Una ‘pandemia’ criolla

Colombia ha mirado la muerte con ojos de madre abatida durante decenios, quizá por eso no tiene tanto temor a este nuevo virus. Se ha acostumbrado al olor de la sangre fresca: óxida, metálica, vinagre, y se ha fortalecido pese a las más grandes humillaciones que ha recibido.

Opina - Conflicto

2020-06-21

Una ‘pandemia’ criolla

Columnista: 

Eddie Vélez Benjumea

 

Pese a cientos de miles de muertes por COVID-19 alrededor del mundo, ciertos países se están dando el lujo de regresar con tranquilidad a las calles. Irresponsablemente, Colombia es uno de ellos. Con las medidas más estrictas de protección, quizá (Colombia no es uno de ellos); apoyados enfáticamente por sus Gobiernos, tal vez; y alentados por lo primitivo de su sentido social, es lo más seguro, pero las ganas de no estar más en el calor de hogar pueden más que el sentido común de no contagiarse; parece que provocara escozor quedarse en casa, y socializar con la familia fuera poco, pero es que también, ¿quién aguanta 100 días de soledad en confinamiento con su propia sangre? Sería increíble tan solo pensar que por cuenta del coronavirus estamos destinados a verle la cara a los mismos de siempre y hacer como si no pasara nada, como si esta crisis no fuera crisis y como si la enfermedad no nos pudiera alcanzar directa o indirectamente, tal vez, eso pensaba en marzo la reina Isabel y hoy lleva dos meses aislada en el castillo de Windsor y será así, al menos, hasta que llegue el otoño.

Estamos tomándonos la confianza de atrevernos nuevamente a la calle, y tuvimos tantos años para salir, para divertirnos y socializar, y aun así, lo aprovechábamos. Nuestra casa era nuestro caparazón de tortuga, al menos, para cientos de miles que temíamos todavía el frío gélido de la calle y sus ‘tigres’ asesinos, como esos que matan a diario y a sangre fría en Bello; o como esos ‘gallinazos’ rapaces que se pasean por Laureles, en Medellín, esperando a ver qué nos pueden quitar de lo labrado; o como miles de lugares en toda Colombia donde ser campesino es sinónimo de guerrillero y objetivo militar de cuán hampón maquiavélico.

Incluso así, sin pandemia, Colombia daba miedo, pero la gente, acostumbrada al dolor fatídico de la muerte, seguía vadeando por las costumbres arrolladoras de las tradiciones criollas, eso sí, sin tapabocas y sin el temor de que un agente patógeno pudiera entrar por su garganta hasta lo profundo de sus alvéolos, o quizá de su torrente sanguíneo y se lo llevara, así como se llevaron a «10.000 colombianos a manos de militares, policías y servidores públicos encargados de custodiar las cárceles y penitenciarias del país», según Ómar Rojas Bolaños y Fabián Leonardo Benavides en su libro Ejecuciones extrajudiciales en Colombia, 2002-2010 – Obediencia ciega en campos de batalla ficticios, y de las que el diario The Guardian hace referencia en su artículo: Colombian army killed thousands more civilians than reported, study claims.

Veamos, la COVID-19 es una jueza silenciosa, se la pasa sentenciando quién muere y quién no, lleva encima la ruleta rusa de la vida y se hace cómplice de otras comorbilidades que puedan complicar gravemente la salud de su huésped, al final, decide a quién se lleva, dejando huérfanos de padres a miles de adultos y desolados a muchos hijos; pareciera que fuera empleada de la corrupción armamentística, como esa que le arrebató a Gloria Astrid Martínez su hijo Daniel, un 8 de febrero de 2008, en Soacha.

“No hay miedo que dure 100 años”, dijo Julio César Londoño para El Espectador, también afirmó que frente a esta pandemia «lo peor ya pasó», pero yo no lo creo. En Colombia hemos mantenido un miedo por casi 70 años, por la incertidumbre de la guerra de parte de izquierdas y derechas militares. Unos dan golpes allí, los otros propinan certeramente golpes allá y se dan bajas de lado y lado, pero los que estamos en la mitad somos los que hemos sufrido los peores golpes, llevando la peor parte y poniendo, claro está, los muertos que, aunque no han sido en combate, nos han abatido como pudieron. Y es que las balas no discriminan, no sufren de racismo como el policía supremacista que robó el aliento de George Floyd en EE. UU.

Quizá para países como Italia, que han llevado la peor parte de esta pandemia con más de 33 000 decesos, la muerte sea un panorama devastador, trágico y sin precedentes; pero en Colombia, donde la muerte es nuestra vecina más próxima, un viaje al más allá es el pan de cada día. Nada más, solo en materia de conflicto armado, entre 1958 y 2018, la guerra tomó 261 619 vidas, según el Centro Nacional de Memoria Histórica de Colombia, lo que permite que ciertos colombianos no teman a este nuevo hito de la historia del mundo y se vean pavoneando por las calles sin el temor que los medios de comunicación han infundado por meses, ¡y con razón!

Colombia ha mirado la muerte con ojos de madre abatida durante decenios, quizás por eso no tiene tanto temor a este nuevo virus. Se ha acostumbrado al olor de la sangre fresca: óxida, metálica, vinagre, y se ha fortalecido pese a las más grandes humillaciones que ha recibido. ¡Esa, mi patria saqueada y noble! Una madre conjugada en tormento y desdicha. Tiene cierto parecido a Carmenza Gómez Romero, madre de Víctor Fernando Romero, quien aseguró que la «mataron en vida» cuando se le llevaron a dos de sus hijos por delante en un episodio de ejecuciones extrajudiciales o ‘falsos positivos’, como se le conoce coloquialmente al término. 

Así es Colombia, una madre agonizante en vida que se mantiene de pie, mientras recibe los más duros golpes de sus propios hijos. ¡Con tanta desdicha no hay mal que aporree tanto!

¿Qué se vendrá para Colombia luego de la COVID-19? ¿Quizá una inminente recesión económica? ¿Tal vez un pronto colapso del sistema de salud? ¿Un incremento en la deuda externa del país? Sea lo que fuere, Colombia jamás estuvo preparada para nada de esto, y sé que lo vamos a afrontar con determinación, pero mientras el país siga sufriendo el ‘cáncer’ que por años la ha azotado, poco probable es que se ponga a llorar por los golpes que esta nueva situación le está propinando. 

Pero lo que sí sé es que, aunque el panorama COVID-19 se desvanezca, la guerra en Colombia no va a acabar —al menos no en lo pronto—, porque en este país del Sagrado Niño amamos morbosamente el olor de la sangre y nos excitamos viendo en las noticias los decesos que celebramos como ‘buenas’ muertes.

En Colombia tenemos una enfermedad endémica desde hace decenios, una ‘pandemia’ criolla llamada ‘Guerra’.

 

Fotografía: cortesía de Álvaro Ybarra Zavala.

 

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Eddie Vélez Benjumea
Periodista independiente.