¡Amigo mirón, únase al montón, su hijo es estudiante y usted es trabajador!

En el último año se ha fragmentado aun más la frágil legitimidad del Estado colombiano, cuando respondieron gastando presupuesto público en armas para matar al pueblo colombiano, glifosato para nuestros suelos fértiles, reforma a la salud en medio de una pandemia y guerra mientras trabajamos por la paz.

Opina - Política

2021-05-13

¡Amigo mirón, únase al montón, su hijo es estudiante y usted es trabajador!

Columnista:

Ana Prada-Páez

 

Lo que hemos vivido en las ciudades más grandes del país durante el 28 de abril y el 7 de mayo de 2021, la zozobra, la violación de los derechos humanos ha sido el día a día durante muchas décadas en la Colombia rural, muchos coterráneos se han acostumbrado a vivir en el olvido, sin acceso a agua, luz, alcantarillado, y ustedes que me leen no se imaginan cómo agradecen las personas de los territorios cuando los visitas siquiera para escucharlos, porque se acostumbraron a ser ignorados por todos, especialmente por el Estado colombiano. No está de más recordar que en muchísimos lugares de Colombia no llega la comida desde hace años, ni se puede transitar por sus vías porque no hay carreteras.

Durante esta semana he recibido llamadas y mensajes de parceros de todas partes del mundo preocupados por mi integridad, con bastante gratitud les cuento que para mí la cosa ha estado más tranquila, a pesar de las noches en vela, la ansiedad y angustia permanente por escuchar nuevos casos de desaparecidos, torturados y asesinados, por mi casa está más tranquilo. Esta semana he podido reflexionar sobre mis privilegios, pero, también sobre la injusticia y el dolor de ver cómo continuamos siendo un país al que sus excluidos, marginados y pobres le importan menos que una docena de huevos al Gobierno nacional.  

Esto no comenzó con la pandemia, es un descontento histórico

No podemos tapar con los dedos la trágica realidad de nuestro país; pasamos de ser una colonia, a ser un país gobernado por las élites criollas y luego en el camino nos convertimos en un narco-Estado; nuestro país es una finca pésimamente administrada, cuando los patrones necesitan tierra mandan a desocupar a las buenas o a las malas, así nos convertimos en uno de los 5 países más desiguales de la tierra y con mayor desplazamiento forzado interno en el mundo.

 El «desarrollo» del país, desde una visión modernista y foránea desconociendo nuestra riqueza biocultural y a los territorios, se ha dado por las migajas que llegan a las ciudades y municipios luego de que paguen la vacuna de la corrupción, favoreciendo siempre intereses privados, más de un corregimiento tuvo sus primeras carreteras para que pasaran volquetas saqueando sus montañas y una vez se llevan todas sus riquezas jamás se vuelve a hacer mantenimiento a esas carreteras. Porque los que toman las decisiones nacionales y locales viven profundamente desconectados de la realidad de su país y su gente, uno no ama lo que no conoce.

En el último año se ha fragmentado aun más la frágil legitimidad del Estado colombiano, cuando respondieron gastando presupuesto público en armas para matar al pueblo colombiano, glifosato para nuestros suelos fértiles, reforma a la salud en medio de una pandemia y guerra mientras trabajamos por la paz.

No marchamos solo por la reforma tributaria, marchamos porque no soportamos más la indiferencia de nuestros gobernantes, el olvido del Estado en los territorios rurales, la clasificación de colombianos de primera y segunda clase, el injusto sesgo de un Gobierno que legisla para apoyar a sus élites dejando en el olvido a sus médicos, sus profesores, sus estudiantes y sus campesinos. Sencillamente nos cansamos, y los estudiantes de todo el país, especialmente de Cali nos están dando una lección de dignidad.

El poder de la empatía

La muerte en Colombia es costumbre, la desaparición del que piensa distinto también lo es. En Colombia resolvemos la diferencia a bala, por eso somos la fosa común más grande del mundo, todas las regiones del país han vivido una matanza en la que el Estado colombiano ha tenido algo que ver. Ahora la violencia se recrudece en las ciudades más pobladas: son 379 desaparecidos en una semana en protestas, más de 1700 casos de violencia policial, más de 89 personas desaparecidas, más de 10 víctimas de abuso sexual. No obstante, ni censurándonos, ni con medios de comunicación comprados pueden tapar el cementerio en el que se está convirtiendo a Colombia.

Esta «lucha de clases» se podría prolongar por años y seguir costando muchas vidas, los que tenemos los privilegios podemos desconectarnos de Colombia y conectarnos a la Copa América, al partido del Real Madrid vs. Barcelona, podemos hacerlo, pero, como en la vida las cosas no son blanco o negro, sino que hay grises, este conflicto nos comienza a tocar poco a poco a todos y todas, y no me refiero a que nos toque el bolsillo o nuestros privilegios, sino cuando el conflicto armado se lleva la vida de nuestros amigos o conocidos, cuando salimos de nuestra burbuja, comenzamos a dialogar con Colombia y nos conectamos con el dolor del otro sintiéndolo propio. No podemos permitir que nuestros privilegios nublen nuestra empatía, porque en nuestras manos tenemos el poder de construir nuevos horizontes para construir un país sin distanciamiento social.

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Ana Prada-Páez
Viajera, columnista, fan de la comida local y emprendedora. Ana es amante de la ruralidad latinoamericana, ha acompañado procesos productivos orgánicos y agroecológicos en Colombia, México, Guatemala, Costa Rica, Ecuador y Perú, trabajando para poner su granito de arena en la construcción de un campo más diverso, soberano y digno. Rotary Peace Fellow.