Vicky Dávila y los límites del oficio

Por columnas incendiarias como las que escribe para Semana en busca de ser leída, gente que ni siquiera se conoce se tilda de guerrillera y paraca en las redes.

Opina - Medios

2020-06-26

Vicky Dávila y los límites del oficio

Columnista:

Juan Carlos Lozano Cuervo

 

La periodista Vicky Dávila anunció recientemente que denunciará a Gener Úsuga y a Daniel Mendoza por poner en peligro la vida de su hijo de 8 años. Por su parte, el senador Gustavo Petro afirmó que, en su momento, el señor Gustavo Rugeles había utilizado un vídeo de la primera comunión de su hija para atacarlo. Mientras, el abogado de la periodista, Iván Cancino, advertía en un mensaje para el señor Úsuga colgado en redes: “No todo es penal… me refiero a defender los intereses de un menor, ante el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, ante la Fiscalía, ante las redes sociales, porque uno no puede lanzar la piedra y esconder la mano”. Estoy con Cancino en dos temas: no podemos meternos con los menores; y el segundo, en que no debemos generar violencia.

Habrá que ir por partes. Es absolutamente reprochable incluir a los menores de edad en las discusiones políticas o en debates de control político. Los niños no tienen la culpa de nacer en las familias investigadas por presuntos delitos. Asimismo, es cuestionable que los utilicen para la difusión de noticias. El tema es bastante complicado, teniendo en cuenta que estamos ante un problema de frontera, es decir, dónde trazamos la raya de los límites de la libertad de expresión. El asunto lastimosamente no es nuevo, en su momento se cuestionó a la hija de Gustavo Petro por estudiar en el exterior. Según Sofía Petro: “Recibo mensajes así y más vulgares a menudo. Por ello quiero iniciar mis estudios en un lugar donde me conozcan menos. Gracias a un trabajo honesto de toda una vida de mis padres, tengo esa oportunidad. No me avergüenzo ni me parece motivo de crítica”.

Un capítulo de nuestro periodismo que, resultó en su momento penoso, fue una entrevista realizada por Vicky Dávila para La W Radio, en la cual arremetió contra el también comunicador Hollman Morris, —quien era concejal de Bogotá y candidato de la Colombia Humana a la Alcaldía de dicha ciudad— haciendo uso de los hijos de este y su presunta grave situación. Nuevamente, salta el tema de las fronteras del periodismo, en este caso con la misma Vicky Dávila. Pero hay más. Recientemente la comunicadora escribió la columna de opinión titulada: La banda del pajarito. Habrá que recordar la carga de sentido que tienen las palabras y más en un país como Colombia. Aquí la palabra banda es peyorativa y se circunscribe con el bandidaje.

Dávila, quien aparece visiblemente ofuscada con el episodio donde se involucra a su hijo de ocho años en una columna titulada: La banda de los Gnecco, escribía esto en la mentada publicación, aquí unos apartes,

“Estoy alarmada. Hace un tiempo empecé a seguir juiciosamente lo que se convirtió en un nuevo y peligroso fenómeno en las redes sociales en Colombia. Su combustible es el odio; su característica, la virulencia. Lamentablemente, esta modalidad cada día gana más adeptos y hasta aplausos. Sus practicantes son extremistas de todos los estratos que superaron, incluso, las pasiones de las llamadas bodeguitas. Buscan la muerte moral de sus víctimas. Les hablo de la materialización del sicariato en la red. Sí, son sicarios.

Operan desde una trinchera en línea que dispara en ráfaga delitos y culpas para asesinar el honor y la honra de las personas. Cada ataque, cada trino, cada episodio es como una función del circo Romano que llama a degollar a la víctima para que el público sanguinario se sacie”.

Dávila es el vivo ejemplo de quien mira la paja en el ojo ajeno. Así como en su alegato con Hassan Nassar, en esta ocasión tampoco se ahorró los insultos. No baja a sus contradictores de banda, sicarios y justicieros baratos, por citar un ejemplo. Pero resulta aún más grave su tono clasista cuando advierte: “En algunos su aspecto descuidado es intimidante. Barbones, como cualquier atracador de barrio y de poco baño; como en las maras marcan su territorio, quizás se tatúan y su mirada solo dice quiero hacerte daño. Son resentidos sociales”. Equiparar a personas con barba y tatuados con atracadores ¿qué viene siendo?, ¿acaso una muestra de respeto y buen uso de las redes para contribuir a la democracia? Por columnas incendiarias como las que escribe para Semana en busca de ser leída, gente que ni siquiera se conoce se tilda de guerrillera y paraca en las redes. Algunos medios han rociado gasolina y luego posan de sorprendidos y ofendidos.

La columna de Dávila, La banda del pajarito, cae en su propia crítica al no señalar el responsable: “Hay quienes dan instrucciones precisas para amedrentar, políticos que encargan misiones, un gran jefe y hasta periodistas”. Como periodista no debería dejar tamaña afirmación en el aire, al contrario, su trabajo es decir quién o quiénes son los políticos y presentar las pruebas. Más grave aún, lo ocurrido durante el programa para Semana que fue transmitido el día 23 de junio del presente año y que se llamó: Uso y abuso de las redes sociales en Colombia. Ella fue quien lo dirigió y aprovechó para dar cátedra de un tema que, si consultamos la ética periodística, debería haber dirigido una persona que no fuera la directa involucrada en el asunto a debatir. La emisión pareció más una sacada de clavo que un programa de opinión y claro, de las denuncias de la columna La banda de los Gnecco no dijo absolutamente nada. Sin contar que de nuevo cae en lo que critica al llamar al hijo del expresidente Santos, Martín, el brazo armado del presidente.

De este episodio quedan muchos interrogantes: ¿Solo importan los hijos de algunas figuras públicas? ¿Deben protegerse solo algunas familias? ¿Qué tienen los hijos de unos que no tengan los de otros? ¿Deben periodistas como Dávila abrir los micrófonos a personajes que insulten a otros, como en su momento hizo Abelardo de la Espriella y María Fernanda Cabal? El tema es sensible, y debe darse el debate en serio evitando aprovechar estos sucesos para ocultarse y eludir dar las explicaciones del caso; creo que en este el cura predica, pero no aplica.


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Juan Carlos Lozano Cuervo
Esposo, padre de una cachorra. Profesor, abogado y Magíster en filosofía.