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Un mundo de iguales

Como las mujeres, todos los hombres tenemos la obligación de lavar la loza, planchar camisas, sacudir, ordenar el desorden, cocinar y cuidar bebés.

Por Norvey Echeverry Orozco - - 46969 0
Un mundo de iguales

Columnista: Norvey Echeverry Orozco

  La presente duda surgió en la clase del docente Carlos Mario Piedrahita Londoño, cuando le pregunté por qué los hombres y las mujeres se jubilaban en Colombia con una diferencia de cinco años. Había leído, en un documento publicado por la Corte Constitucional, que la edad de jubilación, según el artículo cien del año 1993, comenzando a regir a partir del 2015, sería para las mujeres de 57 años y para los hombres de 62. El profesor, frente a los estudiantes, le remitió la duda a Cristian, un joven que, como él, había cursado el pregrado de Derecho, pero mucho más reciente, pues el profesor lo había hecho en la mitad de los años ochenta. Ya habían cambiado mucho los códigos laborales desde entonces. Cristian, hábilmente, comentó que esa situación se debía en parte porque la fuerza femenina era, en el imaginario popular, más débil. Hablando desde el imaginario popular, he visto a mujeres, en las competiciones olímpicas, alzar pesas que hombres, poniéndome como ejemplo a mí con mis setenta y pocos kilos, no seríamos capaces de levantar ni siquiera hasta las rodillas. Cristian, con esa duda dando vueltas en su mente, añadió que las mujeres vivían más tiempo que los hombres. Algunas carcajadas se escucharon en el aula. Y sí, era cierto, algo ilógico: mientras el promedio de vida de los hombres en Colombia llegaba hasta los 75,4 años, el de las mujeres iba hasta 81,1. Seis años con unos cuantos meses mal contados. Hablábamos en la clase sobre algunas situaciones que se habían hecho comunes, como, por ejemplo, que en el edificio de cuatro pisos donde veíamos la materia no hubiera un ascensor –como sí lo había en el del bloque contiguo–, o que no se incluyera, en las entradas al aula, el lenguaje braille para personas con discapacidad visual, o que todas las estaciones del metro no tuvieran ascensores. En la materia del docente Carlos había aprendido que tanto hombres y mujeres merecíamos las mismas condiciones laborales, culturales, económicas, educativas. En fin, con la lectura de documentos y algunas películas que había visto en internet, tenía muy claro que la brecha salarial entre hombres y mujeres era enorme, y que había que ponerla por igual, porque ambos éramos capaces de realizar, con el mismo grado de talento, los trabajos: desde manejar una volqueta hasta construir un edificio como el Coltejer.
También sabía de sobra que los hombres, en una sociedad patriarcal como en la que me había tocado vivir, teníamos más oportunidades de llegar a importantes cargos.
Por poner un mero ejemplo, en mi pueblo, con trece concejales, todos eran hombres. Machitos barbados que sesionaban pensando en hombres. ¿Y qué tal si los puestos públicos, desde el concejo, se comenzaban a repartir por igual? Si eran doce concejales (excluyendo un número, para buscar un par), que los ocuparan seis mujeres y seis hombres. Si era un solo cargo para presidente o alcalde, que cada cuatro años fueran solo mujeres las candidatas, y a los cuatro años siguientes, hombres solamente. O, simplemente, para no imitar un pacto nacional pegado con babas, que las seis mujeres más elegidas y los seis hombres más elegidos ocuparan el cargo. Hacer lo mismo en las cortes y en el Senado. Las estadísticas de Medicina Legal, por completo, le daban el peso de mayor argumento para que las mujeres aclamaran en las plazas públicas del mundo entero que los violadores y asesinos éramos los hombres, el Estado, la iglesia (machista como ella misma, por no permitir que las mujeres predicaran misas, como lo hacían los hombres desde los siglos de los siglos atrás, sino que se dedicaran a lavar sotanas, a rezar y a hacer hostias). Entendía que las mujeres trabajaban cada año, al tener un hijo, tres meses no remunerados. La duda era, en un mundo que buscaba la igualdad entre hombres y mujeres, ¿por qué unos trabajaban cinco años más, si su promedio de vida era inferior? ¿Por qué no se podían igualar las edades, con equidad, a sesenta años? Eso sí: que hombres y mujeres por igual gastaran la misma cantidad de tiempo no remunerado en los hijos y las labores del hogar. ¿Qué teníamos los hombres, diferenciados con las mujeres, para no cansarnos a los 57 años? ¿Creernos más machitos, más forzudos, más capaces?, hablando como no me gusta, pero como sí lo hace la masa popular. En Clarín, uno de los diarios más prestigiosos de Argentina, se exponía un ejemplo cómico: un tipo, llamado Sergio Lazarovich, se había cambiado de sexo para jubilarse cinco años antes que los compañeros con los que trabajaba. No sé si le habrá servido la patente. Desgasté la huella dactilar de mi índice derecho bajando con el scroll del mouse y no encontré el desenlace de su historia. La sociedad busca cambios. Los gritos en las calles los aclaman. El que más se escucha es la igualdad entre hombres y mujeres. Como las mujeres, todos los hombres tenemos la obligación de lavar la loza, planchar camisas, sacudir, ordenar el desorden, cocinar y cuidar bebés. A algunos esos cambios les duelen por la pérdida de privilegios, por eso satanizan el feminismo con todo tipo de patrañas, afirmando que las mujeres exageran, o que se han enloquecido. Podemos, sin ser menos hombres, hacer todas las labores domésticas que nos pertenecen por igual medida. Que la esclavitud de las mujeres, trabajando horas extras sin remuneración, sea abolida de una vez. En un mundo que grita igualdad, ¿qué falta para que nos jubilemos igual y hagamos todo por igual?   Ilustración cortesía de Revot.


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