Ética, candidatos y campañas políticas

Todos los que desean llegar a la Casa de Nariño con la idea de gobernar al país, saben de antemano que hay un régimen de poder al que deberán someterse, lo que les deja muy poca capacidad de maniobra. Por eso, quizás, se justifica el engaño y la mentira en los escenarios electorales.

Opina - Política

2021-10-25

Ética, candidatos y campañas políticas

Columnista:

Germán Ayala Osorio

 

Si algo desaparece o por lo menos se oscurece en las campañas políticas, es la ética. Y es así, en virtud de dos factores interrelacionados: de un lado, la intención manifiesta de engañar al electorado, con atractivas propuestas, cargadas del populismo más rastrero posible y del otro, la aceptación tácita, tanto de los candidatos presidenciales, como de los mismos votantes, de que en Colombia poco o nada puede cambiar, dado que hay asuntos estructurales e históricos que impiden cualquier transformación. Todos los que desean llegar a la Casa de Nariño con la idea de gobernar al país, saben de antemano que hay un régimen de poder al que deberán someterse, lo que les deja muy poca capacidad de maniobra. Por eso, quizás, se justifica el engaño y la mentira en los escenarios electorales.

Eso lo saben Petro, Zuluaga, Gaviria, Cabal, Fajardo, Romero, Robledo, el excoronel del Ejército, Carlos Velásquez y Francia Márquez, entre otros tantos que hoy aparecen como precandidatos presidenciales.

Y como la ética se oscurece o desaparece, entonces, a los siempre discutibles y deleznables lemas de campaña, se suman las acciones de siempre: tomarse fotos desayunando o almorzando en galerías, montando en el transporte público o cargando y besando menores pobres; o abrazando adultos. Todas, burdas puestas en escena que, en lugar de generar credibilidad, construyen una falsa idea de cercanía de los candidatos con un pueblo que normalmente desconoce de transacciones políticas. Sin duda, con estas puestas en escena se naturalizan el engaño y la falta de creatividad de las firmas de marketing político. Dirán los agentes de estas últimas que esas escenas tienen un gran impacto en el electorado. Y es posible que así sea, porque de la misma manera como hemos refundido el actuar ético, también hemos proscrito el pensamiento crítico y la capacidad para descifrar las intenciones de la publicidad política pagada.

Baste con recordar la campaña, mentirosa por demás, con la que los genios del marketing político vendieron a Iván Duque Márquez como el presidente de todos los colombianos. Con frases-propuestas como «Menos impuestos, más salarios», muy seguramente lograron engañar a cientos de miles de cándidos votantes que comparten con los políticos del Centro Democrático el haber proscrito la ética y el sentido común de las cosas. Otros votaron por Duque por miedo a Petro, eso también hay que decirlo.

Bastaría con que esos millones que creen a pie juntillas en los lemas de campaña, tuvieran memoria y la capacidad para comprender que hay un régimen de poder que está por encima de cualquier iniciativa con la que se pretenda modificar, así sea mínimamente, las prácticas y las correlacionas de fuerza que han hecho posible la consolidación de ese régimen que, para el caso colombiano, deviene mafioso, sucio, insostenible y criminal. Pero no podemos pedir tanto: en todos los estratos sociales hay individuos que comparten problemas con la memoria, bien porque no la tienen, o esta deviene selectiva. De la misma manera que entre ricos, clase media y pobres subiste la incapacidad para comprender y reconocer que lo está mal en Colombia es el régimen de poder, el mismo que Álvaro Gómez invitó a derrumbar y del que se benefició políticamente.

Con el declive del uribismo y el posible despertar social y político de una parte de la población colombiana ante el desastroso gobierno del fatuo e intrascendente de Iván Duque Márquez, se esperaría que las campañas políticas optaran por recuperar la ética, con el firme propósito de no mentirle al electorado. Quizás sea la hora para que sus creativos se sienten de verdad a pensar en campañas y mensajes que, en lugar de insistir en timar a los votantes, ayuden a que estos comprendan que los problemas del país son de tal dimensión, que en cuatro años no se podrán solucionar.

Sé que es mucho pedir, en particular para quienes trabajan para las campañas de los candidatos del régimen: Gaviria, Zuluaga, Cabal y Robledo. Eso sí, los creativos de las campañas de candidatos como Petro, Francia Márquez y Romero, entre otros, deberán de medir hasta dónde insistir en lemas y frases con las que aluden a que ellos serán capaces de desmontar el actual régimen colombiano. Lo más responsable es advertir que aquel subsiste porque hay un ethos mafioso que todos los colombianos entronizamos, el mismo con el que se logra ponerle precio a la ética pública, ciudadana y a los votos, en todos los estratos.

Para terminar, dejo estos criterios para que mis lectores los acojan a la hora de depositar sus votos en las próximas elecciones. A la hora de votar por un candidato o candidata, examine muy bien sus ideas y propuestas. Determine con claridad qué intereses defiende y si esa defensa va orientada a cambiar en algo el régimen de poder o si por el contrario, con él se busca su consolidación y extensión en el tiempo. Esculque muy bien su pasado, en particular si este permite advertir experiencia alguna en la administración de la cosa pública. No se trata de llevar a la Casa de Nariño a un aprendiz. Ya vimos lo que pasó con el obsecuente de Iván Duque. Examine muy bien de dónde salen los recursos económicos con los que logra financiar la campaña. La coherencia de su discurso. Y no olvide que después de las 4, vota la Registraduría, porque esta está capturada por agentes del régimen de poder.

 

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Germán Ayala Osorio
Docente Universitario. Comunicador Social y Politólogo. Doctor en Regiones Sostenibles de la Universidad Autónoma de Occidente.