Colombia al frente o sobre la conciencia de cambio  

¡Qué tiempos aquellos en los que todas las violencias servían al propósito de golpear la organización de las comunidades en general! ¡Extrañan tanto la vulneración de la autonomía de las comunidades que integran el grueso de la sociedad! Suspiran y suspiran los nostálgicos de la barbarie.

Opina - Emociones

2021-06-02

Colombia al frente o sobre la conciencia de cambio   

Columnista:

Roger Zapata Ciro

 

«La historia es objeto de una construcción cuyo lugar no es el tiempo homogéneo y vacío, sino el que está lleno de «tiempo del ahora»».

      Walter Benjamín   

 

La actual situación de la sociedad colombiana ha generado un frente amplio de reflexión, de pensamiento, asunto que pasan por alto quienes todo lo reducen a expresiones simples para caracterizar realidades bastante complejas, los mismos que quieren desconocer, deslegitimar y detener este tiempo de cambio.

Aquí hay una nueva forma de ser de nuestra sociedad, y esta, sin duda, le quita el sueño y la tranquilidad a la clase dirigente—sí, esa que organiza y dirige hace ya años «asesinatos colectivos» y asesinatos selectivos—, pues estaba acostumbrada a ver una población apática, sumisa, temerosa y, en muchos casos, irreflexiva sobre su propio estado de cosas. Este frente de reflexión les resulta, en todo caso, mucho más amenazante que cualquier frente de guerra de cualquier grupo armado que haya surgido en este país durante sus interminables años de conflicto.  

Pero ¿por qué, según ellos, hay más peligro en los frentes de pensamiento y de reflexión creados por estudiantes, profesores, artistas, periodistas, feministas, sindicalistas, campesinos, indígenas, activistas políticos, y un largo etcétera? Porque este es «un peligro» que no pueden neutralizar con tanta facilidad como lo han hecho antes. Ahora, cuando el frente de pensamiento se ha diversificado y consolidado, no resulta tan sencillo imponer esas leyes predilectas de quienes hacen patria a la vieja usanza: la ley del plomo y la ley del silencio.

El dedo que señala y estigmatiza, así como el arma que dispara, se enfrentan a voces que les critican, les encaran, visibilizan y denuncian, incluso a nivel internacional; se enfrentan quienes nos gobiernan a cuerpos que resisten estoicamente la brutalidad policial, y a sujetos políticos que amenazan su estadía en el poder por las vías democráticas, cuando llegue el momento de elegir. ¡Qué terror sienten y qué terror quieren sembrar!

De hecho, por eso es que les preocupa a nuestros «honorables» gobernantes—el de Twitter y el de la Casa de Nari—que sea una «revolución molecular disipada». Es que… bajo ese modo de ser, ¿a quién culpar? ¿A dónde apuntar? ¿A quién masacrar? ¿A quién engañar y manipular? Y en últimas, ¿cómo seguir anquilosados, entonces, en el poder?—se preguntan atónitos los señores de la guerra ante este panorama tan diverso de posturas discrepantes—.

Aquellos que nos gobiernan, aquellos que—parafraseando a Bertolt Brecht—bien se pueden definir como «jefes de pandilla» que se pasean como hombres de Estado; esos mismos que públicamente se cuelgan la banda presidencial y subrepticiamente se sirven de otras bandas (narcos, paras y guerrillas) para imponer el derecho del más fuerte, no salen del asombro y, perplejos y desesperados como están han hecho todo para que la «democracia más estable de América latina» se convierta en la dictadura civil más reciente. Su desespero no les permite entender lo contradictorio que resulta afirmar la defensa de una democracia con el Ejército en la calle. Acciones criminales y pensamiento obtuso. Así son.

¿Cómo no van a estar sorprendidos, desencajados y salidos de sus cabales? Para ellos todo tiempo pasado fue mejor. Con nostalgia extrañan aquellos años en los que podían ejercer la violencia repetidamente, convertirla en parte de la cotidianidad, sin que esto fuera muy visible. Era mejor ese tiempo en el que el velo de «la democracia» cubría amenazas, secuestros, destierros, desapariciones y muertes. Ya se ha roto el velo democrático, el discurso de la institucionalidad ha perdido credibilidad—con razón—, y por eso la violencia, como era antaño, se echa de menos.

¡Qué tiempos aquellos en los que todas las violencias servían al propósito de golpear la organización de las comunidades en general! ¡Extrañan tanto la vulneración de la autonomía de las comunidades que integran el grueso de la sociedad! Suspiran y suspiran los nostálgicos de la barbarie… Es que así, impidiendo su organización, violentando a cada líder o lideresa que surgiera, era como se generaba la dependencia de dichas comunidades a los diferentes actores armados que han saltado a escena en este infame teatro de guerra que es Colombia. Así era imposible hablar de un frente de pensamiento, no había organización social, no permitían que se construyeran mecanismos de participación que hicieran posible la articulación de un pensamiento crítico, reflexivo y liberador.

Aunque ahora dicho pensamiento se gesta, se articula, se difunde, y con él aparecen los cuestionamientos a ese discurso hegemónico, cínico y solapado de la «institucionalidad», de la «legalidad», de la «seguridad», de la «patria» y la «democracia» que ellos han construido a la medida de sus intereses. Esa batalla discursiva la están perdiendo. Otra batalla perdida es la que daban con sus armas, sus grupos paramilitares y sus técnicas de violencia. Y sí, ¡claro!, hoy nos siguen asesinando.

Pero incluso la muerte significa otra cosa para nosotros. Ahí aparece el mayor temor de aquellas águilas negras que nos gobiernan y que se han alimentado tanto de nuestros cuerpos como de nuestro pánico. Su mayor temor es que la sociedad colombiana, cada vez más diversa, con más criterio, resistencia y más democrática en sus bases, perdió tanto el miedo como la indiferencia. Estamos dispuestos a pensar y a pensarnos como una sociedad diferente, estamos dispuestos a dar la vida por defender mancomunadamente la justicia, poder trascendente del Estado y de donde emana el auténtico derecho, las auténticas leyes; estamos dispuestos a ser humanos en el sentido aristotélico; es decir, a ser miembros de esta comunidad, a actuar como miembros de ella y ser protagonistas de transformaciones históricas sustanciales. Es nuestro tiempo: ahora. ¡A saltar el continuum de nuestra historia!

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Roger Zapata Ciro