del mínimo, no se puede”.

Si bien acepté esas condiciones, cosa que no debió pasar, el gran problema comenzó cuando, por parte del dueño de la empresa, expresiones como “tu trabajo no sirve”, “¿qué te la pasas haciendo?”, “no haces las cosas bien” o “no digo que seas un mal profesional pero…” se volvieron recurrentes.

Además de esto, los constantes gritos, palabras soeces y miradas y expresiones que causaban gran temor pues rayaban ya en el borde de hacer daño físico eran situaciones repetitivas que afectaron, poco a poco mi salud mental y física.

En los meses que laboré en dicho sitio tuve que recurrir al psicólogo, esto, luego de que el pensamiento de autolesionarme se volviera, tal como el maltrato de aquel ser, repetitivo. La depresión se manifestó en mí y sabía que debía buscar ayuda.

Si bien el consejo de la profesional en aquella época fue renunciar no lo hice sino hasta varios meses después y luego de que el maltrato psicológico pasara la barrera y se convirtiera en físico. El apretujarme el antebrazo fue la gota que rebosó la copa; ahí comprendí a lo que me estaba enfrentando y lo que podía pasar si yo no ponía un alto.

No, no denuncié los hechos pues hoy día una denuncia ante el Ministerio de Trabajo se queda en trámites y años de citaciones, conciliaciones y pedidos de pruebas y testimonios que, muchas veces no se consiguen pues, primero, uno nunca entra a una compañía con el pensamiento de que va a sufrir algún tipo de maltrato y debe grabarlo todo; y, segundo, las personas prefieren conservar un trabajo que testificar contra el gerente de la empresa para la que laboran, y esto, es comprensible.

El llamado es pues, por un lado, a ponerle el ojo a las reformas que el gobierno Duque quiere presentar; muy seguramente nos enfrentaremos a varios micos, orangutanes y hasta ballenas y más ahora que la “mermelada” tiene un nuevo sabor “tocino” y una nueva justificación: “gobernabilidad”.

De otro lado, si usted es empresario, gerente, jefe o tiene personal a su mando, lo invito a reflexionar sobre su comportamiento, sobre su influencia y sobre el papel que tiene en la vida de las personas que dirige y ya por último lo invito, amigo empleado a que si usted sufre de algún tipo de acoso, maltrato o situación que ponga en peligro su integridad; denuncie, hable, no se quede callado, entienda que no está solo y, sobre todo, que ningún peso está por encima de su integridad, de su salud, de su tranquilidad y de su seguridad.

 

Fotografía cortesía de CM&.

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Santiago Ocampo Naranjo
Alumno, periodista, fotógrafo, comunicador