«Yo nunca había visto un pene en mi vida, no tenía ni senos cuando fui abusada»

Mary Luz López Henao, activista y líder por las mujeres víctimas de abuso sexual y trabajadoras sexuales desaparecidas durante el conflicto armado, nos cuenta sobre su vida, el reflejo de un flagelo que aún padecen un incontable número de niñas y mujeres.

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2020-06-10

«Yo nunca había visto un pene en mi vida, no tenía ni senos cuando fui abusada»

Columnista:

Laura García Giraldo

 

A los nueve años, Mary Luz López sufrió su primer abuso. Su madre la mandó con un yerno de sus padrinos a Santa Bárbara, Antioquia. En el viaje de ida el tipo le hizo cosas de las que, como ella diría, no le gusta hablar. «Tú te imaginarás, yo nunca había visto un pene en mi vida y muchos menos parado. No tenía ni senos, tan solo era una niña», dice Mary. 

El hombre la metió en un monte y después de abusarla le pegó con una rama para que no huyera. Le dijo que si se iba le saldría un espanto, pues en esa época, más de 30 años atrás, era común encontrar en la vía calvarios (esto se usó en el campo colombiano para identificar a alguien asesinado, se trata de una cruz puesta al lado de la carretera: quienes pasaban por ahí debían tirar piedras para que se formara un morro).

En ese momento Mary creyó que un espanto saldría, sin embargo, tomó todo su valor y se fue de ahí. Se ubicó en toda la autopista a parar un carro. El hombre salió detrás de ella y le puso plata en la mano para que no contara, ella le devolvió el dinero y, finalmente, llegaron juntos a su destino. Allá en la finca contó lo que le pasó y nadie le creyó. Luego, cuando volvió con su madre, le expresó lo sucedido, a lo que ella respondió estas únicas cuatro palabras:

—«¿Y SE LO METIÓ?»

«Es muy diferente que a una la abusen de pequeña a cuando se está más grande, se rompen muchas etapas, la inocencia, una se cree culpable». Así como le pasó a Mary Luz, miles de niñas y niños han sido víctimas de abuso sexual en Colombia, tan solo en 2015, el Grupo Centro de Referencia Nacional sobre Violencia y el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, publicaron el informe Exámenes médico legales por presunto delito sexual, en donde se reportaron un total de 22 155 exámenes médicos legales por presunto delito sexual durante ese año, en el 90 % de los casos el abuso se perpetró contra niños y niñas.

Las más afectadas fueron las mujeres, quienes denunciaron el 85,2 % de estos actos. La persona agresora en el 88 % de los hechos era un familiar o alguien cercano al hogar, por lo que la vivienda fue el lugar más común para llevar a cabo estos actos de violencia. «A partir de un mapeo que realicé, la mayoría de mujeres que sufrimos abuso sexual a manos de bandos criminales durante el conflicto armado, también sufrimos de abuso en nuestros hogares por parte de algún familiar o conocido», menciona Mary. 

 

Punto de Partida

Mary y su familia vivían en Medellín para entonces, hasta que amenazaron a su madre con un petardo ubicado en su hogar, por lo que se fueron a vivir al campo del Oriente antioqueño, donde la felicidad tampoco la alcanzó.

«Después de estar un tiempo viviendo en el Oriente me uní a un grupo juvenil con el que me juntaba a veces en la escuela de la vereda, tenía 14 años. Un día cualquiera y, cuando menos lo pensé, llegó un grupo armado. Nos pusieron a escuchar su discurso y me dijeron que fuera a una vereda más abajo, entonces yo fui y ya no me dejaron volver», relata Mary. 

Su madre trató de ir por ella, pero se lo negaron. La reclutaron y pronto ya había llegado a otro pueblo. Estuvo entrenando, y hasta en los discursos que escuchó todavía recuerda: «los actos sexuales son comportamientos que no se pueden dar, ya que desordenan la organización». Los días pasaban y a Mary le llegó el doloroso turno de pasar por las infames manos del comandante de escuadra; cuando este acabó y ella se iba, otro compañero abusó de ella.

Mary apunta que «Cuando yo fui abusada por el grupo armado pensé entonces que para eso me habían llevado. Normalicé la situación aunque fuese una violación. Siendo sincera, en la guerra, me pesó mucho más lo que me hizo el yerno de los padrinos cuando estaba niña que cuando ya me lo hicieron más adulta. Yo decía: “¡Qué bueno esta pistola o fierro que yo tengo pa’ darle un tiro a ese man!”».  

Ante la Ley de Reparación a Víctimas y Restitución de Tierras (Ley 1448 de 2011), Mary Luz ha sido incluida en dos aspectos, por reclutamiento a menores y por abuso sexual. A ella no le gusta mucho hablar del tema, todavía hay grupos armados activos y existe un prejuicio hacia las personas que han estado en la guerra.

«Eso hace que los de derecha u otro tipo de personas se llenen de ira, porque dirán: “esa gente estuvo en la lucha”, pero a ver, ¿quiénes? Muchos niños y adolescentes que estuvieron en la guerra fueron reclutados, forzados a ser parte, y ese no es el lugar de los niños. Debían estar estudiando». 

Entre 1960 y 2016, 16 879 menores de edad fueron reclutados por diferentes bandos criminales, según el informe Una guerra sin edad, del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH). Además, a partir de la Base de datos de reclutamiento y utilización de la OMC, el CNMH publicó en 2017 las estadísticas que determinan que entre 1997 y 2005, los niños, niñas y adolescentes reclutados por actores armados fueron llevadas a cabo en un 45 % por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército Pueblo (Farc-EP), y en un 43 % por los Paramilitares.

 

Mujeres con hambre

«Desplazada del campo yo llegué a vivir a la Comuna 13 en Medellín, allá me dieron posada y me organicé con un tipo que después se convertiría en el padre de mis hijos. No porque yo lo quisiera, sino porque no tenía dónde vivir y ahí me quedé. Posterior a tener mis hijos nos dejamos y con el tiempo cayó a la cárcel», cuenta Mary. 

Cuando él estaba, Mary no tenía que trabajar, pero sus condiciones cambiaron radicalmente. Tenía que alimentarse a ella y a sus hijos. Consiguió trabajo, no obstante, solo era un día a la semana, ahí fue cuando llegó la prostitución. Antes la habían invitado, sin embargo, nunca lo vio como una opción, hasta que sus necesidades la obligaron a irse por ese camino cuando tenía entre 19 y 20 años. En un principio ella diría: «Me voy por un fin de semana». Pero ahí se quedó.

«Lo veo como una telaraña que te atrapa y no te das por enterada. en ese momento pensaba: “si abriendo las piernas obtuve la libertad por qué no lo voy a hacer acá que me están pagando”. Un favor por el otro», rememora Luz. 

En muchas ocasiones Mary temió por su vida, como cuando estuvo en los Llanos y le pusieron una pistola en la cabeza; ella empezó a pelear con el tipo, quien la arrastró por toda la barra del bar. Ahí quedó tendida con el abdomen golpeado. En otra ocasión, en Puerto Berrío, cuando ya estaba con su cliente en la habitación, el hombre la robó y le golpeó las piernas con una botella. 

Años más tarde, Luz dejó la prostitución con la ilusión de un nuevo empleo que había conseguido. Debía limpiar quebradas en la Comuna 13, pero junto a su equipo de trabajo la secuestraron en el 2002. En la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), este suceso figura en el ‘Caso 01’: «Retención ilegal de personas por parte de las Farc-EP». En mayo de este año fue reconocida. 

De nuevo volvía a ese mundo que parecía perpetrarse en su vida. Aunque por esa época, a sus 24 años, conocería a Andrés. En corto tiempo ambos se habían enamorado y en la Comuna 13 las cosas estaban mal, justo en la época de la Operación Orión. Salió desplazada, pero con la suerte de contar con Andrés, quien la recibió con hijos en brazos en la Comuna 8.

Andrés empezó a sostener la casa y Mary no tuvo que volver al trabajo sexual, excepto por unas cuantas veces. En una de esas, por allá en el 2004, Luz estaba trabajando en un burdel de Tarazá cuando llegaron unos tipos. Uno de ellos se sentó a su lado y venía furioso, cuando de repente le golpeó la cabeza. Ella se paró y agarró su vaso de soda. ¡Pum! El tipo cogió una botella para reventar su vaso y le cortó la mano.

«Ese hombre quedó como si nada, pensaría él: “A ver qué va a hacer”. La realidad es que la vida de una puta, por allá en ese lugar tan recóndito, no vale nada. Y más en esa época de guerra cuando ni siquiera se habían desmovilizado los paramilitares», expresa Mary.  

En 2007, Mary recae por completo en la prostitución porque su compañero no tenía empleo. Para 2008, Andrés desaparece. Durante la última semana de mayo del año en curso la acreditaron por su marido en la JEP en el ‘Caso 04’: «Situación territorial de la región de Urabá» que investiga en uno de sus puntos la desaparición forzada.  

 

El despertar del Ave Fénix

«Yo quería cambiar de vida. Tenía muchas necesidades y deudas, pero yo dije, pues que me coma Flamingo, los bancos, todo el mundo, pero yo no voy a volver al trabajo sexual. En 2014 dejé por completo la prostitución», manifiesta Mary.

Luz decidió asistir a terapia y comenzó un nuevo capítulo en su vida, el de la liberación. Asistió a un grupo de mujeres víctimas de violencia sexual en la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas, se rodeó con esas mujeres y conoció organizaciones y colectivos. Comenzó a leer textos de hechos violentos y, a la vez, descubrió un talento oculto que llevaba consigo: el de la escritura. 

«Para entonces aún no hablaba de la mujer del pasado. Yo no mencionaba las cosas que me pasaron durante la prostitución porque tenía miedo de ser señalada. Eso sí, en los primeros conversatorios a los que asistí siempre hacía memoria sobre las mujeres trabajadoras sexuales, esta población víctima y olvidada del conflicto armado. Yo no hablaba exactamente de mí, sino que mencionaba nombres de compañeras», explica Luz.

Mary empezó a escribir su novela para darles voz a esas mujeres víctimas, que muy en el fondo sabía, que también eran ella. Le daba pena reconocer lo que fue, una mujer que usó los tacones de cristal, hasta que alguien la invitó a reflexionar. Le dijeron que lo primero para sanar era reconocer esa parte de su pasado y en vez de usar el nombre de otras mujeres, debía usar el suyo. Soy, soy, soy. Soy Mary. 

Escribir fue como purgarse. Le ayudó a perdonar(se) y reinventarse. De las actividades en que Luz ha participado, hay una especial para ella porque escribieron libros a partir de la experiencia. «Era un proyecto de escritura como catarsis. El primer libro se llamó El refugio del fénix, donde expresamos las participantes cómo la escritura nos había transformado. Ahí el grupo se consolidó y le dimos el nombre de Organización Ave Fénix. Continuamos y sacamos el segundo libro que nombramos El vuelo del fénix», expone Mary. 

Cuando ese proyecto acabó, las mujeres con las que Luz realizó el proceso le dijeron que sentían que las iba a dejar solas. Ella no quería que sus mujeres quedarán relegadas como archivos. De hecho, una vez la Universidad de Antioquia la llamó para participar en un proyecto sobre el impacto que tiene la escritura en víctimas del conflicto armado, y decidió llevárselas a todas para allá. Se encontraban 2 veces al mes y eso duró más de un año. La investigación acabó, pero las redes aún siguen vivas. 

Uno de los textos con el que Mary se siente más identificada se llama Violeta, en donde habla sobre la experiencia que vivió con el papá de sus hijos, de cómo él le pegaba con un machete y cuando estuvo a punto de morir. (Presiona y escucha Violeta recitado por Mary). 

«Una voz en primera persona logra mover masas. yo pasé de los nombres de compañeras a la primera persona, a ser líder, a poner la cara por las otras que ya no están. luchar por este tipo de causas a través del arte, el mensaje que se transmite es lo que me emociona a mí», enuncia Luz.

Para ella, hay que nombrar las cosas por lo que son. Recuerda cuando alguna vez dictando un curso en el SENA, una de las chicas participantes decidió denunciar. Eso ayudó a Mary a reafirmar la teoría de que su testimonio lograba mover fibras y voces.

 

«Si algún día falto, mis letras van a hablar por mí»

Las Guerreras del Centro es un equipo de mujeres que son o fueron trabajadoras sexuales y que han tomado la iniciativa de narrar sus historias a través de diferentes procesos artísticos, a este colectivo perteneció Mary Luz por más de un año, desde 2018 hasta finales de 2019. 

Su participación era con la escritura, entonces acompañaba procesos como las obras de teatro. Una de las frases que ella pronunciaba era: «Los verdaderos tacones de cristal los usan las mujeres nocturnas, las putas. A muchas mujeres nos tocó subirnos a los zapatos de cristal por la guerra».

La voz de Mary se escucha, y un recorrido de años de liderazgo la han hecho partícipe de tres informes con el CNMH, La guerra inscrita en el cuerpo, Una guerra sin edad y Medellín ¡Basta ya! Para el primero tuvo el honor de abrir la presentación del informe en Bogotá ante más de 2000 personas leyendo uno de sus textos llamado La habitación.

Mary Luz menciona que «Ante la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por desaparecidas (UBPD) y la JEP, estoy realizando un llamado, alzando la voz por esas mujeres trabajadoras sexuales en el marco del conflicto armado que fueron desaparecidas». Esta institución y mecanismo de justicia, respectivamente, han escuchado a Mary —una mujer que hoy se siente empoderada por el valor de la verdad— quien les ha expresado la siguiente pregunta: «¿Dónde están los cuerpos de las mujeres trabajadoras sexuales que nadie reclama?». Los directivos no supieron qué responder y, a partir de eso, nació la idea de empezar un rastro para buscar la reparación de estas mujeres. 

Te busco es uno de los poemas con el que ella recuerda a sus compañeras extraviadas, olvidadas y quién sabe si sepultadas. Un texto sobre esas amigas de labor cuyos nombres aún perturban el sueño de Mary. Al final del año 2019, Luz publicó su libro Alzo mi voz, un legado a la memoria apoyado por Colombia Emprende, la OIT y el Ministerio de Trabajo. En el texto cuenta cómo vivió la prostitución durante el conflicto armado a través de relatos y poemas. (Presiona y escucha Te busco recitado por Mary).

Actualmente escribe su novela autobiográfica. Por otro lado, vende libretas, lapiceros, separadores de libros cuyo valor agregado son fragmentos de su obra escrita. Antes de la pandemia, lideró acompañamientos a un grupo de niños de su barrio con quienes ha desarrollado actividades de escritura, lectura y reflexión.

A sus 42 años, las criaturas que algún día cargó en brazos hoy están grandes. Su hijo es tecnólogo en electrónica, y trabaja de analista en una infraestructura relacionada con la salud; y su hija es profesional en ingeniería mecánica. Mary dice «Yo me siento orgullosa de ellos y ellos de mí. Sé que represento muchas cosas y ambos saben de mi pasado, pero me han llenado de valor. Me han apoyado para decir mi verdad, ahora que he estado más metida en el cuento de las trabajadoras sexuales me han dicho: “Mamá, habla de lo que quieras”».

 

Artículo publicado como parte de la alianza entre la corporación Lluvia de Orión y La oreja roja. 

 

( 2 ) Comentarios

  1. Replyandrea morales romero

    QWue buen articulo para leer!!!

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Laura García Giraldo
Periodista con delirios de bailarina. Siempre al borde con los adjetivos negativos. Una mezcla de arrebatos impertinentes, curiosidad y obstinación.