Arden los campos policiales

Del registro visual de ese día queda la certeza de los cuerpos calcinados de varios hombres, la desesperación de los familiares y la posible negligencia de los policías.

Opina - Conflicto

2020-12-08

Arden los campos policiales

Columnista:

Christian C. Galeano Benjumea

 

Las palabras desaparecen al ver el video que registra instantes del incendio ocurrido al interior de un CAI en Soacha, solo queda estupor y malestar. Mujeres gritando, humo saliendo desde el interior del CAI, algunos uniformados observando para todos lados, es lo que se logra observar del video que circula en Internet y que continúa. Se ven mujeres que van de un lado a otro tratando de sacar a los hombres que están encerrados en las celdas o por lo menos apagar desde afuera el fuego que arde. Del registro visual de ese día, queda la certeza de los cuerpos calcinados de varios hombres, la desesperación de los familiares y la posible negligencia de los policías.

Hasta ahora se sabe que un motín generó las llamas que se salieron de control y que fueron la causa de la muerte de un recluso durante los hechos y de ocho más los días siguientes. Sus vidas se fueron apagando producto de las lesiones producidas por las llamas y saldaron una deuda que tenían con el Estado.

¿Cómo comprender este cuadro delirante donde el humo, las llamas y los gritos se confunden? Quizá la idea de campo expuesta por Agamben permita agudizar la mirada y aplacar la ira y la impotencia que se siente al saber que nueve hombres murieron a causa de las llamas al interior de un CAI. Para Agamben, el campo es un espacio donde el ordenamiento jurídico se suspende, los derechos y deberes quedan en el aire, porque existe un Estado de excepción que posibilita que las autoridades actúen en completa libertad y con la tranquilidad de no ser juzgados, porque ellos son la ley, el Estado; los actos de barbarie son admitidos, pues las leyes están mirando en otra dirección. Lo curioso es que se podría pensar que los excesos cometidos por las fuerzas del orden son esporádicos; sin embargo, solo basta mirar con atención para notar como en realidad es un hábito común el toparse con la violencia excesiva que despoja a hombres y mujeres de la protección jurídica; los ciudadanos pasan a estar desnudos en un campo donde el Estado se vale de la violencia para autolegitimarse.

Los ciudadanos son solo cuerpos que encarnan la vida en la dimensión biológica, los discursos, los derechos, las ideas de dignidad se esfuman en el aíre. Emerge un territorio gris, en donde la vida aparece sin toda esa serie de buenas intenciones que están consignadas en las constituciones y códigos civiles. Los cuerpos quedan a merced del fuego, la violencia y la indiferencia de los funcionarios.

En otras palabras, los campos son esos espacios donde el marco constitucional de derechos queda suspendido por el mismo Estado, para ejecutar acciones que permitan mantener el orden desde un espacio anti-jurídico y violento. Así, una cárcel, una escuela, un espacio cualquiera donde la fuerza del Estado se ejerza de manera desmedida para garantizar el orden se configura como un campo. Los inmigrantes, los ladrones, los pobres y una gran lista de personas están en constante riesgo de ingresar a los campos para sentir en sus cuerpos el poder del Estado.

Ahora bien, el caso de los jóvenes que murieron en el interior del CAI puede ser entendido como una variante más de estas formas de violencia. Los Centros de Atención Inmediata de la Policía, debido a la crisis carcelaria (factor de antaño) y a la actual crisis provocada por la pandemia (factor reciente), se han convertido en espacios de reclusión temporal para muchas personas. No obstante, los retenidos pierden allí esa estela de humanidad para pasar a ser simples cuerpos que pueden ser humillados, maltratados o, en este caso, incinerados.

Allí no hay ciudadanos retenidos, hay cuerpos despojados de cualquier atisbo de respeto o de humanidad. Todos esos valores que se promulgan en las constituciones pasan a ser letra muerta; es decir, palabras desaparecen al ser dichas al interior de estos centros de reclusión momentáneos, y de tantos otros campos donde los ciudadanos creen moverse con libertad.

A su vez, los policías terminan por estar en las líneas de la legalidad constitucional y una ilegalidad de hecho, que les permite observar o cometer arbitrariedades sin que su consciencia les moleste o la ley vigile; encarnan una ley que se desborda violentamente con frecuencia. «Esta vez es una excepción», piensan esos policías que golpean, callan o intimidan.

Los reclusos son solo carne, cuerpos infractores que alteran el orden y que por medio de la reclusión y la fuerza pueden ser corregidos, normalizados, pero en este caso al rebelarse ante la norma y protestar, pagaron su cuota de insolencia en las llamas, allí se purificaron ante la mirada del Estado. Al ser sacrificados, pasaron de ser ciudadanos infractores a ser un tributo en honor a un Estado violento.

Se podría forzar la razón y pensar que esas muertes ocasionadas por las llamas fueron hechos aislados, pero días después ocurrió la masacre perpetrada por la Policía ante las protestas de la ciudadanía por la muerte de un hombre en un CAI en la ciudad de Bogotá. En Colombia no se muere, se producen cadáveres a manos de los grupos ilegales y del Estado mismo, la excepción radica en el ejercicio del derecho y de la vida. La norma es la muerte.

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Christian Camilo Galeano Benjumea
Lector